jueves, 20 de noviembre de 2014

El martirio no fue inútil


Tantos testigos y mártires, tantos cristianos y cristianas 
que se parecen a Jesús, 
dan para pensar sobre Jesús y ayudan a pensar en Jesús”

Jon Sobrino
Jesucristo Liberador

Jesús resucitado sigue viviendo una esperanza. Sigue esperando el crecimiento 
de su Reino entre los hombres, porque su Reino 
no comienza a existir al otro lado de la muerte, 
sino que tiene su inicio ya en este mundo
siempre que se instaure una mayor justicia, 
se robustezca el amor y se abra un nuevo camino de esperanza”

Leonardo Boff
Jesucristo el Liberador.


Sólo cinco días separan dos hechos que desde la distancia -y con sus diferencias lógicas- marcaron una época. Me refiero a la caída del Muro de Berlín el 11 de noviembre y el asesinato de los jesuitas en El Salvador el 16 del mismo mes. Aunque a alguien pueda parecerle descabellado relacionar ambos acontecimientos, creo que ambos hechos forman parte de un proceso a escala mundial que tuvo como resultado la victoria definitiva de los valores capitalistas y la aniquilación de cualquier contrapeso ideológico a la corriente neoliberal que se venía imponiendo y que nos ha gobernado desde entonces y cuyas consecuencias están en el origen de la actual crisis.

No fue un hecho aislado sino un eslabón más de una larga cadena.

La muerte de los jesuitas no fue un hecho aislado en el contexto de la guerra civil que estaba destruyendo El Salvador. Fue un paso más en la persecución que parte de la Iglesia salvadoreña estaba sufriendo desde mucho antes. Y por extensión, es una capítulo más en la persecución que en toda América Latina estaba sufriendo la Teología de la Liberación. En El Salvador esta persecución fue más evidente y tuvo su origen en el hecho de que en este pequeño país centroamericano la Iglesia -incluida parte de su jerarquía- se ha había erigido en la defensora de la mayoría del pueblo salvadoreño que vivía en una situación de opresión, sufriendo una tremenda injusticia a manos de una minoría que ostentaba no sólo el poder político y militar sino sobretodo el poder económico. Y todo ello, gracias a la protección de los EEUU que financiaba, formaba y protegía a los gobiernos como forma de defender sus intereses particulares y los de las oligarquías locales. Fue un paso más, insisto, en la represión que habían sufrido antes personas tan destacadas como Rutilio Grande, sacerdote jesuita y precursor de todo este proceso transformador y Monseñor Romero. No fue un hecho aislado, porque los jesuitas, encabezados por Ignacio Ellacuría, eran representantes destacados de la Teología de la Liberación. Este movimiento desde su nacimiento había establecido una nueva forma no sólo de hacer teología sino que había impulsado otra forma de pastoral en los países latinoamericanos.

La Teología de la Liberación no se entiende sin el Concilio Vaticano II



La Teología de la Liberación no puede entenderse sin el cambio de aires que había supuesto el Concilio Vaticano II. El Concilio, convocado de manera sorprendente por Juan XXIII, había supuesto una apertura de la Iglesia al mundo, una luz de esperanza y un intento de renovación y adaptación de la Iglesia al pensamiento y al mundo contemporáneo.

Después del Concilio, las iglesias locales fueron revisando sus acciones y fruto de esta reflexión se produjeron en América Latina dos acontecimientos que están en la génesis de todo este proceso: Las conferencias de Medellín y de Puebla. En ellas se plantaron las bases de lo que después sería todo este movimiento, o quizás mejor, la reflexión que se venía haciendo impregnó de sus ideas las conclusiones de los obispos latinoamericanos. Entre los principios más destacados están:

  • Propiciar una lectura del Evangelio desde la realidad concreta de América Latina puesto que Cristo no sólo está presente en el mundo, sino que está de una manera muy especial entre los más oprimidos.
  • En Puebla, después, se señalaría que son los pobres los destinatarios del mensaje liberador del Evangelio.

Bajo estas premisas se impulsa definitivamente el movimiento, que significó una auténtica revolución, teniendo en cuenta el contexto socio-político de la época. Las obras de teólogos tan destacados como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Jon Sobrino, Ellacuría; o de obispos y cardenales como Hélder Camara actuaron como focos que irradiaron el pensamiento y la acción pastoral no sólo por América Latina sino por otros lugares del mundo, incluidos sectores muy importantes de la Iglesia española. Sin embargo, como decía antes, esto no surge de la nada, sino que es la consecuencia de un trabajo pastoral realizado junto a los más pobres y necesitados del continente americano, castigado por la pobreza y las injusticias. Fruto de este compromiso comienza a surgir una forma de sentir el mensaje de Cristo: como un mensaje liberador. El paradigma de este trabajo pastoral lo tenemos en la trayectoria de monseñor Óscar Romero, arzobispo de El Salvador, hombre procedente de una de las familias de la oligarquía del país y conservador en sus inicios; que se convierte y descubre una realidad completamente distinta cuando entra en contacto directo con el pueblo y sus sufrimientos. Esa conversión lo convirtió en un testigo incómodo hasta el punto que fue asesinado mientras celebraba la eucaristía. Después de monseñor Romero, vendrían otros mártires (sacerdotes, monjas, maestros, etc...) es decir, todos aquellos que se atrevieron a levantar la voz y denunciar las condiciones de vida de la inmensa mayoría. Fueron tachados de subversivos y “comunistas”. En este sentido, basta recordar aquella frase de Helder Cámara:
Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista."

¿Qué queda de todo aquello, pasado este tiempo?

Pasado todo este tiempo, podría pensarse que queda poco, muy poco. Bien es cierto, que la labor de persecución sistemática impulsada desde la propia Iglesia de Roma surtió efectos. Muchos de estos teólogos y profesores fueron sometidos a constantes escrutinios de sus obras por el Vaticano. En esta labor el cardenal Ratzinger jugo un papel esencial. Muchos abandonaron la Iglesia como el caso de Leonardo Boff; otros fueron condenados a no poder seguir enseñando, etc... La persecución que se produjo durante el papado de Juan Pablo II fue sistemática y constante. Este papa demostró un aversión a todo este movimiento y a todo el proceso de apertura que había significado.

Sin embargo, queda mucho. Queda vivo el testimonio y la labor de aquellos hombres y mujeres. Quedan vivos y siguen en la lucha muchos de ellos, desde otros lugares y desde otras funciones. Siguen estando presentes en las comunidades cristianas de base de muchos de estos países. Pero sobre todo lo que queda es el testimonio y el compromiso de hombres y mujeres de fe que siguen leyendo el evangelio a la luz de la situación de sus pueblos; que mantienen viva la opción preferencial por los pobres en su labor pastoral. Y sobre todo, siguen ahí, en la brecha para indicarnos a esta iglesia cómoda y acomodada que es posible vivir y sentir el evangelio de otra forma. Que el mensaje de Cristo tiene sentido si se entiende y se comparte como un mensaje de liberación y no como un mensaje encerrado en las iglesias y en las sacristías.

Recordar hoy el martirio de los jesuitas (y de las dos mujeres salvadoreñas que murieron junto a ellos) es recordar un tiempo difícil dentro de la Iglesia, pero es, a la vez, recordar un tiempo de esperanza. Un tiempo de una apertura y de cambio que quedó, aparentemente, frustrado y oculto; pero que sigue vivo. Y sigue vivo porque la esperanza para los cristianos es y debe ser lo principal.

Y ahora que parecen soplar nuevos vientos, ahora que otro jesuita, procedente de aquellas tierras, está haciendo gestos de apertura es necesario mirar y recordar el testimonio y la obra de estos hombres. Ellos, desde su compromiso, su obra y su martirio regaron de esperanza una tierra sedienta de justicia. Sus muertes nos fueron en balde, pues siguen vivos en el corazón de muchos cristianos que admiramos su vida y su obra. Esos son los mártires, los verdaderos mártires y no tantos impostores que se arrogan la categoría de mártires sin haber hecho nada para merecerlo salvo creerse sus propias mentiras.

Vivimos tiempos de esperanza en la Iglesia, parece que, por momentos y de forma lenta, el invierno parece ceder espacio a una tenue primavera. Ese invierno eclesial en el que nos instalamos y en el que la esperanza de cambios quedaron arrumbadas en el cajón del olvido está cambiando algo. Por eso, este aniversario del asesinato de los jesuitas en 1989 es un motivo de recuerdo esperanzado, la esperanza de que no fueron muertes inútiles, sino que están ahí para recordarnos que siempre nos queda la esperanza de la resurrección.

Ahora más que nunca el testimonio de Ignacio Ellacuría, Armando López, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes. J. Ramón Moreno, Joaquín López, Elba y Celina Ramos nos devuelven la esperanza de alcanzar una Iglesia más acogedora, más pecadora pero también más misericordiosa. Una Iglesia más alejada del fariseo y más encarnada en el buen samaritano que decide no dar un rodeo sino cargar con el herido y curar sus heridas.