jueves, 14 de abril de 2016

POR UNA NUEVA PRIMAVERA, POR UNA NUEVA ESPERANZA

Un año más, la fecha del 14 de abril nos invita no solo a mirar atrás para recordar un acontecimiento histórico que pudo haber significado la definitiva superación del atraso que venía arrastrando nuestro país durante siglos; sino que es una oportunidad para valorar su vigencia y su necesidad.

Aquel día, tras el triunfo de las candidaturas republicanas en las elecciones municipales, el rey Alfonso XII salió camino del exilio. Era consciente de la precariedad y de la debilidad en la que había quedado y entendió que abandonar el poder era la única salida. La II República era una realidad.

La II República no tuvo un recorrido fácil. Desde su proclamación quedaron claras no ya las dificultades a las que tendría que enfrentarse, sino sobre todo, sus enemigos. Estos eran los poderes que intentaron, por todos los medios, hacer fracasar esa esperanza. Pero no fueron solo enemigos externos sino también internos, que se evidenciaron en forma de enfrentamientos y diferencias que la debilitaron. Pronto quedó patente que en España a cualquier posibilidad de cambio sale a su encuentro la obsesión por mantener los privilegios y los principios eternos desde los que algunos creen que solo se puede construir un país. Al igual que ocurriera en otras ocasiones, a los aires nuevos respondieron con la defensa de esas “cadenas” que reivindicaban los seguidores de Fernando VII, para defender el más rancio absolutismo frente a los aires renovadores de los liberales de principios del siglo XIX.

La II República había sido posible, entre otros muchos factores, gracias al impulso de un grupo de políticos e intelectuales que durante décadas había venido denunciando las deficiencias y las limitaciones del sistema monárquico de la Restauración. Las sucesivas crisis económicas, sociales y políticas dejaban ver que el sistema de turno de partidos de inspiración canovista no era más que un intento de mantener el poder en manos de dos partidos que se intercambiaban el poder gracias a un sistema electoral amañado con el único objetivo de que nada cambiase. En este sentido, guarda demasiados paralelismos con el bipartidismo implantado en las décadas que llevamos de democracia tras la muerte de Franco. Para mantener ese sistema solo era necesario mantener una tupida red de intereses al frente de la cual estaba el cacique, que garantizaba que se cumpliesen los pronósticos manipulando la voluntad de los ciudadanos con derecho a voto. Ese señor, que como cantara el poeta “augura que volverán los liberales/ cual torna la cigüeña al campanario”

Estos hombres y algunas mujeres articularon una alternativa que pasaba por la instauración del sistema republicano que trajese a España todo aquello que el conservadurismo -con el apoyo del ejército, el poder económico y la Iglesia- había negado al país y que lo había condenado a un atraso muy importante con respecto a otros países europeos. Desde distintas posturas políticas soñaban con un país nuevo. La manifestación de ese sueño fue la formación de los primeros gobiernos republicanos y la redacción, no sin dificultades, de la Constitución de 1931. Una constitución que recogía en su articulado principios que más tarde serían recuperados por la Constitución de 1978.

Testimonio de aquella esperanza es, además de la imagen de la Puerta del Sol de Madrid, desde entonces icono del triunfo de la República, la del mismísimo Antonio Machado, acompañado de otros viejos republicanos, izando la bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento de Segovia. El mismo poeta, año más tarde, recordará, en su libro Juan de Mairena, con emoción aquel momento:

Aquellas horas, Dios mío, tejidas todas ellas con el hilo de la esperanza, cuando unos pocos viejos republicanos izamos la bandera tricolor en el Ayuntamiento de Segovia. Recordemos, acerquemos otra vez aquellas horas a nuestro corazón. Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros, la primavera traía a nuestra República de la mano”

La esperanza de la república no era otra que la esperanza de recoger el fruto de la siembra anterior. De la siembra, si acaso elitista, de un grupo de pensadores e intelectuales al calor de las ideas y del impulso de la Institución Libre de Enseñanza. Entre otros hay que recordar a hombres como Julián Besteiro, Fernando de los Ríos, el propio Machado, etc… A pesar de las reticencias y de la oposición de algunos de los principios recogidos en la Constitución de 1931 respecto a las ideas de la Institución es evidente que una buena parte de los políticos y personajes más destacados de los primeros tiempos de la II República habían estado directamente relacionados con la misma. Por fin parecía que en España fructicaba algo nuevo, que nos acercaba a una modernidad tantas veces negada.


La nueva república echa a andar y a dar sus primeros frutos. Después de duros debates, el Parlamento aprueba en 1931 del sufragio universal. Esta conquista para las mujeres se alcanza tras el apasionado debate entre dos mujeres: Clara Campoamor y Victoria Kent. La primera defensora del derecho al voto de las mujeres y la segunda, junto a otras mujeres socialistas o anarquistas que veían en ello un riesgo para la propia República. Otros avances como la aprobación de la ley del Divorcio, la separación Iglesia-Estado, la libertad de prensa, de asociación, de opinión, etc. Pero sin duda, el primer gran acierto de esta primera etapa de la II República fue la reforma de la educación. En el programa de reformas republicano la mejora de la educación era una prioridad que quedó de manifiesto en la creación de escuelas, la extensión de la educación a las zonas rurales, la mejora en la formación de los maestros y maestras, el impulso a la alfabetización, las Misiones Pedagógicas, etc.



Pero todo no sería tan fácil. Los enemigos no se quedaron de brazos cruzados. Casi desde su proclamación, la II República comenzó a tener múltiples problemas que acabarán por convertirla en el territorio abonado para el enfrentamiento más allá de la disputa que en un sistema democrático no solo es legítimo, sino hasta saludable. No es mi intención en este momento buscar y analizar las causas que llevaron al fracaso de la república. Me gustaría, por el contrario, mirar hacia el futuro, proyectar la experiencia de lo que supuso ese momento histórico con el momento actual y contemplar la república, en este caso la III República, como otra esperanza en la actual situación política y social.
Porque hoy es posible y necesaria otra experiencia como la de aquel 14 de abril de 1931. Hoy es necesario, en la actual situación de crisis, que la sociedad española alcance la mayoría de edad política y se le permita manifestar libremente su posición frente al dilema monarquía/ república.

Y es preciso ahora porque estamos viviendo una situación también convulsa. Una situación en la que los valores de la democracia -más bien formal- se tambalean como consecuencia de una crisis que nos han vendido como una crisis económica y que es, realmente, mucho más que eso. Vivimos una crisis del propio sistema. Una crisis en la que los derechos de los ciudadanos están siendo puestos en cuestión, cuando no bruscamente lapidados. Vivimos una democracia que está manifestando sus debilidades. Debilidades muchas de ellas que vienen de la manera en que nació en 1978, bajo la amenaza constante de los fusiles de un ejército que velaba para que aquello de “todo atado y bien atado” no fuese una simple ocurrencia del dictador sino una realidad. Porque solo los más obtusos siguen negando que la actual democracia nació condicionada por cuarenta años de dictadura, de terror y de miedo. Una democracia que nació con la imposición de un Jefe del Estado nombrado por Franco. Fue una transición, tantas veces bendecida y alabada, que tuvo la virtud y el acierto de enterrar a una dictadura, pero que para que ese entierro fuese posible fueron necesarias demasiadas renuncias, y casi todas por parte de los mismos. Fueron sacrificadas reivindicaciones históricas en aras de la democracia, de la estabilidad, de la paz, de alejar la posibilidad de una nueva guerra civil. Y a cambio de todo eso, silencio.

Por eso aquella pregunta que se le debió hacer al pueblo español en aquel momento es pertinente ahora. Por eso, ese dilema entre monarquía o república es una disyuntiva que no debería asustar a nadie, ni levantar viejos fantasmas hoy superados. Creo que es una pregunta pertinente no porque quiera recuperar ni banderas ni ideas del pasado, sino porque pienso que los valores que movieron a aquellos hombres y mujeres son perfectamente válidos para los de hoy en día. Porque república es sinónimo de democracia con mayúsculas. No concibo la democracia bajo otro sistema que no sea ese, donde absolutamente todas las autoridades del Estado sean elegidas democráticamente por los ciudadanos a través del sufragio universal. República y democracia son sinónimos porque todos los ciudadanos tenemos los mismos derechos y obligaciones independientemente de nuestro origen, nuestro apellido o la historia de nuestra familia.

Pero también porque ahora, aprendiendo de los errores de todo este tiempo, debemos afrontar una serie de cambios que hagan que nuestra democracia sea real y verdadera. Una democracia en la que se consagre el principio de un hombre un voto. Una democracia en la que los ciudadanos no veamos que día tras día las grandes decisiones que nos afectan a todos sean tomadas por personas que no han sido elegidas por las urnas y que no representan, por tanto, la voluntad de los pueblos. Una democracia en la que se garanticen de manera efectiva los derechos básicos de trabajo,
vivienda, educación, sanidad universal por encima del pago de la deuda. Una democracia que afronte el respeto a la diversidad de los pueblos y sus culturas; que consolide los derechos civiles, que garantice que la riqueza del país está al servicio de todos, que respete el Derecho Internacional, etc.... Todos estos principios, están recogidos en nuestra Constitución, pero muchos de ellos no son más que simples palabras y no realidades.

Estos principios básicos deberían servir para superar esta situación de crisis no solo económica, sino de valores. Una situación que nos ha traído unos niveles de corrupción insoportables, que está haciendo que muchos ciudadanos pierden la ilusión y la esperanza.

En este sentido, hay que tener muy claro que un sistema republicano no es patrimonio de ninguna ideología. Bien es cierto que la reivindicación de la república ha sido una bandera tradicional de la izquierda española porque fue a quien, en definitiva, le fue arrancada a partir del golpe de estado de julio del 36 y la posterior guerra civil. Pero república y los valores republicanos no son patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha. Son patrimonio de una sociedad que quiera avanzar y profundizar en la democracia a través del sistema político que mejor la representa.

Ojalá que algún día -más pronto que tarde- podamos izar de nuevo en los balcones la bandera de la República. Ya sea la tricolor o del color que sea, pues las banderas son lo de menos. Ojalá podamos izarla y recordar aquellas palabras del poeta, recordando la llegada de una nueva primavera, una nueva luz y una esperanza nueva.


SALUD Y REPÚBLICA

domingo, 14 de febrero de 2016

La política como espectáculo.




"La frivolidad consiste en tener una tabla de valores
invertida o desequilibrada en la que la forma importa
más que el contenido, la apariencia más que la esencia
y en la que el gesto y el desplante -la representación-
hacen las veces de sentimientos e ideas”

María Vargas Llosa

La civilización del espéctaculo.

El medio es el mensaje”
Marshal Mc Luhan



Que todo está cambiando a una velocidad de vértigo gracias a las nuevas tecnologías de la información (TIC) es una obviedad. En este proceso de cambio observamos que lo que durante décadas ha funcionado tiene que adaptarse a una nueva realidad; otras, simplemente, caminan hacia la desaparición o a convertirse en algo testimonial.

Entre los cambios en los que estamos inmersos, hay que destacar los que se están produciendo en la manera en la que se informa de cualquier hecho, pero de una manera muy especial, en la forma en que se transmite la información política. Este proceso se había iniciado mucho antes; concretamente, con el nacimiento de la televisión. Desde su nacimiento, ésta se había convertido en el gran escaparate desde el que la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas accede a la información. Y teniendo en cuenta que el medio televisivo se basa en la imagen y en las particularidades de su lenguaje tan específico, el fin último no es tanto la reflexión sino más bien el espectáculo. La transmisión de la información en la televisión está basada en la imagen que es recibida por el espectador de forma pasiva, sin que precise un esfuerzo como el necesario para, por ejemplo, la lectura. Igualmente, la imagen, con su carácter vicario, seleccionada previamente, es también más fácil de manipular y, por tanto, de alcanzar su fin último.


Paulatinamente, el debate político ha dejado de producirse exclusivamente en medios como la prensa o la radio, para convertirse en una baza cada vez más importante de las programaciones de algunos canales de televisión. Sin embargo, algo que en un principio debería ser algo positivo se ha transmutado, en muy poco tiempo, en un motivo de preocupación tanto por las formas como por la profundidad de los debates que se producen en la mayoría de los programas, o al menos en los más vistos. En este sentido, tras un modelo de información y debate político que busca la lógica pluralidad y la objetividad, en lo que ha derivado ha sido en un espectáculo más, y, en demasiadas ocasiones, de una vulgaridad más propia de otros programas que, sin rubor alguno, se tachan de telebasura.

En el contexto de una movilización social que surgió en nuestro país a partir de las consecuencias de la crisis y de movimientos sociales como el 15-M muchos canales de televisión vieron en esta nueva situación un indudable filón. La preocupación por los problemas sociales se había disparado. La presencia de algo tan poco habitual hasta entonces en una televisión como un economista se convirtió en un momento de máxima audiencia. Y así, poco a poco, los canales privados fueron sustituyendo los programas que copaban la noche de los sábados por programas de debate político que se prolongan hasta altas horas de la madrugada. Sin embargo, desde su origen, con el pretexto de la necesidad de utilizar un lenguaje televisivo, más ágil y dinámico, los platós se tornaron en circos, que han sustituido el debate surgido durante aquellas semanas en las plazas de las grandes ciudades españolas. Y así, en muy poco tiempo, aquellas asambleas y las discusiones que tanta ilusión y tanta esperanza levantaron en una sociedad hasta entonces demasiado adormecida, fueron sustituidos por el enfrentamiento, muchas veces barriobajero, entre políticos y periodistas que miden sus fuerzas con el grito, el insulto y mensajes trazados con brocha gorda que impiden al espectador conocer otros argumentos que no sean los de los argumentarios diseñados por los partidos políticos y transmitidos en directo a través de los dispositivos de los que no se separan en ningún momento.

Y este modelo está pensado para obtener audiencia. No debemos engañarnos. Está demostrado que a mayor nivel de ruido, de grito, de insulto – otra razón no explica la presencia de Eduardo Inda-, y de descalificación mayor es el nivel de audiencia. Y, en última instancia, los canales de televisión lo que buscan es eso: mejorar sus audiencia y sus ingresos por publicidad. Además de, lógicamente, plantear un equilibrio que refleje la línea ideológica que defienden como empresas. Sin ir más lejos, la presencia de un personaje como Marhuenda en los programas de La Sexta va más allá su “finura intelectual” y su capacidad de defensa de las tesis y políticas del PP, y responde a la cuota de representación de la ideología que, en última instancia, defiende el grupo Planeta, accionista mayoritario de La Sexta, para algunos paradigma de la televisón progresista de nuestro país. En este sentido, simplemente habría que preguntarse si en el periodismo español no hay ejemplos de periodistas conservadores de una finura intelectual y de una capacidad mucho mayor que el director de La Razón. Evidentemente que los hay, sin embargo, los vasos comunicantes entre La Razón y La Sexta no son otros que la pertenencia al mismo grupo de comunicación, liderado por Planeta. Y eso, el espectador muchas veces o no lo sabe o no lo tiene en cuenta para entender el formato, el tono y las personas que intervienen en esas tertulias o debates.

Este tipo de debate en el que prima espectáculo, el griterio frente al argumento sosegado, a la confrontación de ideas y de argumentos ha triunfado en una sociedad que exige este tipo de mensajes. Mensajes breves, superficiales -cuya máxima representación son los 140 caracteres de un tuit- dirigidos a lo emocional. Atrás quedan otros modelos, más aburridos, por supuesto, pero imprescindibles si lo que se pretende es formar una conciencia crítica y una formación política más consciente. No es que quiera convertirme en un nostálgico, pero no haría falta ahora mismo en nuestro país un debate como La Clave como espacio de diálogo y discusión. En este sentido, la televisión pública tampoco ejerce su labor. Se ha entragado a un modelo de televisión que es una copia de los modelos de las televisiones privadas con las que quiere competir por la audiencia.

Así pues, una vez más podemos ver como tras una ilusión lo que nos encontramos es con un nuevo fracaso. Cuando la sociedad parecía despertar de su letargo y de su indiferencia, cuando millones de personas estaban sedientos de información y de opiniones, cuando necesitan ver reflejadas sus preocupaciones en los medios de comunicación; lo que se han encontrado ha sido en medio de un espectáculo que los ha arrastrado hacia la mediocridad, hacia una realidad impostada que disfraza de debate lo que en realidad es puro juego. Y en ello, los responsables no solo son los medios de comunicación y los periodistas. Una parte de culpa muy importante la tienen los políticos que han visto en este tipo de programas una posibilidad de seguir transmitiendo más que ideas y argumentos simple propaganda. Han visto una posibilidad no de enriquecer a la sociedad sino de aprovechar estas plataformas con fines partidista, en los que el único objetivo ha sido arañar votos.