jueves, 7 de mayo de 2015

UN PUEBLO CON MALA SUERTE


“Si hubiese que definir la democracia 
podría hacerse diciendo 
que es la sociedad en la cual 
no sólo es permitido
 sino exigido ser persona”
María Zambrano.

“La tiranía totalitaria no se edifica
 sobre las virtudes de los totalitarios
 sino sobre las faltas de los demócratas”
Albert Camus.

“Los políticos honrados se quitan de en medio 
cuando cae sobre ellos la sospecha”
Antonio Gala

Aunque no sea lo más adecuado hablar de buena o mala suerte puesto que el desarrollo de la historia es fruto de unas circunstancias concretas y de unos comportamientos bien individuales o bien colectivos, esta expresión coloquial puede ayudarles a entender la idea que quisiera desarrollar.


Nuestro pueblo ha sido un pueblo con mala suerte”. Si hacemos un repaso a la historia reciente estoy convencido de que nuestro pueblo, mi pueblo, ha tenido mala suerte. Y más allá del amor propio, tan necesario en algunas ocasiones, tampoco somos el mejor de los mundos. No creo que nos ayude a valorar la realidad hacerlo desde esa miopía en que muchas veces nos instalamos y que nos lleva a no observar sus matices, a reconocer que la perfección no existe y a que hay cosas tan buenas como las nuestras en otros muchos lugares. Para ello, como decía Unamuno refiriéndose al nacionalismo, no hay mejor receta que viajar y conocer otras realidades.


A lo largo de todos estos años, aunque el crecimiento económico y material ha sido evidente, Alhaurín no ha evolucionado de igual forma ni social, ni cultural, ni políticamente. Es verdad que no es el pueblo de antes, que hemos crecido, que hemos mejorado las infraestructuras, los equipamientos. ¡Faltaría más!


Los que hemos vivido muchos de estos cambios recordamos las circunstancias por las que pasaba nuestro pueblo hace algún tiempo. Cuánto más, los mayores, que vivieron los años duros del franquismo y la dictadura. Así, por ejemplo, mi generación ha estrenado nuevos colegios; muchos vivimos con sana envidia cómo abría una extensión (y luego un instituto) poco después de acabar nuestros estudios de Bachillerato en Coín. Igualmente, nuestros primeros recuerdos de una consulta médica se sitúan en las casas particulares de éstos y luego experimentamos el avance que supuso la apertura de un Centro de Salud, o aquella recogida de dinero entre los vecinos del pueblo para adquirir una primera ambulancia. También recordamos el asfaltado de las calles, la construcción de una piscina municipal en un polideportivo que luego se ha ido ampliando. Recordamos que nuestra generación pudo disfrutar de una emisora de radio, humilde, con pocos programas, pero que era mucho más plural que la actual, tan moderna y profesional. Incluso, los estudiantes de la época -muchos menos que ahora- preparábamos nuestros exámenes en una Biblioteca Municipal que, como todas, tenía menos libros de los necesarios.


Hago toda esta enumeración porque es preciso tener memoria, es preciso recordar que la historia de nuestro pueblo no puede hacerse de una década hacia atrás. Tenemos que hacerlo desde una perspectiva temporal mucho más amplia y así no caer en la falsa idea de que todo se ha conseguido en los últimos tiempos y gracias a la gestión de un único alcalde. Esta es la idea que machaconamente traslada el Equipo de Gobierno a través de la televisión, convertida en un medio propagandístico a su único y exclusivo servicio. Con esfuerzo, con muchos errores, con luces y con muchísimas sombras, el pueblo ha llegado hasta aquí, con la aportación de muchas personas y no solo con la labor de un una sola, como nos quieren hacer creer.


Luego vendrían todos estos años en los que se ha seguido avanzando y mejorando, como no podría ser de otra forma. Han sido años de ingresos fabulosos procedentes del urbanismo, en plena burbuja inmobiliaria que tan trágicas consecuencias nos ha traído y de la que ya muchos decíamos que era “pan para hoy y hambre para mañana”. Años de ingresos fabulosos procedentes de aportaciones y subvenciones procedentes de otras administraciones; ingresos fabulosos procedentes de créditos (más de 15 millones de euros) que ahora, religiosamente, pagamos entre todos; ingresos fabulosos gracias a una presión fiscal que no ha dejado de aumentar en estos años. Y con estos ingresos llegaron las grandes obras y sus correspondientes inauguraciones. Porque nuestros gobernantes eran conscientes no de la rentabilidad social de estas inversiones, sino, principalmente, de la rentabilidad electoral de las mismas. Y el número de votos que podría conseguir gracias a estas inversiones era lo prioritario a la hora de planificarlas y elegir la fecha de las mismas. Y se instaura la política de gestos, una política de inversiones que no se detiene a valorar si son realmente prioritarias o no; si tienen una rentabilidad social o no; si están planificadas en el lugar más idóneo o no. Son inversiones que se convierten en esas obras, muchas de ellas faraónicas, que tienen como función esencial dejar constancia del paso de una persona por el poder, igual que hacían los faraones o los grandes emperadores de la Antigüedad. Y mientras, para el pueblo, como en Roma, pan y circo.


Y en esa vorágine y en ese empacho de dinero y despilfarro llegaron un nuevo teatro, una nueva biblioteca, una nueva escuela de música. Pero, mientras tanto ¿qué se hacía y que se hace por fomentar la cultura? ¿qué se se hacía y qué se hace por llevar la cultura a todos los vecinos del pueblo y a todos los lugares del pueblo? La cultura, una vez más, convertida en escaparate, en mera fachada, tan del gusto de un pueblo que vive tan intensamente el comportamiento barroco.


Y se siguieron asfaltando calles, pero las de siempre. Se siguieron arreglando calles, casi siempre en el mismo sitio. El centro del pueblo se rehabilitó para que, inmediatamente, comenzara su paulatino desmantelamiento. Y mientras tanto, otras zonas del pueblo quedaron y siguen olvidadas. Del Bajondillo, poco más que unas cuantas obras, ¿pero para cuándo una actuación que no sea un simple parche o un cartel que paseamos a todos sitios? Y otras tantas calles, y las aceras de Villafranco, y los accesos al pueblo ¿por qué hemos tenido que esperar tanto tiempo? ¿por qué ahora en tiempo de elecciones?


Y se siguieron haciendo muchas cosas, menos las más precisas. Se comenzó a tirar el dinero en FITUR, escaparate del turismo y motivo de disfrute y despilfarro de unos pocos. Pero ¿qué se ha hecho de promoción turística de nuestro pueblo? ¿Qué relevancia tienen nuestra fiesta de la Semana Santa en comparación con la de otros lugares de la provincia de Málaga? Y el tirón de la costa y el turismo procedente de estas zonas ¿viene a disfrutar de nuestros espacios naturales?


Y el suelo industrial, una simple maqueta. Y la formación y el reciclaje de los miles de trabajadores de la construcción que fueron expulsado por culpa de la crisis del ladrillo en el olvido. La política social convertida en una simple asistencia que no busca el desarrollo de las personas, la igualdad entre hombres y mujeres bonitas palabras de cara a la galería; los servicios sociales un maquinaria de captar lealtades y apoyos. 


Por estas y otras muchas razones, decía antes que nuestro pueblo había tenido muy mala suerte durante todos estos años. La sociedad civil de nuestro pueblo, la democracia y la convivencia entre todos no sólo no ha mejorado sino que ha retrocedido y empeorado hasta llegar a la situación actual.


Después de todos estos años, ¿Hemos construido una sociedad más plural, más respetuosa con el que no piensa igual que yo? ¿Hemos inculcado entre los vecinos y vecinas que la discrepancia es un valor necesario para fomentar la convivencia? ¿Hemos despertado en todos la necesidad de mantener un espíritu crítico ante los gobernantes para exigirles que cumplan con la ley y con sus compromisos? ¿Hemos educado -puesto que los políticos también educan- en el respeto escrupuloso de la ley?


Sinceramente pienso que no. Tenemos, por contra, una sociedad adormecida, narcotizada en su gran mayoría. Una sociedad que ha perdido el poco espíritu crítico y reivindicativo que tenía. Tenemos unas asociaciones y colectivos que tienen miedo a levantar la voz y que creen que un mísera subvención o un local no es un derecho sino un privilegio que le otorga el alcalde.


Tenemos una sociedad que aplaude, en su mayoría, al poder. Unas veces con sinceridad y por convencimiento, otras muchas veces, por miedo. Una sociedad a la que se le ha trasladado que un gobernante es un mero gestor, un contable. Y no es así. Un Ayuntamiento no se debe jamás gestionar como una empresa privada, no se debe dirigir como si de una fábrica, ni siquiera como si de una oficina bancaria se tratará. Un ayuntamiento es el conjunto de los vecinos que vivimos en un mismo lugar, una comunidad plural. Y el gobernante debe gobernar para todos, para los que le votaron como para los que no. Debe respetarlos a todos y debe entender que más allá de la eficacia y de los saldos de las cuentas están las personas. Como decía hace poco el poeta Luis García Montero, la política es un arte noble porque nace de “los afectos” nace del amor y del compromiso hacia la comunidad a la que pertenecemos. Si no somos capaces de entender el ejercicio del poder desde esta perspectiva caemos no en la autoridad (un concepto moral muy noble) que se transmite desde el ejemplo, sino en el autoritarismo. Y este autoritarismo sólo se impone desde el miedo. Porque, como dice el hijo predilecto de nuestro pueblo Antonio Gala “La dictadura se presenta acorazada porque ha de vencer. La democracia se presenta desnuda porque ha de convencer”


No hemos tenido suerte, porque no vivimos en un pueblo en el que exista mayor libertad de expresión, sino todo lo contrario. Vivimos en un pueblo en el que ésta es atacada todos los días desde los medios de comunicación públicos, convertidos en mera propaganda del Equipo de Gobierno. Medios que vetan a los que no piensan como ellos, en los que jamás aparecerá un problema, una crítica o una opinión contraria.


No hemos tenido suerte, porque vivimos en un pueblo gobernado sin transparencia y sin igualdad. En un pueblo que su Ayuntamiento contrata a las empresas de siempre, con las que existen sospechosos vínculos familiares y políticos. Un pueblo que está gobernado por un alcalde que ha permitido que el Ayuntamiento se convierta en una agencia de contratación de antiguos concejales o miembros de sus candidaturas. Un ayuntamiento que gestiona sin transparencia una bolsa de trabajo que es una burla para las personas que sufren el drama del paro.


No hemos tenido suerte porque en esta política oscurantista y de total ausencia de transparencia y de ética, la corrupción ha entrado de lleno en el Ayuntamiento. Ha entrado y ha colocado en nuestro pueblo en el mapa de la corrupción de nuestro país. Una corrupción que tiene su origen en la desigualdad de trato, en la falta de respeto a la ley.


Hemos tenido mala suerte, en definitiva, porque después de muchos años de progreso material no hemos tenido ningún avance en el plano social. Después de construir y construir nuevos edificios, arreglar calles y plantar árboles no tenemos un proyecto de futuro a largo plazo para nuestro pueblo. No sabemos qué quieren hacer con él los que hasta ahora nos han gobernado. Después de todo este tiempo, no tenemos certezas, sino muchas dudas. Muchas incertidumbres.


Y ante tantas incertidumbres, los ciudadanos tenemos en nuestras manos la única herramienta capaz de cambiar esta realidad. En nuestras manos tenemos la capacidad de buscar las respuestas que conviertan estas incertidumbres en esperanza, en una esperanza de cambio y de transformación. Esa herramienta es nuestro voto. Buscar entre las múltiples opciones que se presentan a las elecciones aquella que nos parezca la más adecuada. Solo desde este ejercicio, libre y comprometido, estamos en disposición de cambiar esa mala suerte y construir un pueblo mejor.