viernes, 25 de septiembre de 2015

LA CÁRCEL. OTRA FORMA DE MARGINACIÓN.


 
“A los presos, especialmente a los que desde el módulo 8 de la cárcel de 
Alhaurín de la Torre me han enseñado durante 
todos estos años a ver la realidad de la cárcel con otros ojos,
 y a contemplar sus vidas y sus experiencias 
desde un punto de vista más humano”

LA CÁRCEL. OTRA FORMA DE MARGINACIÓN.

 












“Y cada corazón humano que se rompe en la celda o 
en el patio de la cárcel es como aquel cofre roto 
que dio su tesoro al Señor y llenó la impura casa del 
leproso con la fragancia del más preciado nardo”

Oscar Wilde, Balada de la cárcel de Reading





“La libertad, Sancho, es uno de los más preciados
 dones que a los hombres dieron los cielos; 
con ella no pueden igualarse los tesoros 
que encierra la tierra y el mar encubre; 
por la libertad (…) se puede y debe aventurar la vida, 
y, por el contrario, el cautiverio es el mayor 
 mal que puede venir a los hombres”

Miguel de Cervantes,  El Quijote. II, 58


A modo de advertencia.

No quiero engañarme ni tampoco engañar a nadie, pues hablar de la cárcel y de la situación de los presos en estos tiempos en los que la seguridad aparece como valor absoluto no es algo bien recibido por parte de mucha gente. Desde el principio sé que, como don Quijote, lucharé contra algún molino de viento, que navegaré a contracorriente y que levantaré más de una carcajada, cuando no el rechazo, por parte de muchos. Sin embargo, no importa, expondré mis ideas recordando las palabras de Luter King: 

“Nuestras vidas empezarán a terminar el día en que guardemos silencio sobre las cosas que realmente importan” y, personalmente creo que la situación de tantos hombres y mujeres me importan y nos deberían importar a todos.

Igualmente, quiero advertir que este análisis sobre el mundo de la cárcel no lo hago desde un conocimiento teórico exhaustivo, ni desde una dedicación profesional; sino desde mi experiencia como miembro del Voluntariado Católico de Prisiones, que ha permitido conocer algo de la realidad de las cárceles y de los presos. Y si aún así para alguien no es suficiente y pudiera resultarle un atrevimiento, me gustaría recordar las palabras del pensador francés Montaigne en las que decía:

“Expongo libremente mi opinión sobre las cosas, incluso aquéllas que rebasan mi capacidad y no pertenecen a mi jurisdicción, porque en mis opiniones pretendo dar medida de mi visión y no de las cosas”

Diversos tipos de marginación

Existen, al menos, dos tipos de marginación. Una es la marginación que produce sentimientos de solidaridad, de caridad, de comprensión y de acogida casi de inmediato; la otra la que produce, por el contrario, sentimientos de rechazo e incomprensión. De los primeros se encargan de informarnos los medios de comunicación para provocar, además, reacciones más o menos solidarias. Suelen ser situaciones extremas en las que no caben dudas. Son, en cierto modo, formas de marginación comprendidas por la mayoría, conocidas y que se producen en un entorno  cercano. En este sentido, los márgenes (palabra de la que procede) de esa marginación son tales, que no nos mantenemos alejados de ellos y de su influencia. Del segundo tipo de marginación, por contra, no se encargan habitualmente los medios de comunicación, y si lo hacen es para manipular o desinformar. Son situaciones ante las que surge el rechazo de la sociedad en general. Y ante las que se plantean dudas, muchas veces, vergonzantes. Son situaciones que en muchos casos no se producen en lugares lejanos y exóticos, sino que se están produciendo en nuestro barrio, en nuestra calle o en nuestro pueblo. Que no se produce en personas ajenas, sino que se puede producir, incluso, en un ámbito cercano o familiar. A este tipo de marginación pertenecen las mujeres maltratadas, los drogadictos, las familias desestructuradas, los inmigrantes ilegales, y los presos. Son, en definitiva, todas las situaciones que no entran en nuestros esquemas, que producen incomprensión y rechazo.

La cárcel. Marginada y marginadora

La realidad de la cárcel y de los presos es una de estas situaciones marginales que han existido a lo largo de nuestra historia. Las razones de esta marginación son variadas y difíciles de analizar. Intentaré aportar, desde mi experiencia y mi relación con ella, algunas ideas sobre ella.

En primer lugar, la cárcel es una realidad desconocida. Existe un mecanismo que nos lleva a desconfiar y rechazar aquello que desconocemos. Así, la cárcel y su entorno están alejados de la sociedad. Un alejamiento físico, pero sobre todo, un alejamaiento social.

El alejamiento geográfico puede observarse simplemente en la localización de las cárceles. Por motivos diversos estos edificios, que antes estaban más o menos insertados en el tejido urbano de las ciudades, se han ido trasladando a las afueras de las mismas. Este proceso ha permitido una mayor comodidad, pues se han podido construir cárceles más amplias y mejor dotadas, pero también un efecto de ocultación. Se ha conseguido que la cárcel y todo lo que ella implica no esté presente, a la vista y, lo más importante, no añada esas situaciones de marginalidad que rodean a la misma.

Por lo que se refiere al alejamiento social podemos decir que la sociedad en general vive de espaldas a la realidad de la cárcel. En la cárcel se encuentran aquellas personas que la sociedad ha juzgado como peligrosos y que distorsionan el buen funcionamiento del grupo, aquellas personas que no han respetado las leyes y las normas que nos hemos dado para vivir en sociedad. Sin embargo, en este punto, surge la duda de si no hay otras muchas personas que o bien representan mismo peligro o bien no respetan las leyes que están fuera, con unos privilegios y reconocimiento social. Son preguntas complicadas y de difícil respuesta.

Evidentemente, las personas que han cometido un delito tiene que ofrecer a la comunidad un indicio de su arrepentimiento y tiene que pagar esa deuda que ha contraído con la sociedad y con sus víctimas. Sin embargo, lo que hay que plantearse es si la única forma de hacerlo es a través de las penas de privación de libertad. ¿Soluciona el verdadero problema de fondo? ¿Los años de cárcel regeneran al delincuente y la convierten en una persona nueva? ¿Van a la cárcel los culpables de todos los delitos o, en ocasiones, por el contrario, van solo el eslabón más débil de la cadena que constituye el delito? ¿No hay otras alternativas?

Para una mayoría, ante estas cuestiones, la respuesta es muy fácil. En la cárcel están los que tienen que estar, los que han cometido un delito y deben pagar por ello. Como dice Rafael Salillas en su libro “La vida penal en España” (1988):

“La sociedad quiere librarse de elementos que la trastornan, como quiere librarse del influjo de las epidemias. La cárcel, el presidio, todo el sistema jurídico-penal, contribuyen a fomentar el delito; y la sociedad, en vez de garantizada está trastornada en sus intereses morales y materiales”


Pero podría plantearse la cuestión de otra manera y pensar que un porcentaje muy elevado de los presos que están en las cárceles son personas a las que la sociedad ha empujado tras los muros. Han sido empujados por falta de oportunidades en la educación y en la formación, por vivir en ambientes sociales, económicos y familiares límites, por problemas de droga, de alcohol, etc... Son, en definitiva, ejemplos de sectores sociales que han sido desplazados hacia situaciones extremas y ante las que no han tenido las suficientes herramientas y la suficiente ayuda para sobreponerse. En este caso, siempre recordaré la conversación con un preso en la que me venía a confesar que el hecho de que él estuviera en la cárcel era algo “lógico” si tenía en cuenta su situación vital. Me decía también que mientras a mí la vida me había abierto puertas, a él se las había ido cerrando. Por ello, esa frase que puede sonar a utópica es cierta. “Más escuelas y menos cárceles” como ejemplo de los verdaderos pilares sobre los que debemos construir nuestra sociedad y su futuro.

Y la cárcel es una forma de marginación porque es una institución que no cumple con su verdadera función. La cárcel es una institución del Estado, un espacio donde se ejecuta la pena de privación de libertad dictada por la Justicia. A lo largo de la historia la cárcel y sus finalidades han ido cambiando, han mejorado sus condiciones y la filosofía que rige el mundo del Derecho. Las penas de privación de libertad han tenido dos finalidades básicas: la de erradicar la delincuencia y la de proteger a la sociedad de la misma; y por otro lado, la de prevenir, es decir, una finalidad de disuasión. Estos dos principios clásicos siguen vigentes y habría que preguntarse si después de tantos siglos la cárcel ha cumplido ambos objetivos. La respuesta es clara. No se han conseguido, puesto que los delincuentes siguen actuando a pesar de su existencia. Y esto se produce porque la solución a estos problemas debe ser radical, en el sentido de atajarlo desde sus causas y no desde sus consecuencias.

La reinserción, una asignatura pendiente.

Desde hace tiempo, a las dos fines de los que hablaba antes, se le ha unido una tercera finalidad a las penas: la de reinserción. En el caso de nuestro país, el artículo 25.2 de la Constitución lo recoge de forma explícita. Sin embargo, los resultados no son los deseables. Las causas del fracaso de la reinserción son múltiples.

En primer lugar, el fracaso surge porque la reeducación consiste en volver a reeducar a alguien que antes lo ha sido. Y en muchos casos, la reeducación se convierte en educación de alguien que no lo ha sido antes. Además, la cárcel no es un lugar para educar si entendemos la educación como el enriquecimiento personal y social del individuo, el fomento de un espíritu crítico, la aceptación de las ideas ajenas, la capacidad de entrega y sacrificio y la asimilación de unos principios éticos como la justicia y la igualdad de derechos.

En segundo lugar, este fracaso es consecuencia de la falta de medios humanos y materiales para llevarla a cabo. La atención médica, jurídica, psicológica a los presos sigue siendo deficiente. Ejemplos de esta situación son los fracasos en los tratamientos contra la drogadicción dentro de la cárcel (si tenemos en cuenta que más del 70% de los presos lo están por delitos relacionados con ella) la escasa atención a los reincidentes, etc... En cierta forma, más que una verdadera reinserción de lo que podemos hablar es de una adaptación al mundo penitenciario. Lo esencial es acostumbrarse la cárcel y a la falta de libertad como una situación más; trasladar a los presos y presas una idea y un sentimiento marginador: la cárcel es el lugar que debo ocupar en la sociedad.

Así pues, al no cumplir con la finalidad última, la cárcel está produciendo situaciones de injusticia y de marginación que siguen presentes en nuestra sociedad. Como dice Evaristo Martín Nieto, la cárcel es:

“Un monumento al fracaso, a la insolidaridad y a la agresividad de la sociedad, la cual al sentirse agredida respondo al castigo, en muchas ocasiones de forma mucho más dura que el daño que ella sufrió”

El círculo se cierra, definitivamente, cuando los presos salen en libertad y encuentran el rechazo de la sociedad de la que salieron. Es esta situación una de las más graves con las que tienen que enfrentarse estas personas que una vez cumplidas sus penas tienen que cargar con la incomprensión de su entorno, de una sociedad que no le da las mismas oportunidades y que parecen estar marcadas con un estigma igual que lo estaban los judíos en los guetos. Ante esta situación, el profesor Ruiz Jiménez, que fuera Defensor del Pueblo decía en un texto titulado “Los derechos humanos del recluso” y publicado en la revista Corintios XIII:

“Seamos humanos, tengamos sentimientos de justicia, pero no veamos al delincuente como un ser réprobo para siempre, sino como un ser humano rescatable. Pongamos amor y otras muchas cosas necesarias para la reinserción de estos seres humanos. Para mí, esos son signos de un auténtico Estado social y democrático de derecho”.

A modo de conclusión.

Para terminar esta reflexión sobre el tema de la cárcel, quiero resaltar y agradecer la labor de todas las personas que trabajan en la cárcel a favor de la dignidad y la mejora de la vida de los presos. No sólo a los voluntarios sino también a los funcionarios que trabajan en ellas.

Por lo que se refiere a la labor del Voluntariado quisiera recordar que está encargado de llevar a cabo las líneas de acción de la Pastoral Penitenciaria, que es voz y parte de la presencia de la Iglesia dentro de las cárceles. Es el encargado, junto con los capellanes, de dar testimonio del Evangelio, pero también de denunciar las injusticias que se producen en las cárceles. Somos o debemos ser testigos, pero también profetas. La labor están recogida claramente en el Evangelio cuando Jesús decía aquello de “estuve preso y me visitaste”. Este es el fundamento teológico de nuestra labor. Apoyar y escuchar a otra forma más de pobreza, a unos pobres que, como dice el teólogo Gustavo Gutiérrez:

“Los pobres no solamente son personas que carecen de cosas. Ser pobre es luna manera de ser humano. (…) Hay un mundo del pobre, y que el compromiso con éste significa entrar en dicho mundo. Implica no sólo estar comprometido con una clase social o con una cultura determinada, sino entrar en el mundo del pobre; lo cual trae consigue algo importante, la amistad. No hay auténtica solidaridad con el pobre si no hay amistad con él”

Porque aunque es una utopía un mundo sin cárceles, es bonita. Además, ¿Qué será de nosotros los cristianos si no creemos en las utopías? Utopía significa “lugar bonito” un lugar feliz que sustituya a esa “fábrica de llanto” de la hablaba un preso ilustre como fue el poeta Miguel Hernández.

Y termino con unas palabras de Enrique Ferri en su libro “Los hombres y las cárceles” en las que plantea ese lugar feliz, utópico:

“¡Abajo las prisiones todas! ¡Abajo las infames celdas! Y que sobre las ruinas, en las mismas orillas del reinte, surjan como por ensalmo los hogares risueños y felices, rodeados de sendas floridas, de abundantes y olorosas rosas y blancos jazmines. Transfórmense los cepos infames en instrumentos de agricultura, y el odiado delincuente, ya no torturado, no ya envilecido, sino fraternalmente amado, fraternalmente cuidado, hallará en libertad, en la dulce quietud de los campos y en la ruda belleza del mar, la curación regeneradora del mal que le atormenta. Éste es el verdadero porvenir; éste es el camino del progreso y del humanitarismo: destruir hoy toda clase de castigos sobre la tierra. La venganza es herencia de los pueblos salvajes y el castigo no es más que la larva de la venganza”

Eso, pues, soñemos.