“En
la primavera, el ánade salvaje vuelve a su tierra para
las
nupcias. Nada ni nadie le podrá detener. Si le cortan
las
alas, irá a nado, si le cortan las patas, se impulsará
con
el pico como un remo en la corriente.
En el
otoño de mi vida yo debería ser un escéptico y,
en
cierta forma, lo soy. El lobo nunca dormirá en la misma cama con el
cordero.
Pero
de algo estoy seguro:
si
conseguimos que una generación, una sola generación,
crezca
libre en España, ya nadie nos podrá arrancar la libertad.
Nadie
les podrá robar ese tesoro.
Y
ahora ustedes, a volar”
Discurso
del maestro en
La
lengua de las mariposas es una
magnífica herramienta para conocer, a través del cine y la
literatura (en esta ocasión fusionados de manera magistral) un
pasaje de la historia de nuestro país que como definió Antonio
Machado fue una quimera; un deseo, un sueño que pudo haber sido,
pero que quedó en nada.
Ese sueño fue el sueño, entre otros personajes, de don Gregorio,
ese maestro de escuela que ya en su vejez intenta transmitir a sus
alumnos, con un espíritu nuevo no sólo conocimientos sino el ansía
de saber. Don Gregorio, interpretado por Fernando Fernán Gómez,
encarna a uno de esos muchos maestros republicanos que vivieron en
sus carnes, primero la ilusión y la esperanza de conseguir la
primera generación formada y educada en libertad; y que después
experimentaron la decepción por no poder alcanzar ese objetivo; y lo
que fue más dramático: sufrieron en sus carnes la persecución en
forma de cárcel, exilio, depuraciones o con su propia vida.
La historia de esa ilusión y de esa esperanza comenzó tiempo atrás.
Para entender ese proceso hay que detenerse en el impulso
modernizador y regeneracionista que supuso en la cultura española la
Institución Libre de Enseñanza a finales del siglo XIX y principios
del XX.
La Institución Libre de Enseñanza nació con la pretensión de
incorporar la educación española a las nuevas corrientes europeas.
Concretamente, el afán de Giner de los Ríos, Azcárate y Nicolás
Salmerón, fundadores de la misma, era trasladar el krausismo alemán
a nuestro país. Entre las finalidades de este movimiento estaba la
de alcanzar una educación a partir del principio de armonía,
integralidad y desarrollo gradual y equilibrado del individuo. En
este sentido, pensaban que la educación no era solo intelectual sino
física, artística y moral. Por ello, dieron especial importancia en
sus planes de estudios a la formación de gusto artístico y al
conocimiento y deleite de las bellas artes. Y sobre todo, una
educación que tenía siempre un fin moral, basado en el principio
krausista de la ética del deber. De ahí, su insistencia en formar
ciudadanos comprometidos con un ética civil.
Sus principios se sustentaban en un respeto a la verdad y a las
ideas, una moral natural y laica. La escuela debía ser aconfesional
y la enseñanza religiosa debía salir de los recintos escolares.
Otro principio fue el de la participación democrática de los
distintos sectores: alumnos, profesores, familia, sociedad civil,
Estado.
Estos principios se concretaron en un forma de enseñar en la que
primaba la actividad frente a la pasividad de los sistemas educativos
vigentes (basta recordar que los alumnos salen constantemente al
campo a observar la naturaleza). Para esta corriente pedagógica las
actividades prioritarias eran las de observación, la experimentación
(el maestro de la película esperaba desde hacía tiempo un
microscopio para trabajar con sus alumnos el conocimiento de los
insectos) la lectura, el manejo de las fuentes bibliográficas. En
definitiva, una enseñanza integral basada en un esquema que se
repetía desde los párvulos hasta la Universidad y en el que se
producía una paulatina incorporación de los conocimientos siempre
adaptados a lasa características de los alumnos.
La obra de su creador e impulsor Giner de los Ríos y de sus
discípulos después, fue el primer intento de alcanzar en nuestro
país una sociedad basada en una educación laica y al alcance de
todos. Su influencia es clarísima en muchas de los intelectuales y
escritores de la primera mitad de siglo. Entre ellos no podemos
olvidar el caso de Machado y otros miembros de las generaciones del
14 y del 27. Todos ellos se educaron bajo la influencia de la
Institución y reflejan en sus obras y en su pensamiento esos valores
que recibieron. Así, por ejemplo, lo reflejó Antonio Machado en el
poema que dedicó a la muerte del mismo Giner de los Ríos:
“Sed
buenos y no más, sed lo que he sido
entre
vosotros: alma.
Vivid,
la vida sigue,
los
muertos mueren y las sombras pasan;
lleva
quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques,
sonad; enmudeced, campanas!”
Con la llegada de la II República en abril de 1931 pareció que todo
ese proyecto se pondrían, definitivamente, en marcha. Y durante lo
que se conoce como el Primer Bienio la educación recibió un impulso
muy importante. Algunos datos así lo demuestran. A través del
Ministerio Instrucción Pública se diseñó un plan de Reformas
Educativa que contemplaba la creación de 27.000 nuevas escuelas, la
dignificación del salario de los maestros y profesores, la reforma
de los planes de estudio de Magisterio, la democratización de las
estructuras educativas a través de la participación de las familias
y la sociedad civil, la implantación del laicismo y la coeducación,
nuevas pedagogías activas, el uso de otras lenguas además del
castellano. Para poner en marcha todo este ambicioso plan se
incorporaron más de 21.000 maestros con lo que se aumentó la
plantilla total en más del 56%. Ahora bien, esto no quiere decir que
todo los maestros y profesores estuviesen entusiasmados con las
nuevas ideas. Los más entusiastas fueron todos aquellos que se
incorporaron a la carrera a través del Plan de Profesional de 1931.
Otra parte significativa se mantuvo indiferente bien por cuestiones
ideológicas, morales o por su propia formación.
Pero además de todos estos avances, la influencia de la ILE se puso
de manifiesto en la creación de algunos organismos que estuvieron a
la vanguardia de la formación y la cultura de aquellos tiempos.
Ejemplo de ello lo encontramos en la Junta de Ampliación de Estudios
e Investigaciones Científicas (embrión de lo que hoy es el CSIC)
Centro de Estudios Históricos, el Instituto de Reformas Sociales, el
Instituto-Escuela y, quizá las más conocida de todas, La Barraca,
una empresa cultural que tenía como objetivo llevar la cultura
(teatro, cine, literatura, pintura, bibliotecas) a los lugares más
remotos de la Península y la Residencia de Estudiantes, lugar en el
que coincidió la mayor parte de los intelectuales de la época y
cuyos representantes máximos están en los poetas de la Generación
del 27.
Pero todo eso, como decíamos al principio, se convirtió en un sueño
roto, frustrado. La fuerza y el deseo de cambio se encontraron de
frente con el rechazo de quienes habían ostentado siempre el poder,
que veían inquietos y alarmados por lo que podía significar todos
los cambios que la II Rep ública estaba suponiendo para la
modernización del país. La República vino con un proyecto de
reformas que hicieron tambalearse los cimientos de un régimen que
había mantenido el poder en manos de una oligarquía económica, el
poder religioso y el ejército. En esa conjunción se había
perpetuado el poder a costa de la miseria y la desesperación de las
masas trabajadoras. A partir de ahí todo vino rodado: la
desestabilización del régimen, el boicot a todas las medidas y
reformas, y finalmente, el golpe de Estado de julio de 1936, la
guerra y la represión y persecución posteriores.
Y la represión se ensañó con los maestros y maestras que durante
todo ese tiempo se habían mostrada entusiasmados con los cambios,
que habían querido participar de todo lo que estos cambios suponían.
La escena final de la película así nos lo muestra. En ese paseo
trágico hacia una cuneta cualquiera no podía falta el maestro, don
Gregorio. De manera premonitoria ya nos lo había anunciado en una
escena anterior en la cara de odio con la que el cacique del pueblo,
Avelino, abandona el salón en el que el maestro es homenajeado y
pronuncia su discurso. Esa mirada encerraba el odio y el desprecio,
el desprecio de quien detenta el poder y así quiere manifestarlo; de
quien no perdonaría, seguro, que don Gregorio hubiese rechazado en
un acto de dignidad el regalo que le ofreció. Era la demostración
de alguien que no se plegaba ni a su poder ni a su dinero.
En ese paseo infernal por el que transitan todos los detenidos pasa
el maestro. La figura del maestro, en ese momento, se agranda de
manera definitiva. Su mirada se clava en la de todo el pueblo, en la
mirada de sus alumnos que lo observan y le insultan, incluso aquellos
que más cerca estuvieron de él. Su mirada, desconcertada, se fija
en la de Moncho, su alumno favorito, que no entiende nada y solo
escucha la insistencia de la madre para que lo insulte. Y junto a él,
su padre, ese hombre que asustado que llora mientras le grita “ateo”.
Ese paseo representa lo que fue la represión franquista, lo que
Manuel Rivas ha descrito de una manera muy gráfica al decir: “En
Galicia no hubo una guerra, hubo una carnicería humana”.
La película termina con la imagen del maestro y sus compañeros que
encima de un camión (ese camión que según describe Julián
Casanova en algunos pueblos denominaban eufemísticamente el
camión de la carne; se alejan hacia cualquier tapia de
cementerio o cualquier cuneta. En ese camión viajaban los sueños de
un tiempo nuevo, los sueños de un país democrático, más justo y
libre. Ese camión pudo ser el mismo que traslado a tantos miles de
hombres y mujeres anónimos, a otros cuyo nombre y fama trascendieron
para siempre. Una camión parecido al que trasladó al gran Federico,
acompañado de un maestro cojo y un banderillero.
Con ese infernal viaje el sueño se convirtió en esa larga victoria
de la que nos hablaba Fernán Gómez en su obra Las bicicletas son
para el verano; o en ese Tiempo de silencio que nos narró
Luis Martín Santos.


