jueves, 4 de diciembre de 2014

35 AÑOS, DOS MESES Y 24 DÍAS


Volvamos al Día de Andalucía del año 77,

y completemos lo inacabado.

Salgamos de nuevo a las calles

de nuestra tierra para gritar

lo que no pudo salir de tu garganta:

Que somos un pueblo que respira libertad”




Antonio Banderas.

Fragmento del discurso

con motivo del nombramiento

de Hijo Predilecto de Andalucía

a título póstumo de García Caparrós.



No es una condena impuesta por un juez a ningún acusado por un delito de corrupción o de blanqueo de capitales. Tampoco es la pena a la que serán condenados los que con su irresponsabilidad han causado esta crisis financiera que estamos sufriendo, y pagando todos. Ni siquiera los dos meses y 24 días se refieren al tiempo que pasarán en la cárcel aquellos que han acumulado millones de euros en una cuenta en Suiza.



No, ni mucho menos. Este tiempo es el que tuvo que transcurrir para que la memoria de un joven malagueño, Manuel José García Caparrós, asesinado durante la manifestación del 4 de diciembre de 1977 en Málaga, fuese reconocida oficial y solemnemente por el Gobierno de la Junta de Andalucía. Hemos tenido que esperar que un gobierno en el que participa Izquierda Unida haya impulsado un reconocimiento que salda una deuda que tenía Andalucía con su historia y con este joven.



Durante más de treinta y cinco años, la memoria de Caparrós ha permanecido viva en el corazón de muchos malagueños y andaluces que son conscientes de que la memoria oficial va por un lado y la verdadera memoria histórica, por otro. Caparrós es uno de los muchos casos sobre los que se han echado demasiadas capas de olvido en aras de no sabemos qué reconciliación.



Este joven malagueño, trabajador en una fábrica de cervezas y militante del PCE y CCOO cometió el gravísimo delito de salir aquel día a reivindicar junto a otros 200.000 malagueños el derecho que tenía el pueblo andaluz a decidir su futuro. Un futuro que pasaba por instaurar un sistema plenamente democrático y un estatuto de autonomía que reconociera nuestra identidad histórica.



Sin embargo, ese ansia de libertad chocó con lo más cerril de la derecha malagueña. Chocó con el empecinamiento de quienes no estaban dispuestos a perder el poder que habían ejercido durante décadas. Personas que arropadas por algunos sectores del poder pretendían condenar a nuestro pueblo a más años de dictadura y de imposición. Una Málaga que, como definió el periodista Juan de Dios Mellado se había convertido en: “refugio y solaz de quienes hicieron enormes fortunas a la sombra del franquismo” y que la noche anterior habían caldeado suficientemente el ambiente con la acción de grupos como FAE (Frente Anticomunista Español) los Guerrilleros de Cristo Rey y Fuerza Nueva. Una Málaga, cuya Diputación Provincial estaba presidida por Francisco Cabeza, que llegó al poder gracias a la influencia de personajes del régimen como Girón de Velasco y Utrera Molina (quizá les suene porque de nuevo su pasado franquista está siendo investigado no en España sino en Argentina y por los vínculos familiares con el anterior ministro Gallardón)



García Caparrós cometió el delito de participar en esa manifestación que se dividió en dos tras una carga feroz de la Policía Armada. Comete el delito de huir de los golpes, botes de humo y disparos que se hicieron junto al Puente de Tetuán. Y allí cayó muerto. Allí cayeron las ilusiones de un joven que luchaba por mejorar su vida y la de su pueblo.  En aquella esquina se rompieron los sueños que eran los sueños de millones de andaluces que, después de vivir décadas de dictadura, soñaban con una Andalucía libre.



El crimen quedó impune. La investigación judicial fue tan precaria y tan interesada en ocultar la verdad de lo ocurrido que, seguramente, jamás se podrá saber lo que realmente sucedió aquel día. La justicia, como en tantos otros casos, cubrirá con el olvido y la impunidad un crimen más que añadir a esa historia infame.



Durante todos estos años se ha intentando, sin éxito, reconocer una y otra vez, la memoria de este joven. Sólo algunos, junto a su familia, han procurado mantenerla viva por encima de cualquier cosa, por encima de los herederos de aquella extrema derecha que ha vilipendiado su recuerdo. Molesta esa placa en aquella esquina y así lo han demostrado los nostálgicos del franquismo, los hijos y nietos de aquellos que en esos días sembraron el terror en las calles de la ciudad. Molesta porque es el recuerdo y el testimonio de quien representa una lucha que, pese al paso del tiempo y la apatía de la sociedad actual, sigue viva y más necesaria que nunca. Muchos dirán hoy que no es tiempo de reabrir heridas, que es tiempo de olvidar y mirar hacia el futuro. Sin embargo, es más preciso que nunca mirar hacia atrás para reconocer, ahora que de nuevo nos la estamos jugando, la memoria de Caparrós.



Hace algunos años una copla de carnaval retrató aquellos días, y le rindió homenaje. Lo que no consiguieron ni algunos libros que se escribieron, ni los artículos de prensa lo consiguieron estos versos que de forma clara recuerdan aquel 4 de diciembre, fecha que debería haber sido, el auténtico Día de Andalucía.





Era un cuatro de diciembre
cuando tomamos la calle
era un cuatro de diciembre
cuando dijimos que verde
y blanca era nuestra sangre. 

 Andaluces levantaos
desde el trigo hasta la mar
un cuatro de diciembre
luchamos por nuestra gente
España y la humanidad. 

Días de guerra, de fascistas en la acera
rezando a su dictador,
tarde de espanto,

Málaga entera llorando
mataron a Caparrós, Caparrós. 

Y las cadenas, cayeron nuestras cadenas
y bailaron las estrellas  suspiraron los abuelos
no había ya en el mundo entero
batallón que nos pudiera. 

Y las cadenas y el sudor de nuestra frente
to pa’ los terratenientes
pa’ que hicieran la faena. 

Rojos contra la pared,

Blas Infante por los muros
no al ciento cuarenta y tres
si al ciento cincuenta y uno
como se puede olvidar
veinte años de libertad, libres,

libres para siempre

que bonita Navidad

de aquel cuatro de diciembre