“A los presos,
especialmente a los que desde el módulo 8 de la cárcel de
Alhaurín
de la Torre me han enseñado durante
todos estos años a ver la
realidad de la cárcel con otros ojos,
y a contemplar sus vidas y sus
experiencias
desde un punto de vista más humano”
LA CÁRCEL. OTRA FORMA DE
MARGINACIÓN.
“Y cada corazón humano que se rompe
en la celda o
en el patio de la cárcel es como aquel cofre roto
que
dio su tesoro al Señor y llenó la impura casa del
leproso con la
fragancia del más preciado nardo”
Oscar Wilde, Balada de la cárcel de Reading
“La libertad, Sancho, es uno de los
más preciados
dones que a los hombres dieron los cielos;
con ella no
pueden igualarse los tesoros
que encierra la tierra y el mar encubre;
por la libertad (…) se puede y debe aventurar la vida,
y, por el
contrario, el cautiverio es el mayor
mal que puede venir a los
hombres”
Miguel de Cervantes, El Quijote. II, 58
A modo de advertencia.
No quiero
engañarme ni tampoco engañar a nadie, pues hablar de la cárcel y
de la situación de los presos en estos tiempos en los que la
seguridad aparece como valor absoluto no es algo bien recibido por
parte de mucha gente. Desde el principio sé que, como don Quijote,
lucharé contra algún molino de viento, que navegaré a
contracorriente y que levantaré más de una carcajada, cuando no el
rechazo, por parte de muchos. Sin embargo, no importa, expondré mis
ideas recordando las palabras de Luter King:
“Nuestras vidas
empezarán a terminar el día en que guardemos silencio sobre las
cosas que realmente importan” y, personalmente creo que la
situación de tantos hombres y mujeres me importan y nos deberían
importar a todos.
Igualmente, quiero
advertir que este análisis sobre el mundo de la cárcel no lo hago
desde un conocimiento teórico exhaustivo, ni desde una dedicación
profesional; sino desde mi experiencia como miembro del Voluntariado
Católico de Prisiones, que ha permitido conocer algo de la realidad de
las cárceles y de los presos. Y si aún así para alguien no es
suficiente y pudiera resultarle un atrevimiento, me gustaría recordar
las palabras del pensador francés Montaigne en las que decía:
“Expongo libremente mi opinión sobre las cosas, incluso aquéllas que rebasan mi capacidad y no pertenecen a mi jurisdicción, porque en mis opiniones pretendo dar medida de mi visión y no de las cosas”
“Expongo libremente mi opinión sobre las cosas, incluso aquéllas que rebasan mi capacidad y no pertenecen a mi jurisdicción, porque en mis opiniones pretendo dar medida de mi visión y no de las cosas”
Diversos tipos de marginación
Existen, al menos,
dos tipos de marginación. Una es la marginación que produce
sentimientos de solidaridad, de caridad, de comprensión y de acogida
casi de inmediato; la otra la que produce, por el contrario,
sentimientos de rechazo e incomprensión. De los primeros se encargan
de informarnos los medios de comunicación para provocar, además,
reacciones más o menos solidarias. Suelen ser situaciones extremas
en las que no caben dudas. Son, en cierto modo, formas de marginación
comprendidas por la mayoría, conocidas y que se producen en un
entorno cercano. En este sentido, los márgenes (palabra
de la que procede) de esa marginación son tales, que no nos mantenemos
alejados de ellos y de su influencia. Del segundo tipo de
marginación, por contra, no se encargan habitualmente los medios de comunicación,
y si lo hacen es para manipular o desinformar. Son situaciones ante
las que surge el rechazo de la sociedad en general. Y ante las que
se plantean dudas, muchas veces, vergonzantes. Son situaciones que en
muchos casos no se producen en lugares lejanos y exóticos, sino que
se están produciendo en nuestro barrio, en nuestra calle o en
nuestro pueblo. Que no se produce en personas ajenas, sino que se
puede producir, incluso, en un ámbito cercano o familiar. A este
tipo de marginación pertenecen las mujeres maltratadas, los
drogadictos, las familias desestructuradas, los inmigrantes ilegales,
y los presos. Son, en definitiva, todas las situaciones que no entran
en nuestros esquemas, que producen incomprensión y rechazo.
La cárcel. Marginada y marginadora
La realidad de la
cárcel y de los presos es una de estas situaciones marginales que
han existido a lo largo de nuestra historia. Las razones de esta
marginación son variadas y difíciles de analizar. Intentaré
aportar, desde mi experiencia y mi relación con ella, algunas ideas
sobre ella.
En primer lugar,
la cárcel es una realidad desconocida. Existe un mecanismo que nos
lleva a desconfiar y rechazar aquello que desconocemos. Así, la
cárcel y su entorno están alejados de la sociedad. Un alejamiento
físico, pero sobre todo, un alejamaiento social.
El alejamiento
geográfico puede observarse simplemente en la localización de las
cárceles. Por motivos diversos estos edificios, que antes estaban
más o menos insertados en el tejido urbano de las ciudades, se han
ido trasladando a las afueras de las mismas. Este proceso ha
permitido una mayor comodidad, pues se han podido construir cárceles
más amplias y mejor dotadas, pero también un efecto de ocultación.
Se ha conseguido que la cárcel y todo lo que ella implica no esté
presente, a la vista y, lo más importante, no añada esas situaciones
de marginalidad que rodean a la misma.
Por lo que se
refiere al alejamiento social podemos decir que la sociedad en
general vive de espaldas a la realidad de la cárcel. En la cárcel
se encuentran aquellas personas que la sociedad ha juzgado como
peligrosos y que distorsionan el buen funcionamiento del grupo,
aquellas personas que no han respetado las leyes y las normas que nos
hemos dado para vivir en sociedad. Sin embargo, en este punto, surge
la duda de si no hay otras muchas personas que o bien representan
mismo peligro o bien no respetan las leyes que están fuera, con unos
privilegios y reconocimiento social. Son preguntas complicadas y de
difícil respuesta.
Evidentemente, las
personas que han cometido un delito tiene que ofrecer a la comunidad
un indicio de su arrepentimiento y tiene que pagar esa deuda que ha
contraído con la sociedad y con sus víctimas. Sin embargo, lo que hay
que plantearse es si la única forma de hacerlo es a través de las
penas de privación de libertad. ¿Soluciona el verdadero problema de
fondo? ¿Los años de cárcel regeneran al delincuente y la
convierten en una persona nueva? ¿Van a la cárcel los culpables de
todos los delitos o, en ocasiones, por el contrario, van solo el
eslabón más débil de la cadena que constituye el delito? ¿No hay
otras alternativas?
Para una mayoría,
ante estas cuestiones, la respuesta es muy fácil. En la cárcel
están los que tienen que estar, los que han cometido un delito y
deben pagar por ello. Como dice Rafael Salillas en su libro “La
vida penal en España” (1988):
“La sociedad
quiere librarse de elementos que la trastornan, como quiere librarse
del influjo de las epidemias. La cárcel, el presidio, todo el
sistema jurídico-penal, contribuyen a fomentar el delito; y la
sociedad, en vez de garantizada está trastornada en sus intereses
morales y materiales”
Pero podría
plantearse la cuestión de otra manera y pensar que un porcentaje muy
elevado de los presos que están en las cárceles son personas a las
que la sociedad ha empujado tras los muros. Han sido empujados por
falta de oportunidades en la educación y en la formación, por vivir
en ambientes sociales, económicos y familiares límites, por
problemas de droga, de alcohol, etc... Son, en definitiva, ejemplos
de sectores sociales que han sido desplazados hacia situaciones
extremas y ante las que no han tenido las suficientes herramientas y
la suficiente ayuda para sobreponerse. En este caso, siempre
recordaré la conversación con un preso en la que me venía a
confesar que el hecho de que él estuviera en la cárcel era algo
“lógico” si tenía en cuenta su situación vital. Me decía
también que mientras a mí la vida me había abierto puertas, a él
se las había ido cerrando. Por ello, esa frase que puede sonar a
utópica es cierta. “Más escuelas y menos cárceles” como
ejemplo de los verdaderos pilares sobre los que debemos construir
nuestra sociedad y su futuro.
Y la cárcel es
una forma de marginación porque es una institución que no cumple
con su verdadera función. La cárcel es una institución del Estado,
un espacio donde se ejecuta la pena de privación de libertad dictada
por la Justicia. A lo largo de la historia la cárcel y sus
finalidades han ido cambiando, han mejorado sus condiciones y la
filosofía que rige el mundo del Derecho. Las penas de privación de
libertad han tenido dos finalidades básicas: la de erradicar la
delincuencia y la de proteger a la sociedad de la misma; y por otro
lado, la de prevenir, es decir, una finalidad de disuasión. Estos
dos principios clásicos siguen vigentes y habría que preguntarse si
después de tantos siglos la cárcel ha cumplido ambos objetivos. La
respuesta es clara. No se han conseguido, puesto que los delincuentes
siguen actuando a pesar de su existencia. Y esto se produce porque la
solución a estos problemas debe ser radical, en el sentido de
atajarlo desde sus causas y no desde sus consecuencias.
La reinserción, una asignatura
pendiente.
Desde hace tiempo,
a las dos fines de los que hablaba antes, se le ha unido una tercera
finalidad a las penas: la de reinserción. En el caso de nuestro
país, el artículo 25.2 de la Constitución lo recoge de forma
explícita. Sin embargo, los resultados no son los deseables. Las
causas del fracaso de la reinserción son múltiples.
En primer lugar,
el fracaso surge porque la reeducación consiste en volver a reeducar
a alguien que antes lo ha sido. Y en muchos casos, la reeducación se
convierte en educación de alguien que no lo ha sido antes. Además,
la cárcel no es un lugar para educar si entendemos la educación
como el enriquecimiento personal y social del individuo, el fomento
de un espíritu crítico, la aceptación de las ideas ajenas, la
capacidad de entrega y sacrificio y la asimilación de unos
principios éticos como la justicia y la igualdad de derechos.
En segundo lugar,
este fracaso es consecuencia de la falta de medios humanos y
materiales para llevarla a cabo. La atención médica, jurídica,
psicológica a los presos sigue siendo deficiente. Ejemplos de esta
situación son los fracasos en los tratamientos contra la
drogadicción dentro de la cárcel (si tenemos en cuenta que más del
70% de los presos lo están por delitos relacionados con ella) la
escasa atención a los reincidentes, etc... En cierta forma, más que
una verdadera reinserción de lo que podemos hablar es de una
adaptación al mundo penitenciario. Lo esencial es acostumbrarse la
cárcel y a la falta de libertad como una situación más; trasladar
a los presos y presas una idea y un sentimiento marginador: la cárcel
es el lugar que debo ocupar en la sociedad.
Así pues, al no
cumplir con la finalidad última, la cárcel está produciendo
situaciones de injusticia y de marginación que siguen presentes en
nuestra sociedad. Como dice Evaristo Martín Nieto, la cárcel es:
“Un monumento al
fracaso, a la insolidaridad y a la agresividad de la sociedad, la
cual al sentirse agredida respondo al castigo, en muchas ocasiones de
forma mucho más dura que el daño que ella sufrió”
El círculo se
cierra, definitivamente, cuando los presos salen en libertad y
encuentran el rechazo de la sociedad de la que salieron. Es esta
situación una de las más graves con las que tienen que enfrentarse
estas personas que una vez cumplidas sus penas tienen que cargar con
la incomprensión de su entorno, de una sociedad que no le da las
mismas oportunidades y que parecen estar marcadas con un estigma
igual que lo estaban los judíos en los guetos. Ante esta situación,
el profesor Ruiz Jiménez, que fuera Defensor del Pueblo decía en un
texto titulado “Los derechos humanos del recluso” y publicado en
la revista Corintios XIII:
“Seamos humanos,
tengamos sentimientos de justicia, pero no veamos al delincuente como
un ser réprobo para siempre, sino como un ser humano rescatable.
Pongamos amor y otras muchas cosas necesarias para la reinserción de
estos seres humanos. Para mí, esos son signos de un auténtico
Estado social y democrático de derecho”.
A modo de conclusión.
Para terminar esta
reflexión sobre el tema de la cárcel, quiero resaltar y agradecer
la labor de todas las personas que trabajan en la cárcel a favor de
la dignidad y la mejora de la vida de los presos. No sólo a los
voluntarios sino también a los funcionarios que trabajan en ellas.
Por lo que se
refiere a la labor del Voluntariado quisiera recordar que está
encargado de llevar a cabo las líneas de acción de la Pastoral
Penitenciaria, que es voz y parte de la presencia de la Iglesia
dentro de las cárceles. Es el encargado, junto con los capellanes,
de dar testimonio del Evangelio, pero también de denunciar las
injusticias que se producen en las cárceles. Somos o debemos ser
testigos, pero también profetas. La labor están recogida claramente
en el Evangelio cuando Jesús decía aquello de “estuve preso y me
visitaste”. Este es el fundamento teológico de nuestra labor.
Apoyar y escuchar a otra forma más de pobreza, a unos pobres que,
como dice el teólogo Gustavo Gutiérrez:
“Los pobres no
solamente son personas que carecen de cosas. Ser pobre es luna manera
de ser humano. (…) Hay un mundo del pobre, y que el compromiso con
éste significa entrar en dicho mundo. Implica no sólo estar
comprometido con una clase social o con una cultura determinada, sino
entrar en el mundo del pobre; lo cual trae consigue algo importante,
la amistad. No hay auténtica solidaridad con el pobre si no hay
amistad con él”
Porque aunque es
una utopía un mundo sin cárceles, es bonita. Además, ¿Qué será
de nosotros los cristianos si no creemos en las utopías? Utopía
significa “lugar bonito” un lugar feliz que sustituya a esa
“fábrica de llanto” de la hablaba un preso ilustre como fue el
poeta Miguel Hernández.
Y termino con unas
palabras de Enrique Ferri en su libro “Los hombres y las cárceles”
en las que plantea ese lugar feliz, utópico:
“¡Abajo las
prisiones todas! ¡Abajo las infames celdas! Y que sobre las ruinas,
en las mismas orillas del reinte, surjan como por ensalmo los hogares
risueños y felices, rodeados de sendas floridas, de abundantes y
olorosas rosas y blancos jazmines. Transfórmense los cepos infames
en instrumentos de agricultura, y el odiado delincuente, ya no
torturado, no ya envilecido, sino fraternalmente amado,
fraternalmente cuidado, hallará en libertad, en la dulce quietud de
los campos y en la ruda belleza del mar, la curación regeneradora del
mal que le atormenta. Éste es el verdadero porvenir; éste es el
camino del progreso y del humanitarismo: destruir hoy toda clase de
castigos sobre la tierra. La venganza es herencia de los pueblos
salvajes y el castigo no es más que la larva de la venganza”
Eso, pues,
soñemos.
