jueves, 14 de abril de 2016

POR UNA NUEVA PRIMAVERA, POR UNA NUEVA ESPERANZA

Un año más, la fecha del 14 de abril nos invita no solo a mirar atrás para recordar un acontecimiento histórico que pudo haber significado la definitiva superación del atraso que venía arrastrando nuestro país durante siglos; sino que es una oportunidad para valorar su vigencia y su necesidad.

Aquel día, tras el triunfo de las candidaturas republicanas en las elecciones municipales, el rey Alfonso XII salió camino del exilio. Era consciente de la precariedad y de la debilidad en la que había quedado y entendió que abandonar el poder era la única salida. La II República era una realidad.

La II República no tuvo un recorrido fácil. Desde su proclamación quedaron claras no ya las dificultades a las que tendría que enfrentarse, sino sobre todo, sus enemigos. Estos eran los poderes que intentaron, por todos los medios, hacer fracasar esa esperanza. Pero no fueron solo enemigos externos sino también internos, que se evidenciaron en forma de enfrentamientos y diferencias que la debilitaron. Pronto quedó patente que en España a cualquier posibilidad de cambio sale a su encuentro la obsesión por mantener los privilegios y los principios eternos desde los que algunos creen que solo se puede construir un país. Al igual que ocurriera en otras ocasiones, a los aires nuevos respondieron con la defensa de esas “cadenas” que reivindicaban los seguidores de Fernando VII, para defender el más rancio absolutismo frente a los aires renovadores de los liberales de principios del siglo XIX.

La II República había sido posible, entre otros muchos factores, gracias al impulso de un grupo de políticos e intelectuales que durante décadas había venido denunciando las deficiencias y las limitaciones del sistema monárquico de la Restauración. Las sucesivas crisis económicas, sociales y políticas dejaban ver que el sistema de turno de partidos de inspiración canovista no era más que un intento de mantener el poder en manos de dos partidos que se intercambiaban el poder gracias a un sistema electoral amañado con el único objetivo de que nada cambiase. En este sentido, guarda demasiados paralelismos con el bipartidismo implantado en las décadas que llevamos de democracia tras la muerte de Franco. Para mantener ese sistema solo era necesario mantener una tupida red de intereses al frente de la cual estaba el cacique, que garantizaba que se cumpliesen los pronósticos manipulando la voluntad de los ciudadanos con derecho a voto. Ese señor, que como cantara el poeta “augura que volverán los liberales/ cual torna la cigüeña al campanario”

Estos hombres y algunas mujeres articularon una alternativa que pasaba por la instauración del sistema republicano que trajese a España todo aquello que el conservadurismo -con el apoyo del ejército, el poder económico y la Iglesia- había negado al país y que lo había condenado a un atraso muy importante con respecto a otros países europeos. Desde distintas posturas políticas soñaban con un país nuevo. La manifestación de ese sueño fue la formación de los primeros gobiernos republicanos y la redacción, no sin dificultades, de la Constitución de 1931. Una constitución que recogía en su articulado principios que más tarde serían recuperados por la Constitución de 1978.

Testimonio de aquella esperanza es, además de la imagen de la Puerta del Sol de Madrid, desde entonces icono del triunfo de la República, la del mismísimo Antonio Machado, acompañado de otros viejos republicanos, izando la bandera republicana en el balcón del Ayuntamiento de Segovia. El mismo poeta, año más tarde, recordará, en su libro Juan de Mairena, con emoción aquel momento:

Aquellas horas, Dios mío, tejidas todas ellas con el hilo de la esperanza, cuando unos pocos viejos republicanos izamos la bandera tricolor en el Ayuntamiento de Segovia. Recordemos, acerquemos otra vez aquellas horas a nuestro corazón. Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros, la primavera traía a nuestra República de la mano”

La esperanza de la república no era otra que la esperanza de recoger el fruto de la siembra anterior. De la siembra, si acaso elitista, de un grupo de pensadores e intelectuales al calor de las ideas y del impulso de la Institución Libre de Enseñanza. Entre otros hay que recordar a hombres como Julián Besteiro, Fernando de los Ríos, el propio Machado, etc… A pesar de las reticencias y de la oposición de algunos de los principios recogidos en la Constitución de 1931 respecto a las ideas de la Institución es evidente que una buena parte de los políticos y personajes más destacados de los primeros tiempos de la II República habían estado directamente relacionados con la misma. Por fin parecía que en España fructicaba algo nuevo, que nos acercaba a una modernidad tantas veces negada.


La nueva república echa a andar y a dar sus primeros frutos. Después de duros debates, el Parlamento aprueba en 1931 del sufragio universal. Esta conquista para las mujeres se alcanza tras el apasionado debate entre dos mujeres: Clara Campoamor y Victoria Kent. La primera defensora del derecho al voto de las mujeres y la segunda, junto a otras mujeres socialistas o anarquistas que veían en ello un riesgo para la propia República. Otros avances como la aprobación de la ley del Divorcio, la separación Iglesia-Estado, la libertad de prensa, de asociación, de opinión, etc. Pero sin duda, el primer gran acierto de esta primera etapa de la II República fue la reforma de la educación. En el programa de reformas republicano la mejora de la educación era una prioridad que quedó de manifiesto en la creación de escuelas, la extensión de la educación a las zonas rurales, la mejora en la formación de los maestros y maestras, el impulso a la alfabetización, las Misiones Pedagógicas, etc.



Pero todo no sería tan fácil. Los enemigos no se quedaron de brazos cruzados. Casi desde su proclamación, la II República comenzó a tener múltiples problemas que acabarán por convertirla en el territorio abonado para el enfrentamiento más allá de la disputa que en un sistema democrático no solo es legítimo, sino hasta saludable. No es mi intención en este momento buscar y analizar las causas que llevaron al fracaso de la república. Me gustaría, por el contrario, mirar hacia el futuro, proyectar la experiencia de lo que supuso ese momento histórico con el momento actual y contemplar la república, en este caso la III República, como otra esperanza en la actual situación política y social.
Porque hoy es posible y necesaria otra experiencia como la de aquel 14 de abril de 1931. Hoy es necesario, en la actual situación de crisis, que la sociedad española alcance la mayoría de edad política y se le permita manifestar libremente su posición frente al dilema monarquía/ república.

Y es preciso ahora porque estamos viviendo una situación también convulsa. Una situación en la que los valores de la democracia -más bien formal- se tambalean como consecuencia de una crisis que nos han vendido como una crisis económica y que es, realmente, mucho más que eso. Vivimos una crisis del propio sistema. Una crisis en la que los derechos de los ciudadanos están siendo puestos en cuestión, cuando no bruscamente lapidados. Vivimos una democracia que está manifestando sus debilidades. Debilidades muchas de ellas que vienen de la manera en que nació en 1978, bajo la amenaza constante de los fusiles de un ejército que velaba para que aquello de “todo atado y bien atado” no fuese una simple ocurrencia del dictador sino una realidad. Porque solo los más obtusos siguen negando que la actual democracia nació condicionada por cuarenta años de dictadura, de terror y de miedo. Una democracia que nació con la imposición de un Jefe del Estado nombrado por Franco. Fue una transición, tantas veces bendecida y alabada, que tuvo la virtud y el acierto de enterrar a una dictadura, pero que para que ese entierro fuese posible fueron necesarias demasiadas renuncias, y casi todas por parte de los mismos. Fueron sacrificadas reivindicaciones históricas en aras de la democracia, de la estabilidad, de la paz, de alejar la posibilidad de una nueva guerra civil. Y a cambio de todo eso, silencio.

Por eso aquella pregunta que se le debió hacer al pueblo español en aquel momento es pertinente ahora. Por eso, ese dilema entre monarquía o república es una disyuntiva que no debería asustar a nadie, ni levantar viejos fantasmas hoy superados. Creo que es una pregunta pertinente no porque quiera recuperar ni banderas ni ideas del pasado, sino porque pienso que los valores que movieron a aquellos hombres y mujeres son perfectamente válidos para los de hoy en día. Porque república es sinónimo de democracia con mayúsculas. No concibo la democracia bajo otro sistema que no sea ese, donde absolutamente todas las autoridades del Estado sean elegidas democráticamente por los ciudadanos a través del sufragio universal. República y democracia son sinónimos porque todos los ciudadanos tenemos los mismos derechos y obligaciones independientemente de nuestro origen, nuestro apellido o la historia de nuestra familia.

Pero también porque ahora, aprendiendo de los errores de todo este tiempo, debemos afrontar una serie de cambios que hagan que nuestra democracia sea real y verdadera. Una democracia en la que se consagre el principio de un hombre un voto. Una democracia en la que los ciudadanos no veamos que día tras día las grandes decisiones que nos afectan a todos sean tomadas por personas que no han sido elegidas por las urnas y que no representan, por tanto, la voluntad de los pueblos. Una democracia en la que se garanticen de manera efectiva los derechos básicos de trabajo,
vivienda, educación, sanidad universal por encima del pago de la deuda. Una democracia que afronte el respeto a la diversidad de los pueblos y sus culturas; que consolide los derechos civiles, que garantice que la riqueza del país está al servicio de todos, que respete el Derecho Internacional, etc.... Todos estos principios, están recogidos en nuestra Constitución, pero muchos de ellos no son más que simples palabras y no realidades.

Estos principios básicos deberían servir para superar esta situación de crisis no solo económica, sino de valores. Una situación que nos ha traído unos niveles de corrupción insoportables, que está haciendo que muchos ciudadanos pierden la ilusión y la esperanza.

En este sentido, hay que tener muy claro que un sistema republicano no es patrimonio de ninguna ideología. Bien es cierto que la reivindicación de la república ha sido una bandera tradicional de la izquierda española porque fue a quien, en definitiva, le fue arrancada a partir del golpe de estado de julio del 36 y la posterior guerra civil. Pero república y los valores republicanos no son patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha. Son patrimonio de una sociedad que quiera avanzar y profundizar en la democracia a través del sistema político que mejor la representa.

Ojalá que algún día -más pronto que tarde- podamos izar de nuevo en los balcones la bandera de la República. Ya sea la tricolor o del color que sea, pues las banderas son lo de menos. Ojalá podamos izarla y recordar aquellas palabras del poeta, recordando la llegada de una nueva primavera, una nueva luz y una esperanza nueva.


SALUD Y REPÚBLICA

domingo, 14 de febrero de 2016

La política como espectáculo.




"La frivolidad consiste en tener una tabla de valores
invertida o desequilibrada en la que la forma importa
más que el contenido, la apariencia más que la esencia
y en la que el gesto y el desplante -la representación-
hacen las veces de sentimientos e ideas”

María Vargas Llosa

La civilización del espéctaculo.

El medio es el mensaje”
Marshal Mc Luhan



Que todo está cambiando a una velocidad de vértigo gracias a las nuevas tecnologías de la información (TIC) es una obviedad. En este proceso de cambio observamos que lo que durante décadas ha funcionado tiene que adaptarse a una nueva realidad; otras, simplemente, caminan hacia la desaparición o a convertirse en algo testimonial.

Entre los cambios en los que estamos inmersos, hay que destacar los que se están produciendo en la manera en la que se informa de cualquier hecho, pero de una manera muy especial, en la forma en que se transmite la información política. Este proceso se había iniciado mucho antes; concretamente, con el nacimiento de la televisión. Desde su nacimiento, ésta se había convertido en el gran escaparate desde el que la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas accede a la información. Y teniendo en cuenta que el medio televisivo se basa en la imagen y en las particularidades de su lenguaje tan específico, el fin último no es tanto la reflexión sino más bien el espectáculo. La transmisión de la información en la televisión está basada en la imagen que es recibida por el espectador de forma pasiva, sin que precise un esfuerzo como el necesario para, por ejemplo, la lectura. Igualmente, la imagen, con su carácter vicario, seleccionada previamente, es también más fácil de manipular y, por tanto, de alcanzar su fin último.


Paulatinamente, el debate político ha dejado de producirse exclusivamente en medios como la prensa o la radio, para convertirse en una baza cada vez más importante de las programaciones de algunos canales de televisión. Sin embargo, algo que en un principio debería ser algo positivo se ha transmutado, en muy poco tiempo, en un motivo de preocupación tanto por las formas como por la profundidad de los debates que se producen en la mayoría de los programas, o al menos en los más vistos. En este sentido, tras un modelo de información y debate político que busca la lógica pluralidad y la objetividad, en lo que ha derivado ha sido en un espectáculo más, y, en demasiadas ocasiones, de una vulgaridad más propia de otros programas que, sin rubor alguno, se tachan de telebasura.

En el contexto de una movilización social que surgió en nuestro país a partir de las consecuencias de la crisis y de movimientos sociales como el 15-M muchos canales de televisión vieron en esta nueva situación un indudable filón. La preocupación por los problemas sociales se había disparado. La presencia de algo tan poco habitual hasta entonces en una televisión como un economista se convirtió en un momento de máxima audiencia. Y así, poco a poco, los canales privados fueron sustituyendo los programas que copaban la noche de los sábados por programas de debate político que se prolongan hasta altas horas de la madrugada. Sin embargo, desde su origen, con el pretexto de la necesidad de utilizar un lenguaje televisivo, más ágil y dinámico, los platós se tornaron en circos, que han sustituido el debate surgido durante aquellas semanas en las plazas de las grandes ciudades españolas. Y así, en muy poco tiempo, aquellas asambleas y las discusiones que tanta ilusión y tanta esperanza levantaron en una sociedad hasta entonces demasiado adormecida, fueron sustituidos por el enfrentamiento, muchas veces barriobajero, entre políticos y periodistas que miden sus fuerzas con el grito, el insulto y mensajes trazados con brocha gorda que impiden al espectador conocer otros argumentos que no sean los de los argumentarios diseñados por los partidos políticos y transmitidos en directo a través de los dispositivos de los que no se separan en ningún momento.

Y este modelo está pensado para obtener audiencia. No debemos engañarnos. Está demostrado que a mayor nivel de ruido, de grito, de insulto – otra razón no explica la presencia de Eduardo Inda-, y de descalificación mayor es el nivel de audiencia. Y, en última instancia, los canales de televisión lo que buscan es eso: mejorar sus audiencia y sus ingresos por publicidad. Además de, lógicamente, plantear un equilibrio que refleje la línea ideológica que defienden como empresas. Sin ir más lejos, la presencia de un personaje como Marhuenda en los programas de La Sexta va más allá su “finura intelectual” y su capacidad de defensa de las tesis y políticas del PP, y responde a la cuota de representación de la ideología que, en última instancia, defiende el grupo Planeta, accionista mayoritario de La Sexta, para algunos paradigma de la televisón progresista de nuestro país. En este sentido, simplemente habría que preguntarse si en el periodismo español no hay ejemplos de periodistas conservadores de una finura intelectual y de una capacidad mucho mayor que el director de La Razón. Evidentemente que los hay, sin embargo, los vasos comunicantes entre La Razón y La Sexta no son otros que la pertenencia al mismo grupo de comunicación, liderado por Planeta. Y eso, el espectador muchas veces o no lo sabe o no lo tiene en cuenta para entender el formato, el tono y las personas que intervienen en esas tertulias o debates.

Este tipo de debate en el que prima espectáculo, el griterio frente al argumento sosegado, a la confrontación de ideas y de argumentos ha triunfado en una sociedad que exige este tipo de mensajes. Mensajes breves, superficiales -cuya máxima representación son los 140 caracteres de un tuit- dirigidos a lo emocional. Atrás quedan otros modelos, más aburridos, por supuesto, pero imprescindibles si lo que se pretende es formar una conciencia crítica y una formación política más consciente. No es que quiera convertirme en un nostálgico, pero no haría falta ahora mismo en nuestro país un debate como La Clave como espacio de diálogo y discusión. En este sentido, la televisión pública tampoco ejerce su labor. Se ha entragado a un modelo de televisión que es una copia de los modelos de las televisiones privadas con las que quiere competir por la audiencia.

Así pues, una vez más podemos ver como tras una ilusión lo que nos encontramos es con un nuevo fracaso. Cuando la sociedad parecía despertar de su letargo y de su indiferencia, cuando millones de personas estaban sedientos de información y de opiniones, cuando necesitan ver reflejadas sus preocupaciones en los medios de comunicación; lo que se han encontrado ha sido en medio de un espectáculo que los ha arrastrado hacia la mediocridad, hacia una realidad impostada que disfraza de debate lo que en realidad es puro juego. Y en ello, los responsables no solo son los medios de comunicación y los periodistas. Una parte de culpa muy importante la tienen los políticos que han visto en este tipo de programas una posibilidad de seguir transmitiendo más que ideas y argumentos simple propaganda. Han visto una posibilidad no de enriquecer a la sociedad sino de aprovechar estas plataformas con fines partidista, en los que el único objetivo ha sido arañar votos.

martes, 29 de diciembre de 2015

NUESTRO PRINCIPAL ERROR: LA INGENUIDAD



El mundo está sufriendo un alarmante desprestigio de la dignidad. Los indignos, que son los que en el mundo mandan, dicen que lo indignados somos prehistóricos, nostálgicos, románticos, negadores de la realidad.
¿Pero acaso no son reales las mujeres y los hombres que han luchado y luchan por cambiar la realidad, los que han creído y creen que la realidad no exige obediencia?
Hemos venido a deciros que valió la pena. La realidad es real porque nos invita a cambiarla y no porque nos obliga a aceptarla. Ella abre espacios de libertad y no necesariamente nos encierra en las jaulas de la fatalidad. La realidad es un desafío, no estamos condenados a elegir entre lo mismo y lo mismo.
Tenemos las manos vacías, pero las manos son nuestras.
Eduardo Galeano.

 
Tras las elecciones del pasado 20-D es preciso, por supuesto, hacer un análisis de lo ocurrido para aprender de los errores. Es lógico que no podamos conformarnos con unos resultados que no son los que deseábamos, pero que están por encima de lo que las encuestas nos daban hace solo unos meses. No podemos conformarnos con unos resultados que no nos permiten ni siquiera mantener un grupo parlamentario. A lo largo de todos estos años, algo hemos venido haciendo mal para que los votantes nos hayan dado entendido nuestro mensaje y nos hayan dado la espalada. Es evidente que se han hecho muchas cosas mal. Si queremos encarar el futuro debemos ser capaces sacar las conclusiones pertinentes, corregir los errores y mirar hacia el futuro.

El primer error que, desde mi punto de vista, hemos cometido ha sido el de no ser capaces de analizar, prever y valorar la importancia de lo que estaba ocurriendo en la sociedad española. No fuimos capaces de ser lo suficientemente ágiles para pensar que era el momento de iniciar un nuevo camino. Nos resistimos a pensar que fuese necesario una transformación tan radical que implicaba un cambio de siglas, un nuevo nombre y una nueva estrategia. Porque, en definitiva, ahí radicaba la esencia: en presentar una nueva marca, unos rostros más jóvenes, más mediáticos y con otras formas de hacer política.

Es cierto que desde hacía tiempo se hablaba de los movimientos que se estaban produciendo entre la ciudadanía. Quizá pecamos de optimistas y pensamos que esa actitud de rebeldía, de hartazgo y de indignación se podrían traducir en lucha y reivindicación, eso sí limitadas, dada la experiencia que años de lucha y reivindicación nos mostraban. Durante años, Izquierda Unida había sido una especie de “voz que gritaba en el desierto” denunciado muchas de las cuestiones que copaban los lemas de las pancartas que llenaron las plazas durante el mes de mayo de 2015 y que supusieron un hito en la historia de la democracia española. Esas denuncias y esos sueños habían aparecido, elección tras elección, en nuestros programas electorales sin demasiado éxito y sin demasiada atención por parte de la ciudadanía.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando pensábamos que haber sido los únicos que se habían opuesto a la modificación del artículo 135 de la Constitución que garantizaba el pago de la deuda antes que los derechos sociales fuese suficiente para que se nos reconociera por parte de los que comenzaban a sufrir los estragos de la crisis y de esta medida.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando creíamos que el haber sido casi los únicos que nos habíamos opuesto en la calle, en las huelgas y en el Parlamento las sucesivas reformas laborales -primero del PSOE y luego del PP- iba a ser suficiente para que los millones de trabajadores que experimentaban lo letal de estas medidas en forma de despidos y aumento de la precariedad nos reconocieran el esfuerzo y la coherencia.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando creíamos que nuestra presencia en las movilizaciones -mucho antes que el nacimiento de las mareas de tan diversos colores- y las huelgas planteadas en los últimos años, nuestro apoyo a los trabajadores inmersos en conflictos laborales iban a ser suficientes para que esas mismas personas mirasen hacia nosotros y nos reconocieran y agradecieran el esfuerzo y nuestro apoyo.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando durante años fuimos los que constantemente denunciamos los casos de corrupción que se generalizaban en nuestro país. Bien es cierto que denunciamos y luchamos contra la corrupción pero que fuimos poco ágiles en algunos casos de corrupción que nos han salpicado (tarjetas Black de Caja Madrid, fundamentalmente) y que nos han perjudicado a la larga. Creíamos que la labor de nuestros concejales en tantos pueblos y ciudades denunciando la corrupción de los grandes partidos sería suficiente para que se reconociera toda esa tarea, para que se tuviera en cuenta la exigencia con la que tratábamos a nuestros cargos públicos implicados en cualquier presunto delito como forma de coherencia. Sin embargo, parece que no fue suficiente que expulsáramos a esos sinvergüenzas, que disolviéramos federaciones completas y actuáramos contra los corruptos con la misma exigencia que pedíamos a los demás. No fue suficiente, siempre es poco.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando pensamos que denunciar leyes como la Ley de costas, el abuso de la construcción que había creado una burbuja que había estado en el origen de toda esta crisis. Nuestra apuesta por un modelo económico respetuoso con la protección del medio ambiente no fue suficiente. Parece que solo éramos válidos para que los ciudadanos afectados hicieran llegar sus quejas a nuestros concejales, sus exigencias para denunciaran en los plenos municipales o en los juzgados los abusos que se cometían en todos los lugares. Sólo éramos válidos para eso, para que esos cientos de hombres y mujeres pusieran la cara para que los poderes económicos se la partieran en forma insultos, descalificaciones o querellas judiciales.

Pecamos de ingenuos y optimistas cuando pensamos que sería suficiente llevar años planteando la necesidad de abrir espacios de diálogo a todas aquellas personas de izquierdas y progresistas que no se sentían representados por otras siglas. No lo fue. Nunca éramos lo suficientemente nuevos, suficientemente modernos. Siempre se nos acusaba de moderados o demasiados rompedores. Ahora, incluso, se nos acusa de falta de ambición. O quizás no tuvimos la suficiente cintura política para ceder, con audacia, ante las exigencias de un grupo de jóvenes profesores universitarios que quisieron un puesto en las listas de las últimas elecciones europeas. Ese fue nuestro gran error. No ser lo suficientemente ágiles y cambiar las normas que nos habíamos dado en nuestros estatutos. Ese día comenzamos a cavarnos nuestra tumba, ahí comenzó la venganza, todo el movimiento para acabar con una fuerza de izquierda que luego se convirtió en molesta para alcanzar un giro hacia el centro, hacia posiciones más tibias y cómodas para el poder.

En definitiva, pecamos de ingenuos y de optimistas. Pensábamos que todo nuestro trabajo sería valorado por una parte de la sociedad a la que habíamos intentado defender y apoyar. Pero no, no fue suficiente. Siempre se nos ha evaluado con exigencia, y el más mínimo error o incoherencia lo hemos pagado con creces.

No ha sido suficiente; y el afán de venganza y adanismo ha sido tal que nos ha llevado a presenciar el ejemplo de incoherencia más flagrante de la historia reciente: negar la posibilidad de hacer a nivel nacional lo que sí era posible en otros lugares como Galicia o Cataluña. En ambas comunidades ha sido posible la confluencia de las distintas fuerzas de izquierdas y en ellas participa Izquierda Unida. Mientras, en el resto de España esa misma fuerza política ha sido ninguneada y vapuleada con el apoyo y el silencio de los medios de comunicación.

No ha sido suficiente, nunca nada es suficiente. Y debe ser así, porque el inconformismo es lo que asegura la perseverancia en la lucha y en el trabajo. No fue, en su día, suficiente años de lucha en clandestinidad; años de sacrificio de presos políticos en las cárceles franquistas; no fue suficiente  la creación del movimiento sindical en pleno franquismo; no fue suficiente toda esa lucha. Al final, todo eso se convirtió en una pesada mochila que estorbaba. Era demasiado pesada e impedía, con su historia, el asalto a los cielos.


Pero muchos sabemos por qué fue insuficiente. Porque al final de todo, lo que sobra es el empeño de transformar de verdad un sistema que no terminamos de aceptar. Porque nuestro anhelo es construir una sociedad nueva y eso siempre ha sido y seguirá siendo peligroso. Es peligroso que seamos una fuerza organizada, que seamos militantes, pocos pero movilizados. Y eso resulta peligroso. Ahí, quizá, radican nuestra fuerza y nuestra debilidad. La fuerza que nos mantiene vivos, la memoria que nos ayuda a caminar todos los días.








sábado, 26 de diciembre de 2015




Un año más, puntual a su cita acude la Navidad. Acude con sus luces, sus adornos, sus comidas de empresa, de amigos o de conocidos. Con sus gastos financiados con las dichosas tarjetas que pagaremos en la terrible cuesta de enero. Con sus abrazos y felicitaciones impostadas, y también con las reales y sinceras. Con su gordo de la lotería convertido en la única esperanza de solucionar nuestros problemas. Con sus buenas intenciones, con sus gestos solidarios que intentan amortiguar una realidad que atormenta las conciencias. Con todo esto se presenta un año más la Navidad, cada vez más luminosa y brillante pero que oculta que todo tiene sentido porque en un mísero portal abandonado nació la esperanza de la Salvación. 



Y entre tanto,  ese portal se sigue convirtiendo en testimonio de esa misma esperanza ante tanto mal que inunda nuestro mundo. Hoy ese portal está ocupado por esos cientos de miles de personas que, huyendo de las guerras que consentimos y financiamos, llaman a nuestras puertas, y son rechazados por esta sociedad ensimismada y preocupada por mantenerse a flote a costa de lo que sea.

Hoy ese portal está ocupado por quienes ni siquiera tienen fuerzas para pegar en nuestras puertas porque bastante tienen con malvivir, o malmorir en sus lugares de origen. Por esos millones de personas que viven al sur del sur las consecuencias de un sistema económico injusto y destructivo.

Y también más cerca, entre nosotros. Ese portal está hoy ocupado por tantas mujeres que sufren,  muchas con sus vidas, las consecuencias de una sociedad y una educación machistas que perpetúa su discriminación.

 
Ese portal está ocupado por tantos miles de jóvenes sin futuro y sin esperanza. Unos porque son consecuencia del fracaso y el abandono escolar, otros porque, a pesar de estar preparados no tienen más remedio que abandonar sus lugares de origen en busca de un futuro. En cualquier caso, todos empujados a entrar en un mundo laboral cada vez más precario, con más inseguridad y  protección y que los convierte en “trabajadores pobres”, en mano de obra barata, angustiada y dispuesta a aceptar un trabajo en las condiciones que sea.

Ese portal está ocupado por tantas miles de familias que viven las consecuencias del paro, o de la precariedad laboral, de los recortes. Que han sufrido y siguen sufriendo los desahucios, aunque la propaganda  nos insista que estamos saliendo de la crisis.

A pesar de todo, las luces de la Navidad nos deberían recordar la buena noticia. Que la esperanza no está en todo esto que nos promete estas falsa felicidad, sino que está en el encuentro con el otro. Que la esperanza no está en esta felicidad superficial, bulliciosa y llena de carcajadas, sino en la alegría interior. Que la esperanza no está en esta vorágine de consumo que al final nos aísla y nos insensibiliza ante todo lo que nos rodea.

FELIZ NAVIDAD.

viernes, 25 de septiembre de 2015

LA CÁRCEL. OTRA FORMA DE MARGINACIÓN.


 
“A los presos, especialmente a los que desde el módulo 8 de la cárcel de 
Alhaurín de la Torre me han enseñado durante 
todos estos años a ver la realidad de la cárcel con otros ojos,
 y a contemplar sus vidas y sus experiencias 
desde un punto de vista más humano”

LA CÁRCEL. OTRA FORMA DE MARGINACIÓN.

 









jueves, 7 de mayo de 2015

UN PUEBLO CON MALA SUERTE


“Si hubiese que definir la democracia 
podría hacerse diciendo 
que es la sociedad en la cual 
no sólo es permitido
 sino exigido ser persona”
María Zambrano.

“La tiranía totalitaria no se edifica
 sobre las virtudes de los totalitarios
 sino sobre las faltas de los demócratas”
Albert Camus.

“Los políticos honrados se quitan de en medio 
cuando cae sobre ellos la sospecha”
Antonio Gala

Aunque no sea lo más adecuado hablar de buena o mala suerte puesto que el desarrollo de la historia es fruto de unas circunstancias concretas y de unos comportamientos bien individuales o bien colectivos, esta expresión coloquial puede ayudarles a entender la idea que quisiera desarrollar.


Nuestro pueblo ha sido un pueblo con mala suerte”. Si hacemos un repaso a la historia reciente estoy convencido de que nuestro pueblo, mi pueblo, ha tenido mala suerte. Y más allá del amor propio, tan necesario en algunas ocasiones, tampoco somos el mejor de los mundos. No creo que nos ayude a valorar la realidad hacerlo desde esa miopía en que muchas veces nos instalamos y que nos lleva a no observar sus matices, a reconocer que la perfección no existe y a que hay cosas tan buenas como las nuestras en otros muchos lugares. Para ello, como decía Unamuno refiriéndose al nacionalismo, no hay mejor receta que viajar y conocer otras realidades.

sábado, 11 de abril de 2015

GRACIAS POR TU COMPROMISO


Hace cuatro años, semana arriba o semana abajo, nos encontrábamos aquí mismo celebrando un acto parecido a éste. Pasado este tiempo, me toca a mí subir aquí y presentar a la candidata de IU para las próximas elecciones. No existe un manual en el que se explique cuál debe ser el contenido de este tipo de presentaciones. Unos repasan la vida y la personalidad del presentado, otros glosan y recuerdan sus vivencias y sus recuerdos. A mí me van a permitir que presente a Tere haciendo especial hincapié en la faceta en la que más la conozco, en la que más hora hemos compartido y en la que mejores y peores momentos hemos pasado: en la política.