sábado, 26 de diciembre de 2015




Un año más, puntual a su cita acude la Navidad. Acude con sus luces, sus adornos, sus comidas de empresa, de amigos o de conocidos. Con sus gastos financiados con las dichosas tarjetas que pagaremos en la terrible cuesta de enero. Con sus abrazos y felicitaciones impostadas, y también con las reales y sinceras. Con su gordo de la lotería convertido en la única esperanza de solucionar nuestros problemas. Con sus buenas intenciones, con sus gestos solidarios que intentan amortiguar una realidad que atormenta las conciencias. Con todo esto se presenta un año más la Navidad, cada vez más luminosa y brillante pero que oculta que todo tiene sentido porque en un mísero portal abandonado nació la esperanza de la Salvación. 



Y entre tanto,  ese portal se sigue convirtiendo en testimonio de esa misma esperanza ante tanto mal que inunda nuestro mundo. Hoy ese portal está ocupado por esos cientos de miles de personas que, huyendo de las guerras que consentimos y financiamos, llaman a nuestras puertas, y son rechazados por esta sociedad ensimismada y preocupada por mantenerse a flote a costa de lo que sea.

Hoy ese portal está ocupado por quienes ni siquiera tienen fuerzas para pegar en nuestras puertas porque bastante tienen con malvivir, o malmorir en sus lugares de origen. Por esos millones de personas que viven al sur del sur las consecuencias de un sistema económico injusto y destructivo.

Y también más cerca, entre nosotros. Ese portal está hoy ocupado por tantas mujeres que sufren,  muchas con sus vidas, las consecuencias de una sociedad y una educación machistas que perpetúa su discriminación.

 
Ese portal está ocupado por tantos miles de jóvenes sin futuro y sin esperanza. Unos porque son consecuencia del fracaso y el abandono escolar, otros porque, a pesar de estar preparados no tienen más remedio que abandonar sus lugares de origen en busca de un futuro. En cualquier caso, todos empujados a entrar en un mundo laboral cada vez más precario, con más inseguridad y  protección y que los convierte en “trabajadores pobres”, en mano de obra barata, angustiada y dispuesta a aceptar un trabajo en las condiciones que sea.

Ese portal está ocupado por tantas miles de familias que viven las consecuencias del paro, o de la precariedad laboral, de los recortes. Que han sufrido y siguen sufriendo los desahucios, aunque la propaganda  nos insista que estamos saliendo de la crisis.

A pesar de todo, las luces de la Navidad nos deberían recordar la buena noticia. Que la esperanza no está en todo esto que nos promete estas falsa felicidad, sino que está en el encuentro con el otro. Que la esperanza no está en esta felicidad superficial, bulliciosa y llena de carcajadas, sino en la alegría interior. Que la esperanza no está en esta vorágine de consumo que al final nos aísla y nos insensibiliza ante todo lo que nos rodea.

FELIZ NAVIDAD.