jueves, 5 de febrero de 2015

UN GRITO CONTRA EL OLVIDO


"El olvido no significa reconciliación ni la memoria significa venganza"
Paul Preston 


El 7 de febrero de 1937 quedó marcado para siempre en la historia de Málaga. Aquel día la ciudad fue tomada, casi sin resistencia, por un contingente de unos cinco mil soldados italianos; mientras que decenas de miles de personas, procedentes no sólo de Málaga y su provincia sino de otras zonas de Andalucía, huían a pie por la carretera de Almería. Es lo que se conoció popularmente como la “desbandá”
pero, sobretodo, fue un éxodo dramático de miles y miles de personas que huían de la represión y de una muerte casi segura a manos de los vencedores; una auténtica carnicería humana, pues además de la huida y el miedo, esas decenas de miles de personas se encontraron con los bombardeos aéreos y desde el mar . Una masacre que quedó en la historia y en la memoria de muchos.


Quedó en la historia a pesar de que durante mucho tiempo permaneció en el olvido. Un olvido interesado por parte de todos. Por los vencedores de la guerra que intentaron minimizar aquella ignominia, aquella masacre de civiles indefensos. Y olvidado por las autoridades de la República pues evidenciaba la falta de previsión de las mismas, y la ausencia de un plan de evacuación de la ciudad. Este pasaje de nuestra historia permaneció oculto. Sólo el testimonio de algunos extranjeros denunció lo ocurrido en aquella carretera. Este es el caso de Norman Bethune, un médico canadiense que publicó el mismo año 37 “El crimen de la carretera de Almería” en el que entre otras cosas se preguntaba:



¿En qué oscuro lugar han arrinconado el amor a los hombres? ¿Dónde están la piedad y la conciencia de un mundo que camina hacia la destrucción?



Tuvieron que pasar muchos años para que la historia comenzara a indagar sobre lo ocurrido y hasta que, definitivamente, se intentara sacar a la luz aquellos acontecimientos.



Y en este contexto es en el que surge este poemario del malagueño Paco Doblas titulado “El Guernica andaluz” Málaga 1937. Este conjunto de poemas, intercalados con fragmentos en prosa, pretende traernos al presente un pasado que jamás debió ser olvidado. Un poemario que -como dice su autor- no pretende aportar nada nuevo desde la erudición sino “desde el territorio del alma que es la poesía”; y que “el lenguaje poético pueda ayudar al reconocimiento de tanto dolor y donde no alcance lo intelectual pueda llegar lo emocional, porque la razón no debe estar reñida con el corazón”.



El libro se abre con un poema que lleva por título “Por qué empeñarnos en recordar” en el que expone las razones para este ejercicio de memoria. Y no es ni por capricho ni por una moda pasajera. Es, por el contrario, por necesidad:



porque hay historia todavía sin contarse,

y huesos que están esperando amanecer

de las mazmorras terribles de la noche.

Porque se están rompiendo los diques del silencio

y la historia oficial de la barbarie

ya no puede contener tanto dolor

olvidado por lustros de indolencia”



Estas son las razones no sólo de este libro sino de todo lo que se han denominado el proceso de “recuperación de la memoria histórica”, un ejercicio de reconocimiento y dignificación de las miles de personas que murieron en la guerra y en la posterior represión en la que fueron condenados además al olvido y al silencio de la derrota. Un ejercicio de justicia y de memoria que “a pesar de todo es tozuda y no quiere dejar en la cuneta a sus muertos”



Un ejercicio de justicia porque es preciso cerrar definitivamente las heridas de una guerra civil. Porque frente a los que tachan este deseo como un intento de revancha o de reabrir heridas es todo lo contrario. Lo que pretenden estos hijos y nietos de la guerra es cerrar definitivamente esa herida aún sangrante, porque:



quedan demasiadas lágrimas todavía

que no pudieron salir de las pupilas

o tuvimos que llorar a escondidas

porque fue delito hasta llorar a los nuestros”



El libro se abre con un conjunto de poemas titulado “Málaga y el peligro de la libertad”. Esos poemas evocan la alegría desbordada que provocó la llegada de la República; la esperanza que el 14 de abril de 1931 significó para muchos:



los desdentados, los encallecidos, los que nunca pintan nada,

golpean con sus puños en la mesa de la historia

y se estremecieron los cimientos de tronos, cortijos, cuarteles,

se agrietaron los palacios, temblaron las catedrales”



Pero también fue la primera en comprobar que esa alegría y esa primicia fue en otras muchas cosas:



corriste quizá demasiado en ser la primera,

quisiste enterrar de un golpe la historia de la opresión

y te precipitaste locura abajo, por esa cuesta empinada

que lleva hasta el horror y la sangre”



la primera en probar el plomo del fascismo italiano,

la primera en el éxodo civil, indefenso y desarmado

la primera en la masacre calculada y el martirio,

la primera en los paseíllos, las fosas comunes, la cal y los huesos,

y después la primera en el olvido y el silencio.”



Pero lejos de caer en el maniqueísmo absurdo de buenos y malos, en un ejercicio de honestidad reconoce los errores y los horrores en un poema titulado Los monstruos de la razón.



Málaga, en la razón de su revolución,

en medio de la rabio por tanto luto,

también produjo sus monstruos, su locura,

y las balas silbaron en la noche.”



Y además un alegato en contra de cualquier tipo de violencia, venga de donde venga:



Porque las viudas no tienen banderas,

ni los huérfanos tienen patrias.

La muerte, a fin de cuentas, nos iguala a todos,

no entiende de colores ni de clases.

Ninguna muerte justifica otra muerte.

Ningún dolor consuela otro dolor.”







Después llegó La derrota. Con este título se desgranan varios poemas en los que se narra ese momento:



Llegaron los oscuros

a teñir con su negro la primavera.

Llegaron los decapitadores de esperanzas,

los incendiarios de bellezas,

los demoledores de utopías”



Y luego El éxodo -la tercera parte del poemario- con sus ataques aéreos y los bombardeos, la muerte y la angustia. Pero entre tanta muerte hubo un lugar para la esperanza en forma de Ángeles en el infierno. Este poema rinde homenaje al doctor Bethune, citado antes, y a sus colaboradores del Servicio Canadiense de Transfusión de sangre que prestaron asistencia médica a los refugiados.



No pudieron evitar tanto dolor, pocos ángeles para tanto infierno,

pero al menos algunos niños no murieron exhaustos en las cunetas.”



Sin embargo, atrás quedaron muchos que no huyeron. La ciudad se cubrió de silencio. A estos está dedicada el apartado siguiente, Un mar de luto (los que se quedaron) y en ella se rememora la represión, desde el primer momento, tremenda. Según los datos en la primera semana fueron fusilados más de 3.500 personas. Según un informe del Cónsul inglés, fechado en 1944, la represión en Málaga alcanzó hasta ese momento a 16.952 personas. Posteriormente, los estudios más recientes calculan que en toda la provincia de Málaga pudieron ser fusiladas unas 28.000 personas. Esto hace que la represión en Málaga fuese una de las más grandes junto a ciudades emblemáticas como Badajoz.



Sólo el viento de Levante gritaba en los atardeceres

su olor nauseabundo cargado de tristes recuerdos.”



Y además de los muertos el silencio:



Dijeron patria y llegó una ola gigante de silencio,

dijeron patria y se vaciaron las plazas,

dijeron patria y la muerte invadió la madrugada

por tapias y barrancos, por campos y cunetas.



El luto se volvió clandestino, la pena se tragaba en silencio;

ya nadie hablaba de lo que pasó, nadie removía los muertos.”



El libro termina después de un salto en el tiempo. Siete décadas de silencio después nos habla del presente, de una ciudad que ya no es la misma.



Aquella ciudad ya no existe,

es distinta a esta que ahora piso y veo.

Aquella otra ciudad se convirtió en escombros.



Aquella ciudad se fue,

huyó por la carretera de Almería para no volver

o fue masacrada en las tapias,

y esta que ahora veo es tan sólo un decorado

tras un telón de olvido criminal y triste.”



Entre tanto pesimismo, hay gestos y hay personas que la siguen dignificando. Esos son, entre otros, Los buscadores de huesos, que con claras referencias a Miguel Hernández, describe:



Todavía aquellos niños de ayer,

a dentelladas y secas y calientes,

siguen buscando debajo de la tierra

algún pedacito de aquellas vidas truncadas.



Todavía aquellos viejos niños

quieren sacar los huesos a la luz,

arrancarles los huesos a la tierra y al olvido.



Porque ya que no podemos volverlos a la vida

y reparar tanto dolor y tanto silencio,

devolvámosles la verdad y la historia,

la memoria y la dignidad.

Y los huesos.”



El libro se cierra con poema dedicado al poeta malagueño Manuel Altolaguirre. Un poeta cuya vida es quizá una clara metáfora de lo que fueron aquellos tiempos. Una vida que estuvo marcada por la guerra. Poeta y compañero de la generación del 27, impulsor y editor de algunas de las obras de sus compañeros de generación, defensor implacable de la República, vio como su hermano fue fusilado en las tapias del cementerio a manos de los que consideraba los suyos. Esa espiral le llevo, casi, a la locura que reflejó en un verso terrible, citado en este poema: Pido la última muerte de esta guerra. Y termina este poema con estos versos:



El olvido y el silencio son una forma de seguir matando,

de volver a matar otra vez a los muertos.

Y por eso recordar es como devolverles algo de vida,

y por eso recuerdo, hoy contigo, Manuel Altolaguirre,

desde la montaña amarga de tu verso derrotado”



Y eso es en definitiva lo que intenta todo este libro, recordar y devolver por un momento algo de la vida de tantos hombres, mujeres y niños que sufrieron aquel destino. Un grito contra el olvido.