El mundo está sufriendo un alarmante
desprestigio de la dignidad. Los indignos, que son los que en el
mundo mandan, dicen que lo indignados somos prehistóricos,
nostálgicos, románticos, negadores de la realidad.
¿Pero acaso no son reales las mujeres y los
hombres que han luchado y luchan por cambiar la realidad, los que han
creído y creen que la realidad no exige obediencia?
Hemos venido a deciros que valió la pena. La
realidad es real porque nos invita a cambiarla y no porque nos obliga
a aceptarla. Ella abre espacios de libertad y no necesariamente nos
encierra en las jaulas de la fatalidad. La realidad es un desafío,
no estamos condenados a elegir entre lo mismo y lo mismo.
Tenemos las manos vacías, pero las manos son
nuestras.
Eduardo Galeano.
Tras las elecciones del pasado 20-D es preciso, por supuesto, hacer
un análisis de lo ocurrido para aprender de los errores. Es lógico
que no podamos conformarnos con unos resultados que no son los que
deseábamos, pero que están por encima de lo que las encuestas nos
daban hace solo unos meses. No podemos conformarnos con unos
resultados que no nos permiten ni siquiera mantener un grupo
parlamentario. A lo largo de todos estos años, algo hemos venido
haciendo mal para que los votantes nos hayan dado entendido nuestro
mensaje y nos hayan dado la espalada. Es evidente que se han hecho
muchas cosas mal. Si queremos encarar el futuro debemos ser capaces
sacar las conclusiones pertinentes, corregir los errores y mirar
hacia el futuro.
El primer error que, desde mi punto de vista, hemos cometido ha sido
el de no ser capaces de analizar, prever y valorar la importancia de
lo que estaba ocurriendo en la sociedad española. No fuimos capaces
de ser lo suficientemente ágiles para pensar que era el momento de
iniciar un nuevo camino. Nos resistimos a pensar que fuese necesario
una transformación tan radical que implicaba un cambio de siglas, un
nuevo nombre y una nueva estrategia. Porque, en definitiva, ahí
radicaba la esencia: en presentar una nueva marca, unos rostros más
jóvenes, más mediáticos y con otras formas de hacer política.
Es cierto que desde hacía tiempo se hablaba de los movimientos que
se estaban produciendo entre la ciudadanía. Quizá pecamos de
optimistas y pensamos que esa actitud de rebeldía, de hartazgo y de
indignación se podrían traducir en lucha y reivindicación, eso sí
limitadas, dada la experiencia que años de lucha y reivindicación
nos mostraban. Durante años, Izquierda Unida había sido una especie
de “voz que gritaba en el desierto” denunciado muchas de las
cuestiones que copaban los lemas de las pancartas que llenaron las
plazas durante el mes de mayo de 2015 y que supusieron un hito en la
historia de la democracia española. Esas denuncias y esos sueños
habían aparecido, elección tras elección, en nuestros programas
electorales sin demasiado éxito y sin demasiada atención por parte
de la ciudadanía.
Pecamos de ingenuos y optimistas cuando pensábamos que haber sido
los únicos que se habían opuesto a la modificación del artículo
135 de la Constitución que garantizaba el pago de la deuda antes que
los derechos sociales fuese suficiente para que se nos reconociera
por parte de los que comenzaban a sufrir los estragos de la crisis y
de esta medida.
Pecamos de ingenuos y optimistas cuando creíamos que el haber sido
casi los únicos que nos habíamos opuesto en la calle, en las
huelgas y en el Parlamento las sucesivas reformas laborales -primero
del PSOE y luego del PP- iba a ser suficiente para que los millones
de trabajadores que experimentaban lo letal de estas medidas en forma
de despidos y aumento de la precariedad nos reconocieran el esfuerzo
y la coherencia.
Pecamos de ingenuos y optimistas cuando creíamos que nuestra
presencia en las movilizaciones -mucho antes que el nacimiento de las
mareas de tan diversos colores- y las huelgas planteadas en los
últimos años, nuestro apoyo a los trabajadores inmersos en
conflictos laborales iban a ser suficientes para que esas mismas
personas mirasen hacia nosotros y nos reconocieran y agradecieran el
esfuerzo y nuestro apoyo.
Pecamos de ingenuos y optimistas cuando durante años fuimos los que
constantemente denunciamos los casos de corrupción que se
generalizaban en nuestro país. Bien es cierto que denunciamos y
luchamos contra la corrupción pero que fuimos poco ágiles en
algunos casos de corrupción que nos han salpicado (tarjetas Black de
Caja Madrid, fundamentalmente) y que nos han perjudicado a la larga.
Creíamos que la labor de nuestros concejales en tantos pueblos y
ciudades denunciando la corrupción de los grandes partidos sería
suficiente para que se reconociera toda esa tarea, para que se
tuviera en cuenta la exigencia con la que tratábamos a nuestros
cargos públicos implicados en cualquier presunto delito como forma
de coherencia. Sin embargo, parece que no fue suficiente que
expulsáramos a esos sinvergüenzas, que disolviéramos federaciones
completas y actuáramos contra los corruptos con la misma exigencia
que pedíamos a los demás. No fue suficiente, siempre es poco.
Pecamos de ingenuos y optimistas cuando pensamos que denunciar leyes
como la Ley de costas, el abuso de la construcción que había creado
una burbuja que había estado en el origen de toda esta crisis.
Nuestra apuesta por un modelo económico respetuoso con la protección
del medio ambiente no fue suficiente. Parece que solo éramos válidos
para que los ciudadanos afectados hicieran llegar sus quejas a
nuestros concejales, sus exigencias para denunciaran en los plenos
municipales o en los juzgados los abusos que se cometían en todos
los lugares. Sólo éramos válidos para eso, para que esos cientos
de hombres y mujeres pusieran la cara para que los poderes económicos
se la partieran en forma insultos, descalificaciones o querellas
judiciales.
Pecamos de ingenuos y optimistas cuando pensamos que sería
suficiente llevar años planteando la necesidad de abrir espacios de
diálogo a todas aquellas personas de izquierdas y progresistas que
no se sentían representados por otras siglas. No lo fue. Nunca
éramos lo suficientemente nuevos, suficientemente modernos. Siempre
se nos acusaba de moderados o demasiados rompedores. Ahora, incluso,
se nos acusa de falta de ambición. O quizás no tuvimos la
suficiente cintura política para ceder, con audacia, ante las
exigencias de un grupo de jóvenes profesores universitarios que
quisieron un puesto en las listas de las últimas elecciones
europeas. Ese fue nuestro gran error. No ser lo suficientemente
ágiles y cambiar las normas que nos habíamos dado en nuestros
estatutos. Ese día comenzamos a cavarnos nuestra tumba, ahí comenzó
la venganza, todo el movimiento para acabar con una fuerza de
izquierda que luego se convirtió en molesta para alcanzar un giro
hacia el centro, hacia posiciones más tibias y cómodas para el
poder.
En definitiva, pecamos de ingenuos y de optimistas. Pensábamos que
todo nuestro trabajo sería valorado por una parte de la sociedad a
la que habíamos intentado defender y apoyar. Pero no, no fue
suficiente. Siempre se nos ha evaluado con exigencia, y el más
mínimo error o incoherencia lo hemos pagado con creces.
No ha sido suficiente; y el afán de venganza y adanismo ha sido tal
que nos ha llevado a presenciar el ejemplo de incoherencia más
flagrante de la historia reciente: negar la posibilidad de hacer a
nivel nacional lo que sí era posible en otros lugares como Galicia o
Cataluña. En ambas comunidades ha sido posible la confluencia de las
distintas fuerzas de izquierdas y en ellas participa Izquierda Unida.
Mientras, en el resto de España esa misma fuerza política ha sido
ninguneada y vapuleada con el apoyo y el silencio de los medios de
comunicación.
No ha sido suficiente, nunca nada es suficiente. Y debe ser así,
porque el inconformismo es lo que asegura la perseverancia en la
lucha y en el trabajo. No fue, en su día, suficiente años de lucha
en clandestinidad; años de sacrificio de presos políticos en las
cárceles franquistas; no fue suficiente la creación del
movimiento sindical en pleno franquismo; no fue suficiente toda esa
lucha. Al final, todo eso se convirtió en una pesada mochila que
estorbaba. Era demasiado pesada e impedía, con su historia, el
asalto a los cielos.
Pero muchos sabemos por qué fue insuficiente. Porque al final de
todo, lo que sobra es el empeño de transformar de verdad un sistema
que no terminamos de aceptar. Porque nuestro anhelo es construir una
sociedad nueva y eso siempre ha sido y seguirá siendo peligroso. Es
peligroso que seamos una fuerza organizada, que seamos militantes,
pocos pero movilizados. Y eso resulta peligroso. Ahí, quizá,
radican nuestra fuerza y nuestra debilidad. La fuerza que nos
mantiene vivos, la memoria que nos ayuda a caminar todos los días.


