martes, 29 de diciembre de 2015

NUESTRO PRINCIPAL ERROR: LA INGENUIDAD



El mundo está sufriendo un alarmante desprestigio de la dignidad. Los indignos, que son los que en el mundo mandan, dicen que lo indignados somos prehistóricos, nostálgicos, románticos, negadores de la realidad.
¿Pero acaso no son reales las mujeres y los hombres que han luchado y luchan por cambiar la realidad, los que han creído y creen que la realidad no exige obediencia?
Hemos venido a deciros que valió la pena. La realidad es real porque nos invita a cambiarla y no porque nos obliga a aceptarla. Ella abre espacios de libertad y no necesariamente nos encierra en las jaulas de la fatalidad. La realidad es un desafío, no estamos condenados a elegir entre lo mismo y lo mismo.
Tenemos las manos vacías, pero las manos son nuestras.
Eduardo Galeano.

 
Tras las elecciones del pasado 20-D es preciso, por supuesto, hacer un análisis de lo ocurrido para aprender de los errores. Es lógico que no podamos conformarnos con unos resultados que no son los que deseábamos, pero que están por encima de lo que las encuestas nos daban hace solo unos meses. No podemos conformarnos con unos resultados que no nos permiten ni siquiera mantener un grupo parlamentario. A lo largo de todos estos años, algo hemos venido haciendo mal para que los votantes nos hayan dado entendido nuestro mensaje y nos hayan dado la espalada. Es evidente que se han hecho muchas cosas mal. Si queremos encarar el futuro debemos ser capaces sacar las conclusiones pertinentes, corregir los errores y mirar hacia el futuro.

El primer error que, desde mi punto de vista, hemos cometido ha sido el de no ser capaces de analizar, prever y valorar la importancia de lo que estaba ocurriendo en la sociedad española. No fuimos capaces de ser lo suficientemente ágiles para pensar que era el momento de iniciar un nuevo camino. Nos resistimos a pensar que fuese necesario una transformación tan radical que implicaba un cambio de siglas, un nuevo nombre y una nueva estrategia. Porque, en definitiva, ahí radicaba la esencia: en presentar una nueva marca, unos rostros más jóvenes, más mediáticos y con otras formas de hacer política.

Es cierto que desde hacía tiempo se hablaba de los movimientos que se estaban produciendo entre la ciudadanía. Quizá pecamos de optimistas y pensamos que esa actitud de rebeldía, de hartazgo y de indignación se podrían traducir en lucha y reivindicación, eso sí limitadas, dada la experiencia que años de lucha y reivindicación nos mostraban. Durante años, Izquierda Unida había sido una especie de “voz que gritaba en el desierto” denunciado muchas de las cuestiones que copaban los lemas de las pancartas que llenaron las plazas durante el mes de mayo de 2015 y que supusieron un hito en la historia de la democracia española. Esas denuncias y esos sueños habían aparecido, elección tras elección, en nuestros programas electorales sin demasiado éxito y sin demasiada atención por parte de la ciudadanía.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando pensábamos que haber sido los únicos que se habían opuesto a la modificación del artículo 135 de la Constitución que garantizaba el pago de la deuda antes que los derechos sociales fuese suficiente para que se nos reconociera por parte de los que comenzaban a sufrir los estragos de la crisis y de esta medida.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando creíamos que el haber sido casi los únicos que nos habíamos opuesto en la calle, en las huelgas y en el Parlamento las sucesivas reformas laborales -primero del PSOE y luego del PP- iba a ser suficiente para que los millones de trabajadores que experimentaban lo letal de estas medidas en forma de despidos y aumento de la precariedad nos reconocieran el esfuerzo y la coherencia.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando creíamos que nuestra presencia en las movilizaciones -mucho antes que el nacimiento de las mareas de tan diversos colores- y las huelgas planteadas en los últimos años, nuestro apoyo a los trabajadores inmersos en conflictos laborales iban a ser suficientes para que esas mismas personas mirasen hacia nosotros y nos reconocieran y agradecieran el esfuerzo y nuestro apoyo.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando durante años fuimos los que constantemente denunciamos los casos de corrupción que se generalizaban en nuestro país. Bien es cierto que denunciamos y luchamos contra la corrupción pero que fuimos poco ágiles en algunos casos de corrupción que nos han salpicado (tarjetas Black de Caja Madrid, fundamentalmente) y que nos han perjudicado a la larga. Creíamos que la labor de nuestros concejales en tantos pueblos y ciudades denunciando la corrupción de los grandes partidos sería suficiente para que se reconociera toda esa tarea, para que se tuviera en cuenta la exigencia con la que tratábamos a nuestros cargos públicos implicados en cualquier presunto delito como forma de coherencia. Sin embargo, parece que no fue suficiente que expulsáramos a esos sinvergüenzas, que disolviéramos federaciones completas y actuáramos contra los corruptos con la misma exigencia que pedíamos a los demás. No fue suficiente, siempre es poco.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando pensamos que denunciar leyes como la Ley de costas, el abuso de la construcción que había creado una burbuja que había estado en el origen de toda esta crisis. Nuestra apuesta por un modelo económico respetuoso con la protección del medio ambiente no fue suficiente. Parece que solo éramos válidos para que los ciudadanos afectados hicieran llegar sus quejas a nuestros concejales, sus exigencias para denunciaran en los plenos municipales o en los juzgados los abusos que se cometían en todos los lugares. Sólo éramos válidos para eso, para que esos cientos de hombres y mujeres pusieran la cara para que los poderes económicos se la partieran en forma insultos, descalificaciones o querellas judiciales.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando pensamos que sería suficiente llevar años planteando la necesidad de abrir espacios de diálogo a todas aquellas personas de izquierdas y progresistas que no se sentían representados por otras siglas. No lo fue. Nunca éramos lo suficientemente nuevos, suficientemente modernos. Siempre se nos acusaba de moderados o demasiados rompedores. Ahora, incluso, se nos acusa de falta de ambición. O quizás no tuvimos la suficiente cintura política para ceder, con audacia, ante las exigencias de un grupo de jóvenes profesores universitarios que quisieron un puesto en las listas de las últimas elecciones europeas. Ese fue nuestro gran error. No ser lo suficientemente ágiles y cambiar las normas que nos habíamos dado en nuestros estatutos. Ese día comenzamos a cavarnos nuestra tumba, ahí comenzó la venganza, todo el movimiento para acabar con una fuerza de izquierda que luego se convirtió en molesta para alcanzar un giro hacia el centro, hacia posiciones más tibias y cómodas para el poder.

En definitiva, pecamos de ingenuos y de optimistas. Pensábamos que todo nuestro trabajo sería valorado por una parte de la sociedad a la que habíamos intentado defender y apoyar. Pero no, no fue suficiente. Siempre se nos ha evaluado con exigencia, y el más mínimo error o incoherencia lo hemos pagado con creces.

No ha sido suficiente; y el afán de venganza y adanismo ha sido tal que nos ha llevado a presenciar el ejemplo de incoherencia más flagrante de la historia reciente: negar la posibilidad de hacer a nivel nacional lo que sí era posible en otros lugares como Galicia o Cataluña. En ambas comunidades ha sido posible la confluencia de las distintas fuerzas de izquierdas y en ellas participa Izquierda Unida. Mientras, en el resto de España esa misma fuerza política ha sido ninguneada y vapuleada con el apoyo y el silencio de los medios de comunicación.

No ha sido suficiente, nunca nada es suficiente. Y debe ser así, porque el inconformismo es lo que asegura la perseverancia en la lucha y en el trabajo. No fue, en su día, suficiente años de lucha en clandestinidad; años de sacrificio de presos políticos en las cárceles franquistas; no fue suficiente  la creación del movimiento sindical en pleno franquismo; no fue suficiente toda esa lucha. Al final, todo eso se convirtió en una pesada mochila que estorbaba. Era demasiado pesada e impedía, con su historia, el asalto a los cielos.


Pero muchos sabemos por qué fue insuficiente. Porque al final de todo, lo que sobra es el empeño de transformar de verdad un sistema que no terminamos de aceptar. Porque nuestro anhelo es construir una sociedad nueva y eso siempre ha sido y seguirá siendo peligroso. Es peligroso que seamos una fuerza organizada, que seamos militantes, pocos pero movilizados. Y eso resulta peligroso. Ahí, quizá, radican nuestra fuerza y nuestra debilidad. La fuerza que nos mantiene vivos, la memoria que nos ayuda a caminar todos los días.








sábado, 26 de diciembre de 2015




Un año más, puntual a su cita acude la Navidad. Acude con sus luces, sus adornos, sus comidas de empresa, de amigos o de conocidos. Con sus gastos financiados con las dichosas tarjetas que pagaremos en la terrible cuesta de enero. Con sus abrazos y felicitaciones impostadas, y también con las reales y sinceras. Con su gordo de la lotería convertido en la única esperanza de solucionar nuestros problemas. Con sus buenas intenciones, con sus gestos solidarios que intentan amortiguar una realidad que atormenta las conciencias. Con todo esto se presenta un año más la Navidad, cada vez más luminosa y brillante pero que oculta que todo tiene sentido porque en un mísero portal abandonado nació la esperanza de la Salvación. 



Y entre tanto,  ese portal se sigue convirtiendo en testimonio de esa misma esperanza ante tanto mal que inunda nuestro mundo. Hoy ese portal está ocupado por esos cientos de miles de personas que, huyendo de las guerras que consentimos y financiamos, llaman a nuestras puertas, y son rechazados por esta sociedad ensimismada y preocupada por mantenerse a flote a costa de lo que sea.

Hoy ese portal está ocupado por quienes ni siquiera tienen fuerzas para pegar en nuestras puertas porque bastante tienen con malvivir, o malmorir en sus lugares de origen. Por esos millones de personas que viven al sur del sur las consecuencias de un sistema económico injusto y destructivo.

Y también más cerca, entre nosotros. Ese portal está hoy ocupado por tantas mujeres que sufren,  muchas con sus vidas, las consecuencias de una sociedad y una educación machistas que perpetúa su discriminación.

 
Ese portal está ocupado por tantos miles de jóvenes sin futuro y sin esperanza. Unos porque son consecuencia del fracaso y el abandono escolar, otros porque, a pesar de estar preparados no tienen más remedio que abandonar sus lugares de origen en busca de un futuro. En cualquier caso, todos empujados a entrar en un mundo laboral cada vez más precario, con más inseguridad y  protección y que los convierte en “trabajadores pobres”, en mano de obra barata, angustiada y dispuesta a aceptar un trabajo en las condiciones que sea.

Ese portal está ocupado por tantas miles de familias que viven las consecuencias del paro, o de la precariedad laboral, de los recortes. Que han sufrido y siguen sufriendo los desahucios, aunque la propaganda  nos insista que estamos saliendo de la crisis.

A pesar de todo, las luces de la Navidad nos deberían recordar la buena noticia. Que la esperanza no está en todo esto que nos promete estas falsa felicidad, sino que está en el encuentro con el otro. Que la esperanza no está en esta felicidad superficial, bulliciosa y llena de carcajadas, sino en la alegría interior. Que la esperanza no está en esta vorágine de consumo que al final nos aísla y nos insensibiliza ante todo lo que nos rodea.

FELIZ NAVIDAD.