Un año más, la fecha
del 14 de abril nos invita no solo a mirar atrás para recordar un
acontecimiento histórico que pudo haber significado la definitiva
superación del atraso que venía arrastrando nuestro país durante
siglos; sino que es una oportunidad para valorar su vigencia y su
necesidad.
Aquel día, tras el
triunfo de las candidaturas republicanas en las elecciones
municipales, el rey Alfonso XII salió camino del exilio. Era
consciente de la precariedad y de la debilidad en la que había
quedado y entendió que abandonar el poder era la única salida. La
II República era una realidad.
La II República no tuvo
un recorrido fácil. Desde su proclamación quedaron claras no ya
las dificultades a las que tendría que enfrentarse, sino sobre todo,
sus enemigos. Estos eran los poderes que intentaron, por todos los
medios, hacer fracasar esa esperanza. Pero no fueron solo enemigos
externos sino también internos, que se evidenciaron en forma de
enfrentamientos y diferencias que la debilitaron. Pronto quedó
patente que en España a cualquier posibilidad de cambio sale a su
encuentro la obsesión por mantener los privilegios y los principios
eternos desde los que algunos creen que solo se puede construir un
país. Al igual que ocurriera en otras ocasiones, a los aires nuevos
respondieron con la defensa de esas “cadenas” que reivindicaban
los seguidores de Fernando VII, para defender el más rancio
absolutismo frente a los aires renovadores de los liberales de
principios del siglo XIX.
La II República había
sido posible, entre otros muchos factores, gracias al impulso de un
grupo de políticos e intelectuales que durante décadas había
venido denunciando las deficiencias y las limitaciones del sistema
monárquico de la Restauración. Las sucesivas crisis económicas,
sociales y políticas dejaban ver que el sistema de turno de
partidos de inspiración canovista no era más que un intento de
mantener el poder en manos de dos partidos que se intercambiaban el
poder gracias a un sistema electoral amañado con el único objetivo
de que nada cambiase. En este sentido, guarda demasiados paralelismos
con el bipartidismo implantado en las décadas que llevamos de
democracia tras la muerte de Franco. Para mantener ese sistema solo
era necesario mantener una tupida red de intereses al frente de la
cual estaba el cacique, que garantizaba que se cumpliesen los
pronósticos manipulando la voluntad de los ciudadanos con derecho a
voto. Ese señor, que como cantara el poeta “augura que
volverán los liberales/ cual torna la cigüeña al campanario”
Estos hombres y algunas
mujeres articularon una alternativa que pasaba por la instauración
del sistema republicano que trajese a España todo aquello que el
conservadurismo -con el apoyo del ejército, el poder económico y la
Iglesia- había negado al país y que lo había condenado a un
atraso muy importante con respecto a otros países europeos. Desde
distintas posturas políticas soñaban con un país nuevo. La
manifestación de ese sueño fue la formación de los primeros
gobiernos republicanos y la redacción, no sin dificultades, de la
Constitución de 1931. Una constitución que recogía en su
articulado principios que más tarde serían recuperados por la
Constitución de 1978.
Testimonio de aquella
esperanza es, además de la imagen de la Puerta del Sol de Madrid,
desde entonces icono del triunfo de la República, la del mismísimo
Antonio Machado, acompañado de otros viejos republicanos, izando la
bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento de Segovia. El
mismo poeta, año más tarde, recordará, en su libro Juan de
Mairena, con emoción aquel momento:
“Aquellas horas, Dios mío, tejidas todas ellas con el hilo de la esperanza, cuando unos pocos viejos republicanos izamos la bandera tricolor en el Ayuntamiento de Segovia. Recordemos, acerquemos otra vez aquellas horas a nuestro corazón. Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros, la primavera traía a nuestra República de la mano”
La esperanza de la
república no era otra que la esperanza de recoger el fruto de la
siembra anterior. De la siembra, si acaso elitista, de un grupo de
pensadores e intelectuales al calor de las ideas y del impulso de la
Institución Libre de Enseñanza. Entre otros hay que recordar a
hombres como Julián Besteiro, Fernando de los Ríos, el propio
Machado, etc… A pesar de las reticencias y de la oposición de
algunos de los principios recogidos en la Constitución de 1931
respecto a las ideas de la Institución es evidente que una buena
parte de los políticos y personajes más destacados de los primeros
tiempos de la II República habían estado directamente relacionados
con la misma. Por fin parecía que en España fructicaba algo nuevo,
que nos acercaba a una modernidad tantas veces negada.
La nueva república echa
a andar y a dar sus primeros frutos. Después de duros debates, el
Parlamento aprueba en 1931 del sufragio universal. Esta conquista
para las mujeres se alcanza tras el apasionado debate entre dos
mujeres: Clara Campoamor y Victoria Kent. La primera defensora del
derecho al voto de las mujeres y la segunda, junto a otras mujeres
socialistas o anarquistas que veían en ello un riesgo para la propia
República. Otros avances como la aprobación de la ley del Divorcio,
la separación Iglesia-Estado, la libertad de prensa, de asociación,
de opinión, etc. Pero sin duda, el primer gran acierto de esta
primera etapa de la II República fue la reforma de la educación.
En el programa de reformas republicano la mejora de la educación era
una prioridad que quedó de manifiesto en la creación de escuelas,
la extensión de la educación a las zonas rurales, la mejora en la
formación de los maestros y maestras, el impulso a la
alfabetización, las Misiones Pedagógicas, etc.
Pero todo no sería tan
fácil. Los enemigos no se quedaron de brazos cruzados. Casi desde su
proclamación, la II República comenzó a tener múltiples problemas
que acabarán por convertirla en el territorio abonado para el
enfrentamiento más allá de la disputa que en un sistema democrático
no solo es legítimo, sino hasta saludable. No es mi intención en
este momento buscar y analizar las causas que llevaron al fracaso de
la república. Me gustaría, por el contrario, mirar hacia el futuro,
proyectar la experiencia de lo que supuso ese momento histórico con
el momento actual y contemplar la república, en este caso la III
República, como otra esperanza en la actual situación política y
social.
Porque hoy es posible y
necesaria otra experiencia como la de aquel 14 de abril de 1931. Hoy
es necesario, en la actual situación de crisis, que la sociedad
española alcance la mayoría de edad política y se le permita
manifestar libremente su posición frente al dilema monarquía/
república.
Y es preciso ahora porque
estamos viviendo una situación también convulsa. Una situación en
la que los valores de la democracia -más bien formal- se tambalean
como consecuencia de una crisis que nos han vendido como una crisis
económica y que es, realmente, mucho más que eso. Vivimos una
crisis del propio sistema. Una crisis en la que los derechos de los
ciudadanos están siendo puestos en cuestión, cuando no bruscamente
lapidados. Vivimos una democracia que está manifestando sus
debilidades. Debilidades muchas de ellas que vienen de la manera en
que nació en 1978, bajo la amenaza constante de los fusiles de un
ejército que velaba para que aquello de “todo atado y bien atado”
no fuese una simple ocurrencia del dictador sino una realidad. Porque
solo los más obtusos siguen negando que la actual democracia nació
condicionada por cuarenta años de dictadura, de terror y de miedo.
Una democracia que nació con la imposición de un Jefe del Estado
nombrado por Franco. Fue una transición, tantas veces bendecida y
alabada, que tuvo la virtud y el acierto de enterrar a una dictadura,
pero que para que ese entierro fuese posible fueron necesarias
demasiadas renuncias, y casi todas por parte de los mismos. Fueron
sacrificadas reivindicaciones históricas en aras de la democracia,
de la estabilidad, de la paz, de alejar la posibilidad de una nueva
guerra civil. Y a cambio de todo eso, silencio.
Por eso aquella pregunta
que se le debió hacer al pueblo español en aquel momento es
pertinente ahora. Por eso, ese dilema entre monarquía o república
es una disyuntiva que no debería asustar a nadie, ni levantar viejos
fantasmas hoy superados. Creo que es una pregunta pertinente no
porque quiera recuperar ni banderas ni ideas del pasado, sino porque
pienso que los valores que movieron a aquellos hombres y mujeres son
perfectamente válidos para los de hoy en día. Porque república es
sinónimo de democracia con mayúsculas. No concibo la democracia
bajo otro sistema que no sea ese, donde absolutamente todas las
autoridades del Estado sean elegidas democráticamente por los
ciudadanos a través del sufragio universal. República y democracia
son sinónimos porque todos los ciudadanos tenemos los mismos
derechos y obligaciones independientemente de nuestro origen, nuestro
apellido o la historia de nuestra familia.
Pero también porque
ahora, aprendiendo de los errores de todo este tiempo, debemos
afrontar una serie de cambios que hagan que nuestra democracia sea
real y verdadera. Una democracia en la que se consagre el principio
de un hombre un voto. Una democracia en la que los ciudadanos no
veamos que día tras día las grandes decisiones que nos afectan a
todos sean tomadas por personas que no han sido elegidas por las
urnas y que no representan, por tanto, la voluntad de los pueblos.
Una democracia en la que se garanticen de manera efectiva los
derechos básicos de trabajo,
vivienda, educación, sanidad universal por encima del pago de la deuda. Una democracia que afronte el respeto a la diversidad de los pueblos y sus culturas; que consolide los derechos civiles, que garantice que la riqueza del país está al servicio de todos, que respete el Derecho Internacional, etc.... Todos estos principios, están recogidos en nuestra Constitución, pero muchos de ellos no son más que simples palabras y no realidades.
vivienda, educación, sanidad universal por encima del pago de la deuda. Una democracia que afronte el respeto a la diversidad de los pueblos y sus culturas; que consolide los derechos civiles, que garantice que la riqueza del país está al servicio de todos, que respete el Derecho Internacional, etc.... Todos estos principios, están recogidos en nuestra Constitución, pero muchos de ellos no son más que simples palabras y no realidades.
Estos principios básicos
deberían servir para superar esta situación de crisis no solo
económica, sino de valores. Una situación que nos ha traído unos
niveles de corrupción insoportables, que está haciendo que muchos
ciudadanos pierden la ilusión y la esperanza.
En este sentido, hay que
tener muy claro que un sistema republicano no es patrimonio de
ninguna ideología. Bien es cierto que la reivindicación de la
república ha sido una bandera tradicional de la izquierda española
porque fue a quien, en definitiva, le fue arrancada a partir del
golpe de estado de julio del 36 y la posterior guerra civil. Pero
república y los valores republicanos no son patrimonio ni de la
izquierda ni de la derecha. Son patrimonio de una sociedad que
quiera avanzar y profundizar en la democracia a través del sistema
político que mejor la representa.
Ojalá que algún día
-más pronto que tarde- podamos izar de nuevo en los balcones la
bandera de la República. Ya sea la tricolor o del color que sea,
pues las banderas son lo de menos. Ojalá podamos izarla y recordar
aquellas palabras del poeta, recordando la llegada de una nueva
primavera, una nueva luz y una esperanza nueva.
SALUD Y REPÚBLICA














