viernes, 19 de diciembre de 2014

LA REALIDAD NO ES COMO NOS LA CUENTAN


No puede ser que no sea noticia que
muere de frío un anciano en la calle y que sí lo sea
una caída de dos puntos en la bolsa”
Papa Francisco.
Evangelii Gaudium

La realidad no es nunca como nos la cuentan o como cada uno la vive. La percepción que tenemos de la misma nace, principalmente, de nuestra experiencia personal y de lo que nos transmiten los medios de comunicación. Estos seleccionan aquello que quieren resaltar, mientras otra parte queda oculta o en un segundo plano. Para comprobarlo solo hay que repasar las noticias que publican los medios de comunicación y el mensaje que con ellas nos transmiten.

Si repasamos algunas de las noticias publicadas en las últimas semanas en los medios de comunicación nos encontramos un contraste bastante curioso. Por un lado han aparecido muchas noticias relacionadas con la supuesta buena marcha de la economía y la consiguiente salida de la crisis, mientras otras nos cuentan otra realidad, completamente distinta, y a las que se les da mucho menos importancia. Así, numerosos han sido los titulares y los artículos en los que se han detallado asunto como la bajada del paro, los millones de personas que se desplazaron durante el último puente, los niveles de ocupación de hoteles y restaurante, el aumento del consumo con respecto a años anteriores, el número de empleos que creará el sector del comercio durante las próximas Navidades, etc... Todas estas noticias juntas y repetidas hasta la saciedad en los medios de comunicación crean una sensación de que, efectivamente, estamos saliendo de la crisis; de que lo peor ha pasado y que, como repiten los miembros del gobierno: “la luz se ve al final del túnel” “el crecimiento es una realidad” “los brotes verdes” y demás metáforas. Y como no, esa afirmación triunfal del presidente del gobierno que anuncia sin ningún reparo que “La crisis es historia”, en un intento de convencer a la ciudadanía que gracias a su gestión y a sus reformas todo ha pasado, que todo ha acabado como si se hubiese tratado de un mal sueño.

Sin embargo, frente a estas noticias, hay otra realidad a la que se le presta menos atención. Noticias que aunque aparecen en los medios no merecen la misma atención que las anteriores puesto que no sirven para crear ese relato dulzón, edulcorado con buenas noticias que sirvan para hacernos creer que vivimos en el mejor de los mundos.

Así, noticias como: “28 inmigrantes desaparecidos al tratar de cruzar el Estrecho en una patera” “La tasa de cobertura para desempleados se sitúa en el 57,31%” “Cerca de tres millones de españoles carecen de protección social” “Según Intermón Oxfam la mitad de la renta mundial está en manos del 1% más rico de la población” “La OCDE señala que en nuestro país es donde crece más la desigualdad” “Una anciana de ochenta y cinco años es desahuciada de su piso” etc... no merecen la misma atención en los medios de comunicación.

Estas noticias son la cara y la cruz de una misma realidad. Una cara luminosa, radiante de alegría en la que se nos insiste que salimos del pozo; frente a la cruz de las personas que siguen muriendo en el mar mientras intentan llegar a nuestras costas en busca de una prosperidad que les hemos robado.

La cara luminosa, radiante de esperanza de un consumo que crece con la llegada de las Navidades mientras otros datos nos siguen diciendo que las desigualdades se agrandan de tal forma que están produciendo un abismo insoportable.

Una cara luminosa y radiante, llena de expectativas de nuevos contratos, que no son sino la manifestación clara de las consecuencias de una reforma laboral que consagra el trabajo temporal, mal pagado y sin protección alguna. En definitiva, es la plasmación de lo que se viene anunciando: la creación de una nueva clase social: los trabajadores pobres. Esta nueva clase formada por personas que, a pesar de estar trabajando, las condiciones laborales en las que lo hacen no le permiten vivir dignamente.


Hay, pues, que estar alertas ante tantas falsas esperanzas y esos discursos interesados. Porque detrás de los fastuosos alumbrados navideños y de las calles llenas de gente, detrás de los discursos mentirosos del Presidente del Gobierno y los medios de comunicación que, simplemente repiten su falso mensaje, existe otra realidad que sufre en silencio las consecuencias de esta crisis.

Esa otra realidad es la realidad de los inmigrantes muertos (este año se calcula en toda Europa han muerto más de 3.000 intentando alcanzar las costas europeas), casi de forma clandestina, de esa misma forma que intentaron llegar a España. Muertes que no han tenido la misma repercusión que otras muertes, que no han tenido el mismo eco, que no han ocupado las portadas de los periódicos ni han abierto los telediarios. Muertos insignificantes frente a la representante de la nobleza añeja, a la cabeza de familia que más títulos nobiliarios acumula y que de mayores rentas se beneficia. Ellos han muerto en el anonimato, sus vidas han quedado ahogadas en el mar, en el mar de lágrimas de esas madres que han sobrevivido a sus hijos y que, destrozadas, recuerdan los años de espera para ahorrar lo suficiente para ofrecer a sus hijos una vida más digna. Y pocos se han echado a la calle (solo unos doscientos valientes en Almería) frente a los miles de personas que acudieron al entierro de la duquesa, en un ambiente que recordaba lo más rancio de la sociedad española, incluido ese sentimiento de vasallos que, desgraciadamente, persiste en parte de la ciudadanía.

Hay que estar muy alertas, porque frente a los datos del paro hay otra realidad de la que no se habla. Porque aunque el paro haya subido, una subida de un 0,32%, se trata de una subida estacional. Y mientras, la tasa de cobertura para desempleados se sitúa en el 657,31%, es decir, que cerca de 3 millones de personas no reciben ningún tipo de ayudas. Que continúa la temporalidad en la contratación, que las mujeres siguen sufriendo la desigualdad. Según los datos del sindicato USO, mientras 1329 hombres han encontrado un empleo, 1329 mujeres lo han perdido. O que solo el 8% de los contratos que se han firmado son indefinidos.

Hay que estar alertas, porque tras la noticia de que la crisis es historia con la que Rajoy nos quiere convencer de sus bondades la realidad que nos cuentan los informes de la OCDE o de INTERMON OXFAM o CÁRITAS nos indican todo lo contrario. Nos dicen que en España crece la desigualdad, que la renta media del 10% más rico de nuestro país es 14 veces superior a la del 10% más pobre. La OCDE señala que nuestro país es el país donde más crece la desigualdad, que solo nos superan países como Turquía, EEUU o México. Además, nos recuerdan que los recortes salariales en el año 2013 han sido del 1,5%; o que el salario medio en Alemania es el doble que en España. Por su parte INTERMON OXFAM nos recuerda que la crisis a nivel mundial está produciendo una desigualdad cada vez más extrema, una desigualdad que lleva

“a que la mitad de la renta mundial esté en manos del 1% más rico de la población”

Y que la consecuencia de todo esto es “que la masiva concentración de los recursos económicos en manos de unos pocos supone una gran amenaza para las democracias” Y lo más grave de todo esto es que sucede con el beneplácito de los gobiernos y que -como insiste INTERMON- habría que plantearse de una vez por todas:

¿Qué ocurre cuando un Gobierno deja de procurar el bienestar de sus ciudadanos para servir a los intereses de una minoría acaudalada?”

La respuesta es igual de dura:

Hay grupos con gran poder económico, empresas e individuos que influyen en otras instituciones y que, en ocasiones, incluso, las capturan, consiguiendo tratos de favor de sus élites en la definición de las leyes y normativas. Son privilegios para unos pocos, mientras el esfuerzo y la mayor carga fiscal recae sobre la gran mayoría.

Estos son algunos de los muchos ejemplos de la cara y la cruz de estos tiempos. Tiempos de contraste, de una realidad poliédrica que algunos quieren ocultar o endulzar. La realidad de una sociedad que se mueve entre la opulencia y el despilfarro, entre la miseria y la desigualdad. La realidad de una sociedad entregada al consumo y la de miles de familias que viven bajo la amenaza de la exclusión social más absoluta. La realidad de una sociedad cada vez más individualista e insolidaria, cada vez más impermeable al dolor y al sufrimiento ajeno, que nos conformamos con alguna acción caritativa pero que no somos capaces de movilizarnos para impedir que esta situación siga avanzando. Una sociedad cada vez más insensible al dolor ajeno, preocupados por mantenernos o sobrevivir a nuestros pequeños recortes; insensibles al dolor pero dispuestos a emocionarnos y conmovernos ante lo más insignificante.

Es la cara y la cruz de la realidad del mundo y de una sociedad que se despeña por el precipicio del individualismo más absoluto y una total carencia de valores.