viernes, 23 de enero de 2015

UN SÍ ROTUNDO A LA VIDA, PERO SOBRETODO UN NO ROTUNDO A QUIENES RECORTAN EN SANIDAD E INVESTIGACIÓN.


 
Cualquier iniciativa que suponga la participación ciudadana debe ser aplaudida y apoyada. Sin duda, que la ciudadanía se movilice y trabaje en cualquier ámbito es una buena noticia, pues muestra una sociedad viva en la que solidaridad aún es un valor frente al individualismo imperante.



De lo anterior, es ejemplo la asociación que desde hace algún tiempo trabaja en nuestro pueblo en la lucha contra el cáncer, enfermedad a la que nadie ni puede ni debe ser ajeno. Nadie podrá negar los problemas que conllevan esta enfermedad, y el coste personal y familiar que supone. No seré yo -por razones obvias- quien niegue o rechace cualquier actividad que se haga en este ámbito, ya sea en la prevención, en la atención clínica y psicológica a los enfermos y a sus cuidadores y familiares. Pero también, este trabajo debe servir para inculcar en la sociedad los comportamientos adecuados para tratar a estos enfermos con el respeto y el tacto necesarios. Y digo esto, porque si hay un dolor y una angustia añadida a la que supone la enfermedad, éste es la actitud que demasiadas ocasiones se produce en la calle y entre vecinos y conocidos. En la mayoría de los casos se dan actitudes encomiables, de apoyo y acompañamiento; pero en otros son indeseables, en forma de miradas o comentarios que en nada ayudan, y que convierten al enfermo en una especie de “muñeco de feria” que atrae por una peluca, un pañuelo o una cabeza rapada.



Igualmente, hay que tener mucho cuidado en transmitir una actitud que relativice la enfermedad. Porque, aunque son cada vez mayores los índices de curación, eso no significa que no sea una enfermedad muy grave que, desgraciadamente, en muchos casos se manifiesta de manera dramática.



Así pues, creo que los enfermos lo que necesitan ante todo es que se les respete su intimidad y su forma de enfrentarse al cáncer. Necesitan el apoyo de su familia, de sus amigos y compañeros; y la discreción y el respeto de los demás. Creo, desde la experiencia, que como en todos los momentos difíciles, la mejor actitud es la del silencio, un silencio que debe ser a la vez cercano pero lo suficientemente prudente como para no invadir algo tan sagrado como la intimidad, tan necesaria en esos momentos.



Pero siendo todo lo anterior importante, pienso que lo mejor que podemos hacer por la lucha contra esta enfermedad es exigir que las administraciones cumplan con sus obligaciones y sigan dedicando todos los medios necesarios para avanzar en la lucha contra la misma. En este sentido, sospecho que en muchas ocasiones el voluntarismo de la sociedad es el argumento perfecto que encuentran los gobiernos -de todos los colores y en todos los ámbitos- para hacer dejación de sus funciones y dejar en manos de asociaciones y colectivos unas competencias que son suyas y que deben cumplir.

Hay que repetir y recordar que la verdadera esperanza está en manos de un sistema de salud gratuito y universal que luche con los medios necesarios contra el cáncer, que invierta lo necesario en nuevos tratamientos y en nuevas líneas de investigación. La esperanza de los enfermos está, ante todo, en un sistema de salud que les proporcione el apoyo psicológico y social tanto a los enfermos como a sus familiares que es, en determinados momentos, tan importante y necesario como el clínico. La esperanza está en un sistema que garantice que los tratamientos son iguales para todos, independientemente de sus medios y posibilidades. Esa debe ser nuestra prioridad: luchar para que la sanidad sea un derecho efectivo, tal y como establece la Constitución.



Todo lo que se haga sea bienvenido, pero no olvidemos que nada servirá ponerse el lazo del color que sea si después desatendemos nuestra obligación como ciudadanos que no es otra que exigir a los gobernantes que garanticen nuestros derechos. De nada servirá lo que hagamos si no exigimos que no se desmantele la sanidad pública y gratuita, que los presupuestos para investigación no sigan menguando o que queden en suspenso; que nuestros jóvenes médicos e investigadores tengan que abandonar nuestro país para seguir su labor en otros países. Este es el verdadero reto que tenemos como ciudadanos. Y para ello tenemos el un método eficaz: la palabra y nuestro voto con el que obligar a nuestros gobernantes a que prioricen en lo realmente importante.