Cualquier iniciativa que
suponga la participación ciudadana debe ser aplaudida y apoyada. Sin
duda, que la ciudadanía se movilice y trabaje en cualquier ámbito
es una buena noticia, pues muestra una sociedad viva en la que
solidaridad aún es un valor frente al individualismo imperante.
De lo anterior, es
ejemplo la asociación que desde hace algún tiempo trabaja en
nuestro pueblo en la lucha contra el cáncer, enfermedad a la que
nadie ni puede ni debe ser ajeno. Nadie podrá negar los problemas
que conllevan esta enfermedad, y el coste personal y familiar que
supone. No seré yo -por razones obvias- quien niegue o rechace
cualquier actividad que se haga en este ámbito, ya sea en la
prevención, en la atención clínica y psicológica a los enfermos y
a sus cuidadores y familiares. Pero también, este trabajo debe
servir para inculcar en la sociedad los comportamientos adecuados
para tratar a estos enfermos con el respeto y el tacto necesarios. Y
digo esto, porque si hay un dolor y una angustia añadida a la que
supone la enfermedad, éste es la actitud que demasiadas ocasiones se
produce en la calle y entre vecinos y conocidos. En la mayoría de
los casos se dan actitudes encomiables, de apoyo y acompañamiento;
pero en otros son indeseables, en forma de miradas o comentarios que
en nada ayudan, y que convierten al enfermo en una especie de “muñeco
de feria” que atrae por una peluca, un pañuelo o una cabeza
rapada.
Igualmente, hay que tener
mucho cuidado en transmitir una actitud que relativice la enfermedad.
Porque, aunque son cada vez mayores los índices de curación, eso no
significa que no sea una enfermedad muy grave que, desgraciadamente,
en muchos casos se manifiesta de manera dramática.
Así pues, creo que los
enfermos lo que necesitan ante todo es que se les respete su
intimidad y su forma de enfrentarse al cáncer. Necesitan el apoyo de
su familia, de sus amigos y compañeros; y la discreción y el
respeto de los demás. Creo, desde la experiencia, que como en todos
los momentos difíciles, la mejor actitud es la del silencio, un
silencio que debe ser a la vez cercano pero lo suficientemente
prudente como para no invadir algo tan sagrado como la intimidad, tan
necesaria en esos momentos.
Pero siendo todo lo
anterior importante, pienso que lo mejor que podemos hacer por la
lucha contra esta enfermedad es exigir que las administraciones
cumplan con sus obligaciones y sigan dedicando todos los medios
necesarios para avanzar en la lucha contra la misma. En este sentido,
sospecho que en muchas ocasiones el voluntarismo de la sociedad es el
argumento perfecto que encuentran los gobiernos -de todos los colores
y en todos los ámbitos- para hacer dejación de sus funciones y
dejar en manos de asociaciones y colectivos unas competencias que son
suyas y que deben cumplir.
Hay que repetir y
recordar que la verdadera esperanza está en manos de un sistema de
salud gratuito y universal que luche con los medios necesarios contra
el cáncer, que invierta lo necesario en nuevos tratamientos y en
nuevas líneas de investigación. La esperanza de los enfermos está,
ante todo, en un sistema de salud que les proporcione el apoyo
psicológico y social tanto a los enfermos como a sus familiares que
es, en determinados momentos, tan importante y necesario como el
clínico. La esperanza está en un sistema que garantice que los
tratamientos son iguales para todos, independientemente de sus medios
y posibilidades. Esa debe ser nuestra prioridad: luchar para que la
sanidad sea un derecho efectivo, tal y como establece la
Constitución.
Todo lo que se haga sea
bienvenido, pero no olvidemos que nada servirá ponerse el lazo del
color que sea si después desatendemos nuestra obligación como
ciudadanos que no es otra que exigir a los gobernantes que garanticen
nuestros derechos. De nada servirá lo que hagamos si no exigimos que
no se desmantele la sanidad pública y gratuita, que los presupuestos
para investigación no sigan menguando o que queden en suspenso; que
nuestros jóvenes médicos e investigadores tengan que abandonar
nuestro país para seguir su labor en otros países. Este es el
verdadero reto que tenemos como ciudadanos. Y para ello tenemos el un
método eficaz: la palabra y nuestro voto con el que obligar a
nuestros gobernantes a que prioricen en lo realmente importante.

