"La
frivolidad consiste en tener una tabla de valores
invertida
o desequilibrada en la que la forma importa
más que
el contenido, la apariencia más que la esencia
y en la
que el gesto y el desplante -la representación-
hacen
las veces de sentimientos e ideas”
María
Vargas Llosa
“El
medio es el mensaje”
Marshal
Mc Luhan
Que todo está cambiando
a una velocidad de vértigo gracias a las nuevas tecnologías de la
información (TIC) es una obviedad. En este proceso de cambio
observamos que lo que durante décadas ha funcionado tiene que
adaptarse a una nueva realidad; otras, simplemente, caminan hacia la
desaparición o a convertirse en algo testimonial.
Entre los cambios en los
que estamos inmersos, hay que destacar los que se están produciendo
en la manera en la que se informa de cualquier hecho, pero de una
manera muy especial, en la forma en que se transmite la información
política. Este proceso se había iniciado mucho antes;
concretamente, con el nacimiento de la televisión. Desde su
nacimiento, ésta se había convertido en el gran escaparate desde el
que la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas accede a la
información. Y teniendo en cuenta que el medio televisivo se basa en
la imagen y en las particularidades de su lenguaje tan específico,
el fin último no es tanto la reflexión sino más bien el
espectáculo. La transmisión de la información en la televisión
está basada en la imagen que es recibida por el espectador de forma
pasiva, sin que precise un esfuerzo como el necesario para, por
ejemplo, la lectura. Igualmente, la imagen, con su carácter vicario,
seleccionada previamente, es también más fácil de manipular y,
por tanto, de alcanzar su fin último.
Paulatinamente, el debate
político ha dejado de producirse exclusivamente en medios como la
prensa o la radio, para convertirse en una baza cada vez más
importante de las programaciones de algunos canales de televisión.
Sin embargo, algo que en un principio debería ser algo positivo se
ha transmutado, en muy poco tiempo, en un motivo de preocupación
tanto por las formas como por la profundidad de los debates que se
producen en la mayoría de los programas, o al menos en los más
vistos. En este sentido, tras un modelo de información y debate
político que busca la lógica pluralidad y la objetividad, en lo que
ha derivado ha sido en un espectáculo más, y, en demasiadas
ocasiones, de una vulgaridad más propia de otros programas que, sin
rubor alguno, se tachan de telebasura.
En el
contexto de una movilización social que surgió en nuestro país a
partir de las consecuencias de la crisis y de movimientos sociales
como el 15-M muchos canales de televisión vieron en esta nueva
situación un indudable filón. La preocupación por los problemas
sociales se había disparado. La presencia de algo tan poco habitual
hasta entonces en una televisión como un economista se convirtió
en un momento de máxima audiencia. Y así, poco a poco, los canales
privados fueron sustituyendo los programas que copaban la noche de
los sábados por programas de debate político que se prolongan hasta
altas horas de la madrugada. Sin embargo, desde su origen, con el
pretexto de la necesidad de utilizar un lenguaje televisivo, más
ágil y dinámico, los platós se tornaron en circos, que
han sustituido el debate surgido durante aquellas semanas en las
plazas de las grandes ciudades españolas. Y así, en muy poco
tiempo, aquellas asambleas y las discusiones que tanta ilusión y
tanta esperanza levantaron en una sociedad hasta entonces demasiado
adormecida, fueron sustituidos por el enfrentamiento, muchas veces
barriobajero, entre políticos y periodistas que miden sus fuerzas
con el grito, el insulto y mensajes trazados con brocha gorda
que impiden al espectador conocer otros argumentos que no sean los
de los argumentarios diseñados por los partidos políticos y
transmitidos en directo a través de los dispositivos de los que no
se separan en ningún momento.
Y
este modelo está pensado para obtener audiencia. No debemos
engañarnos. Está demostrado que a mayor nivel de ruido, de grito,
de insulto – otra razón no explica la presencia de Eduardo Inda-,
y de descalificación mayor es el nivel de audiencia. Y, en última
instancia, los canales de televisión lo que buscan es eso: mejorar
sus audiencia y sus ingresos por publicidad. Además de,
lógicamente, plantear un equilibrio que refleje la línea ideológica
que defienden como empresas. Sin ir más lejos, la presencia de un
personaje como Marhuenda en los programas de La Sexta va más allá
su “finura intelectual” y su capacidad de defensa de las tesis y
políticas del PP, y responde a la cuota de representación de la
ideología que, en última instancia, defiende el grupo Planeta,
accionista mayoritario de La Sexta, para algunos paradigma de la
televisón progresista de nuestro país. En este sentido, simplemente
habría que preguntarse si en el periodismo español no hay ejemplos
de periodistas conservadores de una finura intelectual y de una
capacidad mucho mayor que el director de La Razón. Evidentemente que
los hay, sin embargo, los vasos comunicantes entre La Razón y La
Sexta no son otros que la pertenencia al mismo grupo de comunicación,
liderado por Planeta. Y eso, el espectador muchas veces o no lo sabe
o no lo tiene en cuenta para entender el formato, el tono y las
personas que intervienen en esas tertulias o debates.
Este
tipo de debate en el que prima espectáculo, el griterio frente al
argumento sosegado, a la confrontación de ideas y de argumentos ha
triunfado en una sociedad que exige este tipo de mensajes. Mensajes
breves, superficiales -cuya máxima representación son los 140
caracteres de un tuit- dirigidos a lo emocional. Atrás quedan otros
modelos, más aburridos, por supuesto, pero imprescindibles si lo que
se pretende es formar una conciencia crítica y una formación
política más consciente. No es que quiera convertirme en un
nostálgico, pero no haría falta ahora mismo en nuestro país un
debate como La Clave como espacio de diálogo y discusión. En
este sentido, la televisión pública tampoco ejerce su labor. Se ha
entragado a un modelo de televisión que es una copia de los modelos
de las televisiones privadas con las que quiere competir por la
audiencia.
Así
pues, una vez más podemos ver como tras una ilusión lo que nos
encontramos es con un nuevo fracaso. Cuando la sociedad parecía
despertar de su letargo y de su indiferencia, cuando millones de
personas estaban sedientos de información y de opiniones, cuando
necesitan ver reflejadas sus preocupaciones en los medios de
comunicación; lo que se han encontrado ha sido en medio de un
espectáculo que los ha arrastrado hacia la mediocridad, hacia una
realidad impostada que disfraza de debate lo que en realidad es puro
juego. Y en ello, los responsables no solo son los medios de
comunicación y los periodistas. Una parte de culpa muy importante la
tienen los políticos que han visto en este tipo de programas una
posibilidad de seguir transmitiendo más que ideas y argumentos
simple propaganda. Han visto una posibilidad no de enriquecer a la
sociedad sino de aprovechar estas plataformas con fines partidista,
en los que el único objetivo ha sido arañar votos.