lunes, 9 de marzo de 2015

9 de marzo, también DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER TRABAJADORA


La mujer, nacida para fabricar hijos, desvestir borrachos

o vestir santos, ha sido tradicionalmente acusada,

como los indios, como los negros, de estupidez congénita. Y ha sido

condenada, como ellos, a los suburbios de la historia”

Eduardo Galeano
El mundo patas arriba.

Y ellas mucho más pobres que pobres

las más pobres entre las pobres

partidas de un rayo

excluidas del cielo

vencidas de brazos

negados a un vuelo

escondidas de todo

asaltadas de nada

tapadas de ojos

pobres y desheredadas”

Pobres
Pedro Guerra del disco Hijas de Eva


Como en cualquier otra cuestión es necesario comenzar haciendo un poco de historia pues si no lo hacemos corremos el riesgo de olvidar el origen y el verdadero sentido de las cosas. En el caso del origen de la celebración el día 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, éste tiene un carácter reivindicativo que se encuadra en la lucha de la clase obrera durante buena parte del siglo XIX y XX.
Hay dos fechas decisivas y que explican la elección de este día del mes de marzo. El 8 de marzo de 1857 se celebró una marcha de mujeres trabajadoras de las industrias textiles en la que reclamaban mejores salarios ya que por aquel entonces cobraban hasta un 60-70% del sueldo que recibía un hombre y condiciones laborales mucho peores. El otro momento, el 8 de marzo de 1908, mucho más dramático, pues un grupo de mujeres se encerraron en la fábrica Cotton de Nueva York para protestar y reclamar un salario igual que al de sus compañeros varones, descanso dominical, una jornada de diez horas y un descanso por lactancia. El jefe no aceptó ninguna de esas reivindicaciones e incendió la fábrica. Murieron 146 mujeres. Tomando como referencias esta fecha, desde distintos organismos internacionales se recordaron estos acontecimientos, hasta que en 1976 la ONU la instituyó como Día Internacional de la Mujer.

Con el paso del tiempo y el empuje del movimiento feminista es posible que se haya diluido este origen reivindicativo y de lucha obrera. Lo que está claro es que, a pesar de haber pasado tanto tiempo, las condiciones y las circunstancias en muchos países, incluidos algunos del denominado Primer Mundo, no han cambiado y siguen existiendo los argumentos suficientes como para que ese espíritu de lucha y reivindicación se pierdan.

 

Diferentes realidades.

Así pues, si tenemos en cuenta el contexto y las circunstancias de cada lugar, el 8 de marzo tiene un sentido distinto en los países desarrollados y en los países empobrecidos. Aunque por encima de estas diferencias flota una situación de desigualdad cultural que nace y se sustenta en unas leyes y en unas costumbres en las que la desigualdad entre hombres y mujeres es enorme, en algunos casos insoportables.

En el mundo rico, a pesar de los indudables avances y mejoras que se han producido, estamos pendientes de alcanzar una verdadera igualdad entre hombres y mujeres. Es preciso acabar situaciones de machismo no solo latentes sino algunas de ellas muy presentes entre nosotros. Entre otros  podemos recordar:
  • El papel de la mujer, en muchas de ellas limitado casi en exclusiva a su papel de ama de casa y cuidadora de la familia.
  • La utilización de la imagen de la mujer en la publicidad como simple objeto de deseo.
  • El papel que la mujer ocupa en las relaciones de pareja. Este hecho es cada vez más preocupante en el caso de muchas jóvenes, que aceptan y consideran “normal” comportamientos machistas de sus compañeros y parejas.
Estas circunstancias tienen como consecuencia dramática la violencia contra las mujeres. Una violencia que no solo es la violencia física, sino que también engloba la violencia en forma de acoso. Y como no, la violencia que sigue provocando decenas de mujeres muertas a manos de sus parejas en nuestro país. Unos datos que lejos de ir disminuyendo aumenta de forma alarmante.

Esta violencia machista no es más que la constatación de unos valores educativos y culturales en los que prima la diferencia entre hombres y mujeres. Aún muchas chicos y chicas son educados y viven en contextos familiares en los que las diferencias entre ambos sexos son vistas con toda normalidad. Y ellos no hacen más que repetir estos comportamientos que, en muchísimas ocasiones son exaltados y amplificados por los medios de comunicación.

Pero además de esta realidad social y cultural, se produce una diferencia entre hombres y mujeres en contextos en los que las ley tendría que velar por la igualdad entre los géneros. Las mujeres, aunque haya pasado tiempo y se haya luchado tanto, siguen trabajando en condiciones de precariedad con respecto a muchos hombres. Y esto no ocurre en los países del Tercer Mundo, sino aquí mismo, entre nosotros. Así lo vienen denunciando desde hace años los sindicatos y las asociaciones de mujeres. En nuestro país, donde esperaríamos que la ley fuese igual para todos, donde los convenios laborales debían asegurar que no se produzcan las diferencias de sueldos y de condiciones laborales entre hombres y mujeres, se siguen dando situaciones de desigualdad y discriminación hacia las mujeres. Solo hace falta leer los periódicos o mirar hacia a nuestro alrededor para comprobar estas diferencias, para comprobar como sigue habiendo empresas que penalizan a la mujer por el hecho de serlo, por el hecho de ser madres, por el hecho de tener que compaginar su trabajo con su otro trabajo en el hogar. Y por esos trabajos, incluso, muchas cobran mucho menos, están en riesgo permanente de ser despedidas. Concretamente, UGT denunció que:

  • El año pasado la brecha salarial entre hombres y mujeres en el sector privado es de casi el 29%, es decir, que un hombre puede llegar a ganar 1/3 más que una mujer desempeñando el mismo trabajo.
  • Un 159% más de mujeres que de hombres cobran el salario mínimo interprofesional que rondaba los 645 euros.
  • El trabajo precario de nuestro país, más del 80% lo desempeñan las mujeres.
  • La brecha salarial se acentúa en el caso de los sectores que exigen menos cualificación profesional que están mucho más feminizados, alcanzando un 80% de mujeres en los mismos y cobrando un 31% menos de salario que los hombres.
  • La formación no asegura la igualdad ya que un varón sin estudios puede cobrar una media de 18.100 euros anuales mientras que una mujer necesita un título de FP o incluso un grado universitario para alcanzar esta misma cantidad.

Por tanto, datos como los anteriores, demuestran que sigue existiendo desigualdad en el mundo laboral y que con motivo de la crisis se ha agravado. La reforma laboral y la del sistema de la Seguridad Social están suponiendo una importante pérdida de derechos y protecciones en los eslabones más débiles de los trabajadores y trabajadoras.

                                                     
 Pero como decíamos al principio, con ser grave esta situación de discriminación y diferencias entre hombres y mujeres donde, realmente, se hacen insoportables es en los países empobrecidos. En ellos, más que insoportable es dramática. En estos casos las condiciones de vida son insoportables para todos, pero para las mujeres se agravan hasta tal punto de convertirlas, junto con los niños, en los más vulnerables de los vulnerables. A ello, hay que unir elementos culturales y religiosos que las apartan de la educación y las convierten en seres inferiores. Sirvan de ejemplo la situación de las mujeres obligadas a ocultarse bajo el burka y marginadas socialmente en muchos países árabes, las mujeres, en muchos casos niñas, obligadas a la prostitución en países como la India y la correspondiente hipocresía de los turistas sexuales que desde los países ricos acuden a estos lugares; las niñas mutiladas por una sádica costumbre como es la ablación del clítoris, etc... En todos estos casos, la cultura machista ve a la mujer siempre como transmisora del pecado a la cual hay que ocultar y condenar. Son, como dicen las leyendas y mitos centroamericanos luces malas que por las noches acechan a los caminantes. 

 
 Y los números no hacen más que avalar estas situaciones de injusticia hacia las mujeres. Porque mujeres son la mitad de los 1.300 millones de personas que sufren de pobreza extrema; porque mujeres son los 2/3 de analfabetos del planeta; porque mujeres son los dos millones de personas que sufren abuso sexual y comercio humano, mujeres son....

De todos estos datos podemos sacar algunas conclusiones:

Que vivimos en un mundo totalmente injusto, regido por un sistema sustentado en desigualdades extremas que se ceban especialmente con las mujeres. Las causas de este orden perverso y criminal no es consecuencia de una plaga o de una catástrofe natural sino que tiene nombres y apellidos: la avaricia de un sistema que se basa en la acumulación de riqueza y de poder en pocas manos y que condena a la pobreza a la mayoría.

Que los gobiernos del mundo no hacen nada por cambiar este sistema y han dejado en manos del capital el futuro de la Humanidad sin que, a corto o medio plazo, haya visos de cambiar esta realidad. Esta situación se ha producido gracias a un proceso de desmovilización de la sociedad, especialmente en los países ricos, que ha permitido que el poder se ceda a los dueños del capital, que se elimine cualquier control sobre sus actos.

Que la mujer sufre de manera directa y más grave todas estas situaciones de injusticia y desigualdad porque vivimos en un mundo inmerso en un sistema de valores en los que prevalecen la idea de su inferioridad. Una mentalidad machista que ni siquiera ha sido superada en los países ricos.

Que aunque parezca que hemos avanzado mucho no podemos bajar la guardia. Es alarmante como, entre los jóvenes, no sólo no desaparece el machismo sino que se acentúe en determinados aspectos. En este sentido, sigue siendo la educación, tanto en la familia como en la escuela, el único antídoto contra esta lacra. 

Que la única salida sigue siendo la movilización y la lucha. El ejemplo de aquellas mujeres asesinadas en la fábrica porque pedían mejores salariales y condiciones de trabajo más dignas deja claro que es la única forma de arrancar derechos y mejoras.