jueves, 27 de noviembre de 2014

Un sueño frustrado


En la primavera, el ánade salvaje vuelve a su tierra para
las nupcias. Nada ni nadie le podrá detener. Si le cortan
las alas, irá a nado, si le cortan las patas, se impulsará
con el pico como un remo en la corriente.

En el otoño de mi vida yo debería ser un escéptico y,
en cierta forma, lo soy. El lobo nunca dormirá en la misma cama con el cordero.
Pero de algo estoy seguro:
si conseguimos que una generación, una sola generación,
crezca libre en España, ya nadie nos podrá arrancar la libertad.
Nadie les podrá robar ese tesoro.
Y ahora ustedes, a volar”

Discurso del maestro en
La lengua de las mariposas



La lengua de las mariposas es una magnífica herramienta para conocer, a través del cine y la literatura (en esta ocasión fusionados de manera magistral) un pasaje de la historia de nuestro país que como definió Antonio Machado fue una quimera; un deseo, un sueño que pudo haber sido, pero que quedó en nada.

Ese sueño fue el sueño, entre otros personajes, de don Gregorio, ese maestro de escuela que ya en su vejez intenta transmitir a sus alumnos, con un espíritu nuevo no sólo conocimientos sino el ansía de saber. Don Gregorio, interpretado por Fernando Fernán Gómez, encarna a uno de esos muchos maestros republicanos que vivieron en sus carnes, primero la ilusión y la esperanza de conseguir la primera generación formada y educada en libertad; y que después experimentaron la decepción por no poder alcanzar ese objetivo; y lo que fue más dramático: sufrieron en sus carnes la persecución en forma de cárcel, exilio, depuraciones o con su propia vida.

La historia de esa ilusión y de esa esperanza comenzó tiempo atrás. Para entender ese proceso hay que detenerse en el impulso modernizador y regeneracionista que supuso en la cultura española la Institución Libre de Enseñanza a finales del siglo XIX y principios del XX.

La Institución Libre de Enseñanza nació con la pretensión de incorporar la educación española a las nuevas corrientes europeas. Concretamente, el afán de Giner de los Ríos, Azcárate y Nicolás Salmerón, fundadores de la misma, era trasladar el krausismo alemán a nuestro país. Entre las finalidades de este movimiento estaba la de alcanzar una educación a partir del principio de armonía, integralidad y desarrollo gradual y equilibrado del individuo. En este sentido, pensaban que la educación no era solo intelectual sino física, artística y moral. Por ello, dieron especial importancia en sus planes de estudios a la formación de gusto artístico y al conocimiento y deleite de las bellas artes. Y sobre todo, una educación que tenía siempre un fin moral, basado en el principio krausista de la ética del deber. De ahí, su insistencia en formar ciudadanos comprometidos con un ética civil.

Sus principios se sustentaban en un respeto a la verdad y a las ideas, una moral natural y laica. La escuela debía ser aconfesional y la enseñanza religiosa debía salir de los recintos escolares. Otro principio fue el de la participación democrática de los distintos sectores: alumnos, profesores, familia, sociedad civil, Estado.

Estos principios se concretaron en un forma de enseñar en la que primaba la actividad frente a la pasividad de los sistemas educativos vigentes (basta recordar que los alumnos salen constantemente al campo a observar la naturaleza). Para esta corriente pedagógica las actividades prioritarias eran las de observación, la experimentación (el maestro de la película esperaba desde hacía tiempo un microscopio para trabajar con sus alumnos el conocimiento de los insectos) la lectura, el manejo de las fuentes bibliográficas. En definitiva, una enseñanza integral basada en un esquema que se repetía desde los párvulos hasta la Universidad y en el que se producía una paulatina incorporación de los conocimientos siempre adaptados a lasa características de los alumnos.

La obra de su creador e impulsor Giner de los Ríos y de sus discípulos después, fue el primer intento de alcanzar en nuestro país una sociedad basada en una educación laica y al alcance de todos. Su influencia es clarísima en muchas de los intelectuales y escritores de la primera mitad de siglo. Entre ellos no podemos olvidar el caso de Machado y otros miembros de las generaciones del 14 y del 27. Todos ellos se educaron bajo la influencia de la Institución y reflejan en sus obras y en su pensamiento esos valores que recibieron. Así, por ejemplo, lo reflejó Antonio Machado en el poema que dedicó a la muerte del mismo Giner de los Ríos:

Sed buenos y no más, sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid, la vida sigue,
los muertos mueren y las sombras pasan;
lleva quien deja y vive el que ha vivido.
¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!”

Con la llegada de la II República en abril de 1931 pareció que todo ese proyecto se pondrían, definitivamente, en marcha. Y durante lo que se conoce como el Primer Bienio la educación recibió un impulso muy importante. Algunos datos así lo demuestran. A través del Ministerio Instrucción Pública se diseñó un plan de Reformas Educativa que contemplaba la creación de 27.000 nuevas escuelas, la dignificación del salario de los maestros y profesores, la reforma de los planes de estudio de Magisterio, la democratización de las estructuras educativas a través de la participación de las familias y la sociedad civil, la implantación del laicismo y la coeducación, nuevas pedagogías activas, el uso de otras lenguas además del castellano. Para poner en marcha todo este ambicioso plan se incorporaron más de 21.000 maestros con lo que se aumentó la plantilla total en más del 56%. Ahora bien, esto no quiere decir que todo los maestros y profesores estuviesen entusiasmados con las nuevas ideas. Los más entusiastas fueron todos aquellos que se incorporaron a la carrera a través del Plan de Profesional de 1931. Otra parte significativa se mantuvo indiferente bien por cuestiones ideológicas, morales o por su propia formación.



Pero además de todos estos avances, la influencia de la ILE se puso de manifiesto en la creación de algunos organismos que estuvieron a la vanguardia de la formación y la cultura de aquellos tiempos. Ejemplo de ello lo encontramos en la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (embrión de lo que hoy es el CSIC) Centro de Estudios Históricos, el Instituto de Reformas Sociales, el Instituto-Escuela y, quizá las más conocida de todas, La Barraca, una empresa cultural que tenía como objetivo llevar la cultura (teatro, cine, literatura, pintura, bibliotecas) a los lugares más remotos de la Península y la Residencia de Estudiantes, lugar en el que coincidió la mayor parte de los intelectuales de la época y cuyos representantes máximos están en los poetas de la Generación del 27.
Pero todo eso, como decíamos al principio, se convirtió en un sueño roto, frustrado. La fuerza y el deseo de cambio se encontraron de frente con el rechazo de quienes habían ostentado siempre el poder, que veían inquietos y alarmados por lo que podía significar todos los cambios que la II Rep ública estaba suponiendo para la modernización del país. La República vino con un proyecto de reformas que hicieron tambalearse los cimientos de un régimen que había mantenido el poder en manos de una oligarquía económica, el poder religioso y el ejército. En esa conjunción se había perpetuado el poder a costa de la miseria y la desesperación de las masas trabajadoras. A partir de ahí todo vino rodado: la desestabilización del régimen, el boicot a todas las medidas y reformas, y finalmente, el golpe de Estado de julio de 1936, la guerra y la represión y persecución posteriores.

Y la represión se ensañó con los maestros y maestras que durante todo ese tiempo se habían mostrada entusiasmados con los cambios, que habían querido participar de todo lo que estos cambios suponían. La escena final de la película así nos lo muestra. En ese paseo trágico hacia una cuneta cualquiera no podía falta el maestro, don Gregorio. De manera premonitoria ya nos lo había anunciado en una escena anterior en la cara de odio con la que el cacique del pueblo, Avelino, abandona el salón en el que el maestro es homenajeado y pronuncia su discurso. Esa mirada encerraba el odio y el desprecio, el desprecio de quien detenta el poder y así quiere manifestarlo; de quien no perdonaría, seguro, que don Gregorio hubiese rechazado en un acto de dignidad el regalo que le ofreció. Era la demostración de alguien que no se plegaba ni a su poder ni a su dinero.

En ese paseo infernal por el que transitan todos los detenidos pasa el maestro. La figura del maestro, en ese momento, se agranda de manera definitiva. Su mirada se clava en la de todo el pueblo, en la mirada de sus alumnos que lo observan y le insultan, incluso aquellos que más cerca estuvieron de él. Su mirada, desconcertada, se fija en la de Moncho, su alumno favorito, que no entiende nada y solo escucha la insistencia de la madre para que lo insulte. Y junto a él, su padre, ese hombre que asustado que llora mientras le grita “ateo”. Ese paseo representa lo que fue la represión franquista, lo que Manuel Rivas ha descrito de una manera muy gráfica al decir: “En Galicia no hubo una guerra, hubo una carnicería humana”.


La película termina con la imagen del maestro y sus compañeros que encima de un camión (ese camión que según describe Julián Casanova en algunos pueblos denominaban eufemísticamente el camión de la carne; se alejan hacia cualquier tapia de cementerio o cualquier cuneta. En ese camión viajaban los sueños de un tiempo nuevo, los sueños de un país democrático, más justo y libre. Ese camión pudo ser el mismo que traslado a tantos miles de hombres y mujeres anónimos, a otros cuyo nombre y fama trascendieron para siempre. Una camión parecido al que trasladó al gran Federico, acompañado de un maestro cojo y un banderillero.

Con ese infernal viaje el sueño se convirtió en esa larga victoria de la que nos hablaba Fernán Gómez en su obra Las bicicletas son para el verano; o en ese Tiempo de silencio que nos narró Luis Martín Santos.