"El olvido no significa reconciliación ni la memoria significa venganza"
Paul Preston
El 7 de
febrero de 1937 quedó marcado para siempre en la historia de Málaga.
Aquel día la ciudad fue tomada, casi sin resistencia, por un
contingente de unos cinco mil soldados italianos; mientras que
decenas de miles de personas, procedentes no sólo de Málaga y su
provincia sino de otras zonas de Andalucía, huían a pie por la
carretera de Almería. Es lo que se conoció popularmente como la
“desbandá”
pero, sobretodo, fue un éxodo dramático de miles y miles de personas que huían de la represión y de una muerte casi segura a manos de los vencedores; una auténtica carnicería humana, pues además de la huida y el miedo, esas decenas de miles de personas se encontraron con los bombardeos aéreos y desde el mar . Una masacre que quedó en la historia y en la memoria de muchos.
pero, sobretodo, fue un éxodo dramático de miles y miles de personas que huían de la represión y de una muerte casi segura a manos de los vencedores; una auténtica carnicería humana, pues además de la huida y el miedo, esas decenas de miles de personas se encontraron con los bombardeos aéreos y desde el mar . Una masacre que quedó en la historia y en la memoria de muchos.
Quedó en
la historia a pesar de que durante mucho tiempo permaneció en el
olvido. Un olvido interesado por parte de todos. Por los vencedores
de la guerra que intentaron minimizar aquella ignominia, aquella
masacre de civiles indefensos. Y olvidado por las autoridades de la
República pues evidenciaba la falta de previsión de las mismas, y
la ausencia de un plan de evacuación de la ciudad. Este pasaje de
nuestra historia permaneció oculto. Sólo el testimonio de algunos
extranjeros denunció lo ocurrido en aquella carretera. Este es el
caso de Norman Bethune, un médico canadiense que publicó el mismo
año 37 “El crimen de la carretera de Almería” en el que
entre otras cosas se preguntaba:
“¿En
qué oscuro lugar han arrinconado el amor a los hombres? ¿Dónde
están la piedad y la conciencia de un mundo que camina hacia la
destrucción?
Tuvieron
que pasar muchos años para que la historia comenzara a indagar sobre
lo ocurrido y hasta que, definitivamente, se intentara sacar a la luz
aquellos acontecimientos.
Y en este
contexto es en el que surge este poemario del malagueño Paco Doblas
titulado “El Guernica andaluz” Málaga 1937. Este conjunto
de poemas, intercalados con fragmentos en prosa, pretende traernos al
presente un pasado que jamás debió ser olvidado. Un poemario que
-como dice su autor- no pretende aportar nada nuevo desde la
erudición sino “desde el territorio del alma que es la poesía”;
y que “el lenguaje poético pueda ayudar al reconocimiento de
tanto dolor y donde no alcance lo intelectual pueda llegar lo
emocional, porque la razón no debe estar reñida con el corazón”.
El libro
se abre con un poema que lleva por título “Por qué empeñarnos
en recordar” en el que expone las razones para este ejercicio
de memoria. Y no es ni por capricho ni por una moda pasajera. Es, por
el contrario, por necesidad:
“porque
hay historia todavía sin contarse,
y
huesos que están esperando amanecer
de las
mazmorras terribles de la noche.
Porque
se están rompiendo los diques del silencio
y la
historia oficial de la barbarie
ya no
puede contener tanto dolor
olvidado
por lustros de indolencia”
Estas
son las razones no sólo de este libro sino de todo lo que se han
denominado el proceso de “recuperación de la memoria histórica”,
un ejercicio de reconocimiento y dignificación de las miles de
personas que murieron en la guerra y en la posterior represión en la
que fueron condenados además al olvido y al silencio de la derrota.
Un ejercicio de justicia y de memoria que “a pesar de
todo es tozuda y no quiere dejar en la cuneta a sus muertos”
Un ejercicio de justicia porque es preciso cerrar definitivamente las
heridas de una guerra civil. Porque frente a los que tachan este
deseo como un intento de revancha o de reabrir heridas es todo lo
contrario. Lo que pretenden estos hijos y nietos de la guerra es
cerrar definitivamente esa herida aún sangrante, porque:
“quedan
demasiadas lágrimas todavía
que no
pudieron salir de las pupilas
o
tuvimos que llorar a escondidas
porque
fue delito hasta llorar a los nuestros”
El libro se abre con un conjunto de poemas titulado “Málaga y
el peligro de la libertad”. Esos poemas evocan la alegría
desbordada que provocó la llegada de la República; la esperanza que
el 14 de abril de 1931 significó para muchos:
“los
desdentados, los encallecidos, los que nunca pintan nada,
golpean
con sus puños en la mesa de la historia
y se
estremecieron los cimientos de tronos, cortijos, cuarteles,
se
agrietaron los palacios, temblaron las catedrales”
Pero también fue la primera en comprobar que esa alegría y esa
primicia fue en otras muchas cosas:
“corriste
quizá demasiado en ser la primera,
quisiste
enterrar de un golpe la historia de la opresión
y te
precipitaste locura abajo, por esa cuesta empinada
que
lleva hasta el horror y la sangre”
“la
primera en probar el plomo del fascismo italiano,
la
primera en el éxodo civil, indefenso y desarmado
la
primera en la masacre calculada y el martirio,
la
primera en los paseíllos, las fosas comunes, la cal y los huesos,
y
después la primera en el olvido y el silencio.”
Pero lejos de caer en el maniqueísmo absurdo de buenos y malos, en
un ejercicio de honestidad reconoce los errores y los horrores en un
poema titulado Los monstruos de la razón.
“Málaga, en la
razón de su revolución,
en medio de la rabio
por tanto luto,
también produjo sus
monstruos, su locura,
y las balas silbaron
en la noche.”
Y
además un alegato en contra de cualquier tipo de violencia, venga de
donde venga:
“Porque las viudas
no tienen banderas,
ni los huérfanos
tienen patrias.
La muerte, a fin de
cuentas, nos iguala a todos,
no entiende de
colores ni de clases.
Ninguna muerte
justifica otra muerte.
Ningún dolor
consuela otro dolor.”
Después
llegó La derrota. Con este título se desgranan varios
poemas en los que se narra ese momento:
“Llegaron los
oscuros
a teñir con su
negro la primavera.
Llegaron los
decapitadores de esperanzas,
los incendiarios de
bellezas,
los demoledores de
utopías”
Y luego El éxodo -la
tercera parte del poemario- con sus ataques aéreos y los bombardeos,
la muerte y la angustia. Pero entre tanta muerte hubo un lugar para
la esperanza en forma de Ángeles
en el infierno. Este
poema rinde homenaje al doctor Bethune, citado antes, y a sus
colaboradores del Servicio Canadiense de Transfusión de sangre que
prestaron asistencia médica a los refugiados.
“No
pudieron evitar tanto dolor, pocos ángeles para tanto infierno,
pero
al menos algunos niños no murieron exhaustos en las cunetas.”
Sin embargo, atrás quedaron
muchos que no huyeron. La ciudad se cubrió de silencio. A estos está
dedicada el apartado siguiente, Un mar de luto (los que se
quedaron) y en ella se rememora
la represión, desde el primer momento, tremenda. Según los datos en
la primera semana fueron fusilados más de 3.500 personas. Según un
informe del Cónsul inglés, fechado en 1944, la represión en Málaga
alcanzó hasta ese momento a 16.952 personas. Posteriormente, los
estudios más recientes calculan que en toda la provincia de Málaga
pudieron ser fusiladas unas 28.000 personas. Esto hace que la
represión en Málaga fuese una de las más grandes junto a ciudades
emblemáticas como Badajoz.
“Sólo
el viento de Levante gritaba en los atardeceres
su
olor nauseabundo cargado de tristes recuerdos.”
Y
además de los muertos el silencio:
“Dijeron
patria y llegó una ola gigante de silencio,
dijeron
patria y se vaciaron las plazas,
dijeron
patria y la muerte invadió la madrugada
por
tapias y barrancos, por campos y cunetas.
El
luto se volvió clandestino, la pena se tragaba en silencio;
ya
nadie hablaba de lo que pasó, nadie removía los muertos.”
El libro termina después de un
salto en el tiempo. Siete décadas de silencio después
nos habla del presente, de una ciudad que ya no es la misma.
“Aquella
ciudad ya no existe,
es
distinta a esta que ahora piso y veo.
Aquella
otra ciudad se convirtió en escombros.
Aquella
ciudad se fue,
huyó
por la carretera de Almería para no volver
o
fue masacrada en las tapias,
y
esta que ahora veo es tan sólo un decorado
tras
un telón de olvido criminal y triste.”
Entre tanto pesimismo, hay gestos y
hay personas que la siguen dignificando. Esos son, entre otros, Los
buscadores de huesos, que
con claras referencias a Miguel Hernández, describe:
“Todavía aquellos niños de
ayer,
a dentelladas y secas y
calientes,
siguen buscando debajo de la
tierra
algún pedacito de aquellas
vidas truncadas.
Todavía aquellos viejos niños
quieren sacar los huesos a la
luz,
arrancarles los huesos a la
tierra y al olvido.
Porque ya que no podemos
volverlos a la vida
y reparar tanto dolor y tanto
silencio,
devolvámosles la verdad y la
historia,
la memoria y la dignidad.
Y los huesos.”
El libro se cierra con poema
dedicado al poeta malagueño Manuel Altolaguirre. Un poeta cuya vida
es quizá una clara metáfora de lo que fueron aquellos tiempos. Una
vida que estuvo marcada por la guerra. Poeta y compañero de la
generación del 27, impulsor y editor de algunas de las obras de sus
compañeros de generación, defensor implacable de la República, vio
como su hermano fue fusilado en las tapias del cementerio a manos de
los que consideraba los suyos. Esa espiral le llevo, casi, a la
locura que reflejó en un verso terrible, citado en este poema: Pido
la última muerte de esta guerra. Y
termina este poema con estos versos:
“El
olvido y el silencio son una forma de seguir matando,
de
volver a matar otra vez a los muertos.
Y
por eso recordar es como devolverles algo de vida,
y
por eso recuerdo, hoy contigo, Manuel Altolaguirre,
desde
la montaña amarga de tu verso derrotado”
Y eso es en definitiva lo que
intenta todo este libro, recordar y devolver por un momento algo de
la vida de tantos hombres, mujeres y niños que sufrieron aquel
destino. Un grito contra el olvido.


