domingo, 14 de febrero de 2016

La política como espectáculo.




"La frivolidad consiste en tener una tabla de valores
invertida o desequilibrada en la que la forma importa
más que el contenido, la apariencia más que la esencia
y en la que el gesto y el desplante -la representación-
hacen las veces de sentimientos e ideas”

María Vargas Llosa

La civilización del espéctaculo.

El medio es el mensaje”
Marshal Mc Luhan



Que todo está cambiando a una velocidad de vértigo gracias a las nuevas tecnologías de la información (TIC) es una obviedad. En este proceso de cambio observamos que lo que durante décadas ha funcionado tiene que adaptarse a una nueva realidad; otras, simplemente, caminan hacia la desaparición o a convertirse en algo testimonial.

Entre los cambios en los que estamos inmersos, hay que destacar los que se están produciendo en la manera en la que se informa de cualquier hecho, pero de una manera muy especial, en la forma en que se transmite la información política. Este proceso se había iniciado mucho antes; concretamente, con el nacimiento de la televisión. Desde su nacimiento, ésta se había convertido en el gran escaparate desde el que la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas accede a la información. Y teniendo en cuenta que el medio televisivo se basa en la imagen y en las particularidades de su lenguaje tan específico, el fin último no es tanto la reflexión sino más bien el espectáculo. La transmisión de la información en la televisión está basada en la imagen que es recibida por el espectador de forma pasiva, sin que precise un esfuerzo como el necesario para, por ejemplo, la lectura. Igualmente, la imagen, con su carácter vicario, seleccionada previamente, es también más fácil de manipular y, por tanto, de alcanzar su fin último.


Paulatinamente, el debate político ha dejado de producirse exclusivamente en medios como la prensa o la radio, para convertirse en una baza cada vez más importante de las programaciones de algunos canales de televisión. Sin embargo, algo que en un principio debería ser algo positivo se ha transmutado, en muy poco tiempo, en un motivo de preocupación tanto por las formas como por la profundidad de los debates que se producen en la mayoría de los programas, o al menos en los más vistos. En este sentido, tras un modelo de información y debate político que busca la lógica pluralidad y la objetividad, en lo que ha derivado ha sido en un espectáculo más, y, en demasiadas ocasiones, de una vulgaridad más propia de otros programas que, sin rubor alguno, se tachan de telebasura.

En el contexto de una movilización social que surgió en nuestro país a partir de las consecuencias de la crisis y de movimientos sociales como el 15-M muchos canales de televisión vieron en esta nueva situación un indudable filón. La preocupación por los problemas sociales se había disparado. La presencia de algo tan poco habitual hasta entonces en una televisión como un economista se convirtió en un momento de máxima audiencia. Y así, poco a poco, los canales privados fueron sustituyendo los programas que copaban la noche de los sábados por programas de debate político que se prolongan hasta altas horas de la madrugada. Sin embargo, desde su origen, con el pretexto de la necesidad de utilizar un lenguaje televisivo, más ágil y dinámico, los platós se tornaron en circos, que han sustituido el debate surgido durante aquellas semanas en las plazas de las grandes ciudades españolas. Y así, en muy poco tiempo, aquellas asambleas y las discusiones que tanta ilusión y tanta esperanza levantaron en una sociedad hasta entonces demasiado adormecida, fueron sustituidos por el enfrentamiento, muchas veces barriobajero, entre políticos y periodistas que miden sus fuerzas con el grito, el insulto y mensajes trazados con brocha gorda que impiden al espectador conocer otros argumentos que no sean los de los argumentarios diseñados por los partidos políticos y transmitidos en directo a través de los dispositivos de los que no se separan en ningún momento.

Y este modelo está pensado para obtener audiencia. No debemos engañarnos. Está demostrado que a mayor nivel de ruido, de grito, de insulto – otra razón no explica la presencia de Eduardo Inda-, y de descalificación mayor es el nivel de audiencia. Y, en última instancia, los canales de televisión lo que buscan es eso: mejorar sus audiencia y sus ingresos por publicidad. Además de, lógicamente, plantear un equilibrio que refleje la línea ideológica que defienden como empresas. Sin ir más lejos, la presencia de un personaje como Marhuenda en los programas de La Sexta va más allá su “finura intelectual” y su capacidad de defensa de las tesis y políticas del PP, y responde a la cuota de representación de la ideología que, en última instancia, defiende el grupo Planeta, accionista mayoritario de La Sexta, para algunos paradigma de la televisón progresista de nuestro país. En este sentido, simplemente habría que preguntarse si en el periodismo español no hay ejemplos de periodistas conservadores de una finura intelectual y de una capacidad mucho mayor que el director de La Razón. Evidentemente que los hay, sin embargo, los vasos comunicantes entre La Razón y La Sexta no son otros que la pertenencia al mismo grupo de comunicación, liderado por Planeta. Y eso, el espectador muchas veces o no lo sabe o no lo tiene en cuenta para entender el formato, el tono y las personas que intervienen en esas tertulias o debates.

Este tipo de debate en el que prima espectáculo, el griterio frente al argumento sosegado, a la confrontación de ideas y de argumentos ha triunfado en una sociedad que exige este tipo de mensajes. Mensajes breves, superficiales -cuya máxima representación son los 140 caracteres de un tuit- dirigidos a lo emocional. Atrás quedan otros modelos, más aburridos, por supuesto, pero imprescindibles si lo que se pretende es formar una conciencia crítica y una formación política más consciente. No es que quiera convertirme en un nostálgico, pero no haría falta ahora mismo en nuestro país un debate como La Clave como espacio de diálogo y discusión. En este sentido, la televisión pública tampoco ejerce su labor. Se ha entragado a un modelo de televisión que es una copia de los modelos de las televisiones privadas con las que quiere competir por la audiencia.

Así pues, una vez más podemos ver como tras una ilusión lo que nos encontramos es con un nuevo fracaso. Cuando la sociedad parecía despertar de su letargo y de su indiferencia, cuando millones de personas estaban sedientos de información y de opiniones, cuando necesitan ver reflejadas sus preocupaciones en los medios de comunicación; lo que se han encontrado ha sido en medio de un espectáculo que los ha arrastrado hacia la mediocridad, hacia una realidad impostada que disfraza de debate lo que en realidad es puro juego. Y en ello, los responsables no solo son los medios de comunicación y los periodistas. Una parte de culpa muy importante la tienen los políticos que han visto en este tipo de programas una posibilidad de seguir transmitiendo más que ideas y argumentos simple propaganda. Han visto una posibilidad no de enriquecer a la sociedad sino de aprovechar estas plataformas con fines partidista, en los que el único objetivo ha sido arañar votos.