“Tantos testigos y mártires, tantos cristianos y
cristianas
que se parecen a Jesús,
dan para pensar sobre Jesús y
ayudan a pensar en Jesús”
Jon Sobrino
Jesucristo Liberador
“Jesús resucitado sigue viviendo una esperanza. Sigue
esperando el crecimiento
de su Reino entre los hombres, porque su
Reino
no comienza a existir al otro lado de la muerte,
sino que tiene
su inicio ya en este mundo
siempre que se instaure una mayor
justicia,
se robustezca el amor y se abra un nuevo camino de
esperanza”
Leonardo Boff
Jesucristo el Liberador.
Sólo cinco días separan dos hechos que desde la distancia -y con
sus diferencias lógicas- marcaron una época. Me refiero a la caída
del Muro de Berlín el 11 de noviembre y el asesinato de los jesuitas
en El Salvador el 16 del mismo mes. Aunque a alguien pueda parecerle
descabellado relacionar ambos acontecimientos, creo que ambos hechos
forman parte de un proceso a escala mundial que tuvo como resultado
la victoria definitiva de los valores capitalistas y la aniquilación
de cualquier contrapeso ideológico a la corriente neoliberal que se
venía imponiendo y que nos ha gobernado desde entonces y cuyas
consecuencias están en el origen de la actual crisis.
La muerte de los jesuitas no fue un hecho aislado en el contexto de
la guerra civil que estaba destruyendo El Salvador. Fue un paso más
en la persecución que parte de la Iglesia salvadoreña estaba
sufriendo desde mucho antes. Y por extensión, es una capítulo más
en la persecución que en toda América Latina estaba sufriendo la
Teología de la Liberación. En El Salvador esta persecución fue más
evidente y tuvo su origen en el hecho de que en este pequeño país
centroamericano la Iglesia -incluida parte de su jerarquía- se ha
había erigido en la defensora de la mayoría del pueblo salvadoreño
que vivía en una situación de opresión, sufriendo una tremenda
injusticia a manos de una minoría que ostentaba no sólo el poder
político y militar sino sobretodo el poder económico. Y todo ello,
gracias a la protección de los EEUU que financiaba, formaba y
protegía a los gobiernos como forma de defender sus intereses
particulares y los de las oligarquías locales. Fue un paso más,
insisto, en la represión que habían sufrido antes personas tan
destacadas como Rutilio Grande, sacerdote jesuita y precursor de todo
este proceso transformador y Monseñor Romero. No fue un hecho
aislado, porque los jesuitas, encabezados por Ignacio Ellacuría,
eran representantes destacados de la Teología de la Liberación.
Este movimiento desde su nacimiento había establecido una nueva
forma no sólo de hacer teología sino que había impulsado otra
forma de pastoral en los países latinoamericanos.
La
Teología de la Liberación no se entiende sin el Concilio Vaticano
II
La Teología de la Liberación no puede entenderse sin el cambio de
aires que había supuesto el Concilio Vaticano II. El Concilio,
convocado de manera sorprendente por Juan XXIII, había supuesto una
apertura de la Iglesia al mundo, una luz de esperanza y un intento de
renovación y adaptación de la Iglesia al pensamiento y al mundo
contemporáneo.
Después del Concilio, las iglesias locales fueron revisando sus
acciones y fruto de esta reflexión se produjeron en América Latina
dos acontecimientos que están en la génesis de todo este proceso:
Las conferencias de Medellín y de Puebla. En ellas se plantaron las
bases de lo que después sería todo este movimiento, o quizás
mejor, la reflexión que se venía haciendo impregnó de sus ideas
las conclusiones de los obispos latinoamericanos. Entre los
principios más destacados están:- Propiciar una lectura del Evangelio desde la realidad concreta de América Latina puesto que Cristo no sólo está presente en el mundo, sino que está de una manera muy especial entre los más oprimidos.
- En Puebla, después, se señalaría que son los pobres los destinatarios del mensaje liberador del Evangelio.
Bajo estas premisas se impulsa definitivamente el movimiento, que
significó una auténtica revolución, teniendo en cuenta el contexto
socio-político de la época. Las obras de teólogos tan destacados
como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Jon Sobrino, Ellacuría; o de
obispos y cardenales como Hélder Camara actuaron como focos que
irradiaron el pensamiento y la acción pastoral no sólo por América
Latina sino por otros lugares del mundo, incluidos sectores muy
importantes de la Iglesia española. Sin embargo, como decía antes,
esto no surge de la nada, sino que es la consecuencia de un trabajo
pastoral realizado junto a los más pobres y necesitados del
continente americano, castigado por la pobreza y las injusticias.
Fruto de este compromiso comienza a surgir una forma de sentir el
mensaje de Cristo: como un mensaje liberador. El paradigma de este
trabajo pastoral lo tenemos en la trayectoria de monseñor Óscar
Romero, arzobispo de El Salvador, hombre procedente de una de las
familias de la oligarquía del país y conservador en sus inicios;
que se convierte y descubre una realidad completamente distinta
cuando entra en contacto directo con el pueblo y sus sufrimientos.
Esa conversión lo convirtió en un testigo incómodo hasta el punto
que fue asesinado mientras celebraba la eucaristía. Después de
monseñor Romero, vendrían otros mártires (sacerdotes, monjas,
maestros, etc...) es decir, todos aquellos que se atrevieron a
levantar la voz y denunciar las condiciones de vida de la inmensa
mayoría. Fueron tachados de subversivos y “comunistas”. En este
sentido, basta recordar aquella frase de Helder Cámara:
“Si
le doy de
comer
a los pobres,
me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan
hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista."
¿Qué queda de todo aquello, pasado este tiempo?
Pasado todo este tiempo, podría pensarse que queda poco, muy poco.
Bien es cierto, que la labor de persecución sistemática impulsada
desde la propia Iglesia de Roma surtió efectos. Muchos de estos
teólogos y profesores fueron sometidos a constantes escrutinios de
sus obras por el Vaticano. En esta labor el cardenal Ratzinger jugo
un papel esencial. Muchos abandonaron la Iglesia como el caso de
Leonardo Boff; otros fueron condenados a no poder seguir enseñando,
etc... La persecución que se produjo durante el papado de Juan Pablo
II fue sistemática y constante. Este papa demostró un aversión a
todo este movimiento y a todo el proceso de apertura que había
significado.
Sin embargo, queda mucho. Queda vivo el testimonio y la labor de
aquellos hombres y mujeres. Quedan vivos y siguen en la lucha muchos
de ellos, desde otros lugares y desde otras funciones. Siguen estando
presentes en las comunidades cristianas de base de muchos de estos
países. Pero sobre todo lo que queda es el testimonio y el
compromiso de hombres y mujeres de fe que siguen leyendo el
evangelio a la luz de la situación de sus pueblos; que mantienen
viva la opción preferencial por los pobres en su labor pastoral. Y
sobre todo, siguen ahí, en la brecha para indicarnos a esta iglesia
cómoda y acomodada que es posible vivir y sentir el evangelio de
otra forma. Que el mensaje de Cristo tiene sentido si se entiende y
se comparte como un mensaje de liberación y no como un mensaje
encerrado en las iglesias y en las sacristías.
Recordar hoy el martirio de los jesuitas (y de las dos mujeres
salvadoreñas que murieron junto a ellos) es recordar un tiempo
difícil dentro de la Iglesia, pero es, a la vez, recordar un tiempo
de esperanza. Un tiempo de una apertura y de cambio que quedó,
aparentemente, frustrado y oculto; pero que sigue vivo. Y sigue vivo
porque la esperanza para los cristianos es y debe ser lo principal.
Y ahora que parecen soplar nuevos vientos, ahora que otro jesuita,
procedente de aquellas tierras, está haciendo gestos de apertura es
necesario mirar y recordar el testimonio y la obra de estos hombres.
Ellos, desde su compromiso, su obra y su martirio regaron de
esperanza una tierra sedienta de justicia. Sus muertes nos fueron en
balde, pues siguen vivos en el corazón de muchos cristianos que
admiramos su vida y su obra. Esos son los mártires, los verdaderos
mártires y no tantos impostores que se arrogan la categoría de
mártires sin haber hecho nada para merecerlo salvo creerse sus
propias mentiras.
Vivimos tiempos de esperanza en la Iglesia, parece que, por momentos
y de forma lenta, el invierno parece ceder espacio a una tenue
primavera. Ese invierno eclesial en el que nos instalamos y en el que
la esperanza de cambios quedaron arrumbadas en el cajón del olvido
está cambiando algo. Por eso, este aniversario del asesinato de los
jesuitas en 1989 es un motivo de recuerdo esperanzado, la esperanza
de que no fueron muertes inútiles, sino que están ahí para
recordarnos que siempre nos queda la esperanza de la resurrección.
Ahora más que nunca el testimonio de Ignacio Ellacuría, Armando
López, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes. J. Ramón Moreno,
Joaquín López, Elba y Celina Ramos nos devuelven la esperanza de
alcanzar una Iglesia más acogedora, más pecadora pero también más
misericordiosa. Una Iglesia más alejada del fariseo y más encarnada
en el buen samaritano que decide no dar un rodeo sino cargar con el
herido y curar sus heridas.